Al-Andalus, mar adentro. Las «gentes del mar» más allá de la península ibérica (siglo IX)

Los baḥriyyūn, las «gentes del mar» de las fuentes árabes, no fueron solo saqueadores que irrumpían sobre las costas cristianas para desaparecer después en el horizonte. Su trayectoria revela unas comunidades marítimas andalusíes que hicieron del Mediterráneo un espacio de violencia y comercio; de cautiverio y negociación; de asentamiento y expansión. Analizarlas desde Alejandría, Creta o Pechina permite reconocer un al-Andalus mediterráneo, volcado al Baḥr al-Rūm.


Pablo Pérez Peregrín
Universidad de Murcia


Juramento de fidelidad a Abū Ḥafṣ ʿUmar en Creta. Sinopsis de la historia de Juan Skylitzes. Ms. BNE Cod. Vitr. 26-2.

Introducción

El Mediterráneo medieval no fue únicamente una frontera líquida entre los mundos cristiano y musulmán; también fue un espacio de riesgos y circulación, de contacto y conflicto en el que barcos, mercancías, cautivos y comunidades enteras podían desplazarse de una orilla a otra.

El término baḥriyyūn, que puede traducirse como «gentes del mar», no designa una profesión única ni una categoría cerrada. Remite a marineros, armadores, comerciantes y combatientes unidos por un modo de vida volcado hacia las actividades marítimas. En el caso andalusí, esa combinación de prácticas dio lugar a comunidades difíciles de encajar en una sola categoría: mitad piratas, mitad mercaderes, capaces de desplazarse por las costas mediterráneas y de modificar sus lealtades con respecto a los poderes musulmanes.

Tradicionalmente estas comunidades fueron englobadas bajo la etiqueta de «piratas sarracenos». La expresión tenía una base real, puesto que las fuentes latinas describen costas saqueadas, islas atacadas, monasterios expoliados o poblaciones enteras vendidas como esclavas. Pero esa imagen, construida desde el relato de las orillas agredidas, desmerece la complejidad de estas incursiones, sin detenerse a analizar quiénes eran estos atacantes, cómo se movían, qué relación mantenían con los estados islámicos del Mediterráneo y hasta qué punto sus actividades combinaban razia, comercio, transporte y asentamiento en puertos estratégicos.

Un mar de dudas: las fuentes para el estudio de los baḥriyyūn

Reconstruir la historia de los marineros andalusíes exige trabajar con fuentes desiguales y, en ocasiones, poco complacientes. No existe una única mirada, más bien una suma de testimonios parciales, escritos desde orillas distintas y casi siempre condicionados por la violencia, la distancia o la memoria posterior.

Las primeras noticias proceden de las fuentes latinas, en especial los anales carolingios, en los que se describen los ataques contra Baleares entre el 798 y el 799, así como las incursiones posteriores contra Córcega, Cerdeña o Niza. Los cronistas cristianos ayudan a fijar cronologías, procedencias y lugares de ataque, y a comprender la violencia de las razias. Por el contrario, sus silencios son igual de elocuentes, centrándose sobre todo en los daños causados por estos grupos de «mauri» y «sarraceni».

Por otra parte, las fuentes árabes abren una perspectiva diferente, aunque tampoco resuelven todas las dudas. En ellas aparece el término «baḥriyyūn» o «baḥriyyūn min ahl al-Andalus», «gentes del mar de entre las gentes de al-Andalus». No es un matiz menor, pues describe una comunidad marcada por su relación con el mar. Aun así, la información suele ser tardía, fragmentaria y lateral. A la distancia cronológica se suma una distancia geográfica y política, en la que los baḥriyyūn aparecen vistos desde cronistas vinculados a la oficialidad o desde tradiciones historiográficas posteriores.

Para el estudio del desplazamiento de las comunidades de marineros andalusíes al Mediterráneo central y oriental, las fuentes bizantinas resultan reveladoras. En ellas, la conquista de Creta por parte de los andalusíes asentados previamente en Alejandría recibe una atención limitada. Las referencias se centran en su llegada a la isla, la fundación de al-Jandaq y la amenaza que proyectaban sobre las costas bizantinas, de nuevo desde una perspectiva externa y condicionada por la hostilidad hacia los conquistadores.

