¿Conquista o expansión? Análisis de la expansión del dominio político islámico temprano (continuación)

En la segunda fase de las grandes conquistas islámicas parece evidente el patrocinio estatal, algo que en ese momento era posible gracias a que el Estado había recuperado la estabilidad. Esto también hizo que la agresividad y el enfoque de las expediciones variaran en función de la personalidad de cada califa


Fred M. Donner
Universidad de Chicago (emérito)


Escena de una batalla en Fleur des histoires de la terre d’Orient de Hayton, BNF, ms NAF 886, f. 10v.

English version

Viene de la primera parte

Fase II: aprox. 660-750

La agitación dentro de la comunidad de los Creyentes conocida como la «Primera Guerra Civil» (656-660 d. C.), durante la cual varios rivales reclamaron el cargo de amīr al-mu’minin tras el asesinato de ‘Uthman en 656, provocó una tregua en las campañas de conquista en el exterior, ya que los soldados se vieron arrastrados a apoyar a los distintos aspirantes al liderazgo de la comunidad y, en ocasiones, se enfrentaron entre sí. Mu‘awiya ibn Abi Sufyan (r. 660-680), de la dinastía omeya, salió victorioso de esta contienda y, con el fin de la lucha fratricida entre los creyentes, pronto se reanudaron las campañas hacia nuevas zonas. Pero a partir de ahora, el movimiento de expansión nos resulta más fácil de comprender: puede considerarse fundamentalmente como una empresa patrocinada por el Estado —una política consciente de los gobernantes omeyas, que lanzaban incursiones depredadoras y periódicas destinadas a proporcionar a los soldados y a sus gobernantes botín y tributos (incluidos esclavos), y a situar firmemente las zonas recién conquistadas al alcance de los recaudadores de impuestos del régimen—. No está tan claro qué papel desempeñaron el fervor religioso y el sentido de «communitas» en esta fase de expansión; si bien estas motivaciones pueden haber seguido teniendo un gran peso en la mente de algunos líderes y soldados, lo que parece más evidente es el patrocinio estatal de estas campañas, algo que ahora era posible gracias a que el Estado dirigido por los Creyentes, con Mu‘awiya al frente, había recuperado la estabilidad y había comenzado a adoptar una forma institucional más definida. La agresividad y el enfoque de las expediciones en esta segunda fase variaron en función de la personalidad de cada amīr al-mu’minīn; al-Walid I (705-715), por ejemplo, llevó a cabo una expansión enérgica en muchos frentes, mientras que su hermano y sucesor, Sulayman (715-717), parece haber frenado la actividad en muchos frentes para concentrarse en una campaña a gran escala contra la capital bizantina, Constantinopla, que, sin embargo, no logró tomar la ciudad.

En el este, ya durante la época de Mu‘awiya se habían lanzado campañas de incursiones periódicas, normalmente durante los meses de primavera y verano, desde las grandes guarniciones iraquíes de Kufa y Basra hacia Azerbaiyán y la meseta iraní. Estas campañas permitieron la toma de numerosas ciudades y pueblos, pero a menudo no eran más que incursiones destinadas a saquear, y durante mucho tiempo los omeyas solo ejercieron un control transitorio o discontinuo sobre muchas zonas de Irán. A medida que el frente oriental se alejaba de Irak, el tiempo que tardaban las tropas en desplazarse desde Irak para combatir en los frentes orientales se hizo tan prolongado que ya en el año 671 se estableció una nueva guarnición más cercana a la frontera, en el oasis de Merv (en el actual Turkmenistán), dotada de tropas árabes trasladadas de forma permanente desde Irak junto con sus familias —según se informa, un total de 50.000 personas—.

En el oeste, durante la época de Mu‘awiya se lanzaron incursiones depredadoras similares desde la guarnición de Fustat, en Egipto, contra Libia y zonas más al oeste del norte de África, reforzadas por la creación, en el año 670, de una nueva ciudad-guarnición en Qayrawan (en la actual Túnez). Sin embargo, el control de las zonas al oeste de Libia siguió siendo durante mucho tiempo inalcanzable para los omeyas. 