Finalmente, el registro arqueológico permite llenar algunos de los silencios documentales que dejan las fuentes escritas. Las excavaciones en Pechina sacaron a luz una compleja ciudad con vocación marítima, con áreas de producción, almacenaje y comercio. En Heraclión, el repertorio cerámico sitúa al emirato de Creta dentro de los circuitos materiales del islam mediterráneo. Los llamados «pecios sarracenos» del litoral provenzal ilustran una circulación de mercancías de larga distancia que enlazaba la península ibérica, el Magreb y el Mediterráneo central. La numismática, por último, muestra la densidad política de algunos enclaves: las cecas locales demuestran una voluntad de afirmar la autoridad local que va más allá del saqueo.

Mapa del Mediterráneo incluido en el Kitāb al-masālik wa-l-mamālik (Libro de rutas y reinos) de al-Iṣṭajrī. Leiden, Universiteitsbibliotheek, MS Or. 3101, f. 33a.

De al-Andalus al mar: el nacimiento de los baḥriyyūn

El origen de las «gentes del mar» se sitúa en la inestable coyuntura política de finales del siglo VIII y principios del siglo IX. Las regiones orientales de al-Andalus estaban lejos de la autoridad efectiva de Córdoba, a lo que hay que añadir la presencia de grupos bereberes, las tensiones internas de la dinastía omeya y la proximidad con la frontera franca, lo que creaba un espacio favorable para la autonomía local. En los márgenes de al-Andalus, el mar ofrecía una fuente de riqueza y una vía de escape de las redes de poder cordobesas.

Las primeras noticias de ataques por parte de «mauri» y «sarraceni» contra el litoral carolingio coinciden cronológicamente con este contexto. Esta primera fase se inaugura con los ataques contra las Baleares del 798 y 799, abriendo una secuencia de saqueos contra las islas y costas del Mediterráneo occidental bajo dominio cristiano. No se trataba de expediciones improvisadas, pues para llevarlas a cabo hacía falta una organización previa que incluía contar con un número importante de medios navales, prever los puertos de salida y entrada de las expediciones y capacidad para redistribuir el botín, tanto el material como la «mercancía humana»: los cautivos que podían ser rescatados o vendidos como esclavos en los mercados del mundo islámico.

En este primer momento, las expediciones de los baḥriyyūn procedían en su mayoría del Šarq al-Andalus. Barcelona debió de ser el primer puerto elegido para lanzar las razias, pero tras su conquista los marineros se desplazaron a Tortosa, convertida en su principal base de operaciones. Su posición junto a la desembocadura del Ebro y su cercanía a la frontera carolingia la hacían idónea para atacar las costas cristianas. Sin embargo, los baḥriyyūn no lograron constituir allí un poder plenamente autónomo, algo para lo que habría que esperar unas décadas.

Mar adentro: el Mediterráneo oriental y central

Después de un período de gran intensidad de ataques registrados en los anales carolingios, se aprecia un silencio a partir del 813. Este silencio coincide con la llegada entre el 814 y el 818 de un contingente andalusí a Alejandría. Las fuentes árabes vinculan a estos exiliados con los supervivientes de la Revuelta del Arrabal de Šaqunda, desterrados por orden del emir al-Ḥakam I. Estos proscritos debieron recibir ayuda para llegar hasta Alejandría, algo que los baḥriyyūn, grupos de marineros que contaban con embarcaciones y pericia navegando por el Mediterráneo, podían ofrecer. Ambos grupos debieron de tener en común su ruptura con el poder emiral y la posibilidad de encontrar, fuera de al-Andalus, nuevos espacios de autonomía.

Los andalusíes no llegaron como simples exiliados políticos a Alejandría, sino que lo hicieron con los barcos cargados de botín sustraído de las islas bizantinas del Egeo. Una vez instalados, siguieron atacando costas cristianas, utilizando el puerto egipcio como base y mercado de esclavos desde el que vender o redistribuir el botín. La ciudad ofrecía unas condiciones especialmente atractivas: un gran puerto mediterráneo con acceso al valle del Nilo, y una coyuntura política de nuevo inestable, pues escapaba al control abbasí y se encontraba enfrascada en disputas internas. Ello propició que los andalusíes se hicieran con el poder y gobernaran Alejandría durante unos años.

El episodio llegó a un final abrupto cuando Ibn Ṭāhir, enviado del califa al-Maʾmūn, asedió la ciudad y expulsó a los andalusíes. Sin embargo, se trató de una salida negociada, y se les permitió retener sus embarcaciones. Esta capacidad de negociación se convertirá en uno de los rasgos más reconocibles de los grupos de marineros andalusíes, permitiéndoles pasar del combate a la tregua, obteniendo condiciones favorables cuando era posible. Desde Alejandría, los andalusíes se lanzaron a la conquista de la isla de Creta.

Propuesta de rutas de ataque y conquista a Creta y Sicilia. Elaboración propia.

Bajo el liderazgo de Abū Ḥafṣ ʿUmar, los andalusíes transformaron las razias en una ocupación duradera. No se trató de una conquista inmediata, sino de un proceso gradual en el que, tras una primera toma de contacto que consistió en la ya usual razia de saqueo y captura de cautivos, los marineros volvieron en el 827-828 con todas sus fuerzas. Así nació el emirato andalusí de Creta, que perduraría hasta el 961. La sede del poder de la dinastía de Abū Ḥafṣ fue al-Jandaq, la futura Candía, hoy Heraclión. El registro material obliga, sin embargo, a ver algo más que un nido de piratas.

En efecto, la arqueología de Kastella ha sacado a la luz materiales con paralelos cordobeses, orientales y sicilianos, como cerámicas verde y manganeso, jarritos, candiles y un repertorio que sitúa la isla en plena circulación de la dār al-islām. Los emires cretenses acuñaron monedas propias de oro y plata, en las que figuraban el nombre del gobernador, de su heredero, y en algunas incluso invocaciones al califa de Bagdad. Todo ello apunta a un emirato cretense desligado de la autoridad cordobesa, que buscaba legitimidad en horizontes orientales.

La embajada enviada por el emperador Teófilo a ʿAbd al-Raḥmān II del 838 aporta datos reveladores sobre la distancia, no solo geográfica, entre los andalusíes de Creta y la autoridad de Córdoba. Para el emperador de Constantinopla, los cretenses seguían siendo, de algún modo, súbditos del emir, por lo que solicitó su ayuda para expulsarlos de la isla. ʿAbd al-Raḥmān, por su parte, consideraba que aquellos andalusíes habían abandonado la obediencia a Córdoba y se habían puesto bajo la protección abbasí, lavándose las manos en lo que respectaba a la intervención militar propuesta. Los marineros andalusíes, que nacieron en los márgenes del estado andalusí, habían pasado ahora a conformar su propia identidad política.

La presencia de los baḥriyyūn en la conquista aglabí de Sicilia muestra que no todos los marineros se desplazaron hacia Alejandría y Creta. Otro contingente participó en la ofensiva de Qayrawān contra Sicilia bajo el mando de Asbaġ ibn Wakīl al-Ḥawwarī. Tras negociar con los ejércitos aglabíes, los andalusíes accedieron a prestar su ayuda con una notable condición: que el mando permaneciera en su jefe.

Asedio de al-Jandaq por parte de Nicéforo Focas (961). Sinopsis de la historia de Juan Skylitzes. Ms. BNE Cod. Vitr. 26-2.

De la cubierta al puerto: el norte de África y Baŷŷāna

Tras este período de migración y conquista en el Mediterráneo oriental, los ataques contra el litoral cristiano del Mediterráneo occidental vuelven a hacerse frecuentes, con especial intensidad en la desembocadura del Ródano. En este nuevo período resulta sorprendente el ataque de los baḥriyyūn, que recoge al-Ḥimyarī, contra Marchena, en el propio al-Andalus, quebrando así la relación que tenían con Córdoba y obligando a los marineros a refugiarse fuera de la península ibérica. A pesar de las incógnitas sobre los motivos, la cronología e incluso la localización de esta incursión, resultó definitiva para los marineros andalusíes, que pasaron los años centrales del siglo IX en el exilio.

Pero el exilio abrió un periodo de transformación de las comunidades marítimas andalusíes. En Ifrīqiya y el Magreb, los marineros se insertaron definitivamente en redes comerciales mucho más amplias, en el mundo urbano de las grandes ciudades como Qayrawān y en los intercambios de personas, ideas y productos que circulaban entre Egipto, Siria, Sicilia y las costas norteafricanas. La depredación siguió jugando un papel central en estas comunidades, pero pasó a ser una actividad complementaria con el transporte marítimo, la circulación y producción de bienes suntuarios, la pesca o el comercio de manufacturas.

La fundación de Tenes la Nueva entre el 875-876 y la de Orán entre 902-903 encapsulan bien este giro de los baḥriyyūn, y en ellas se reconoce el modelo de asentamiento que llevaban a cabo. En ambos casos, los procedimientos son semejantes: los marineros elegían un fondeadero que ya conocían debido a sus viajes, bien posicionado en la costa norteafricana y a poca distancia de la andalusí; entablaban pactos de amistad y buena vecindad con los grupos locales, y edificaban una madīna fortificada mediante una qalʿa en la que se articulaba un mercado protegido de los ataques enemigos. Estos enclaves eran entrepôts costeros que aseguraban las escalas, la defensa y las actividades económicas en la ruta comercial marítima entre al-Andalus y el norte de África.

Principales puertos y fondeaderos en al-Andalus y el norte de África. Elaboración propia.

El caso más ilustrativo de este modelo de asentamiento fue Baŷŷāna, la actual Pechina, fundada hacia el 884-885, en la que los baḥriyyūn concentraron sus experiencias mediterráneas en una madīna volcada al mar que sería la puerta mediterránea de al-Andalus durante el periodo emiral. Las fuentes árabes insisten en su prosperidad y en el buen gobierno de los marineros andalusíes. La arqueología ayuda a comprender mejor la articulación urbana de la madīna, que contaba con barrios de actividad artesanal, áreas de comercio y un urbanismo concentrado que remite a modelos orientales. La producción y la distribución de mercancías convirtieron a Pechina en una próspera ciudad al margen del poder cordobés, dibujando una imagen que, si bien se asemeja a las repúblicas mercantiles de la península itálica, poseía características que la convertían en singular.

Un testimonio excepcional de esta red comercial lo ofrecen los pecios islámicos de la costa del Mediodía francés, conocidos como «pecios sarracenos» y vinculados con Fraxinetum, enclave musulmán fundado a finales del siglo IX. Sus cargamentos incluían aceites, grasas, ceras, resinas, pescado, frutas, pasas, vino y lingotes de latón. Este conjunto de mercancías no responde a la lógica de una economía basada exclusivamente en la rapiña, sino al desarrollo paralelo, e incluso complementario, de comercio y saqueo.

Conclusiones

El estudio de las «gentes del mar» obliga a pensar el Mediterráneo medieval en diferentes escalas. Desde la costa asaltada se reconocen la violencia, el cautiverio y el botín, pero seguir a estos incursores permite reconocer redes comerciales, puertos, negociación con poderes locales y formación de poderes autónomos. Esa violencia debe situarse dentro de un contexto histórico más amplio.

El caso de Alejandría y Creta demuestra que los baḥriyyūn no actuaron solo en el Mediterráneo occidental. Allí se advierte que, lejos de ser un conjunto irregular de marineros y embarcaciones, podían establecer formaciones políticas complejas que buscaban alejarse del control de Córdoba. En los márgenes del emirato, los baḥriyyūn construyeron una autoridad propia en Creta que perduró algo más de un siglo, dotada de una voluntad legitimadora de la dinastía gobernante, bajo el ala del califato abbasí e inserta en los circuitos comerciales del Mediterráneo musulmán.

En el norte de África, los marineros andalusíes se instalaron en una serie de fondeaderos que se convertirían en etapas de la importante ruta con eje este-oeste entre el Oriente y el Occidente islámicos. La culminación de esta ruta fue la fundación de Pechina, madīna de clara vocación marítima, puerto de entrada de al-Andalus hasta que ʿAbd al-Raḥmān III fundó Almería, una iniciativa estatal que sustituyó la autonomía con respecto al estado por un enérgico esfuerzo centralizador, y que acabó integrando a los marineros en sus estructuras de poder.

Mirar al-Andalus mar adentro invita, en definitiva, a desplazar el centro de gravedad hacia las rutas, conflictos y contactos del Mediterráneo. Las «gentes del mar» no fueron una anomalía marginal, y en ellas puede encontrarse una de las expresiones más claras de la proyección mediterránea de al-Andalus y una aportación clave al mundo marítimo musulmán del siglo IX.


Para ampliar:

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