En el norte, Mu‘awiya lanzó incursiones anuales en Anatolia y Armenia desde la principal guarnición siria de Hims y desde puestos como Massisa, a lo largo de la frontera bizantina en el sur de Anatolia. También intentó en una ocasión (con apoyo naval) sitiar la capital bizantina, Constantinopla (la actual Estambul), tal vez motivado por tradiciones escatológicas que afirmaban que la caída de Constantinopla daría paso a los acontecimientos del Juicio Final. Si esta fuera su motivación, ello sugeriría que, en ciertos círculos gobernantes, tales conceptos religiosos tenían un peso considerable. Estas campañas, sin embargo, libradas en nombre del profeta y del Corán, aún no se caracterizaban por el deseo de convertir a cristianos o judíos al islam. De hecho, el autor cristiano Bar Penkayé, que escribió en la década de 680 en el norte de Mesopotamia, describió el período del reinado de Mu‘awiya como uno de paz sin precedentes, durante el cual se permitía a todo el mundo practicar su culto a su antojo. (También señalaba que, en las campañas de conquista de los Creyentes enviadas a frentes lejanos, algunos de los soldados eran cristianos de diversas confesiones).

La muerte del amir al-mu’minin Mu‘awiya en el año 680 EC dio lugar a un nuevo período de conflictos internos entre los creyentes, lo que provocó otra pausa temporal en las campañas de conquista, ya que el propio Estado apenas funcionaba. Yazid, hijo y sucesor de Mu‘awiya, no fue aceptado por algunos creyentes y, en cualquier caso, murió al cabo de unos años. Esta Segunda Guerra Civil o segunda fitna (680-692), como se la suele denominar, supuso una lucha multifacética entre numerosos aspirantes al título de amir al-mu‘minin y sus partidarios. Fue también un período de miseria generalizada para mucha gente, especialmente para la población llana de las zonas rurales de Siria, Mesopotamia e Irak, ya que, además de los trastornos causados por los combates entre los ejércitos rivales de los Creyentes, el colapso general de la autoridad gubernamental permitió la aparición de bandas de matones que vagaban por el campo sin obstáculos, atacando sin piedad a cualquiera con quien se topaban, independientemente de su religión, origen étnico o estatus social. La victoria definitiva del amīr al-mu’minīn omeya ‘Abd al-Malik (r. 685-705) sobre sus rivales en el año 692 puso fin a este caos. Esto permitió reanudar las incursiones militares patrocinadas por el Estado y condujo, además, a una mayor consolidación de las propias instituciones del Estado de los Creyentes. Además, ‘Abd al-Malik y sus consejeros comenzaron a denominarse a sí mismos y a su comunidad «Musulmanes», en lugar de «Creyentes». Este cambio terminológico tenía presumiblemente por objeto marcar su condición como nueva confesión religiosa monoteísta, el islam, que ahora se entendía claramente como distinta de otras confesiones monoteístas (especialmente los judíos y los cristianos), algunas de las cuales habían sido incluidas anteriormente en la categoría de «creyentes». Parece también que en esta época —alrededor del año 700 d. C.— los omeyas comenzaron a referirse al líder del movimiento como «califa» (árabe: jalifa) en lugar de amir al-mu’minin. Esta última expresión estaba, por supuesto, bien consolidada, pero no aparecía en el Corán; la palabra jalifa, por el contrario, sí se utilizaba en el Corán, refiriéndose a alguien que contaba con la guía o el favor divinos, por lo que su uso confería al líder de la comunidad un sello de legitimidad religiosa otorgado por el Corán. Cabe señalar que, en esta época, bajo el liderazgo de ‘Abd al-Malik, el texto del Corán se sometió a una última ronda de revisión, cuyo alcance y magnitud exactos siguen sin estar claros, pero que parece haber tenido por objeto eliminar ambigüedades en la lectura del texto mediante la introducción de marcas vocálicas y la estandarización de la versificación; bajo el patrocinio de los omeyas, el texto sagrado comenzó a ocupar así un papel más destacado en la autoconcepción y la identidad de la comunidad musulmana.

Escena de una batalla en Fleur des histoires de la terre d’Orient de Hayton, BNF, ms NAF 886, f. 9v.

La reanudación de las campañas militares tras la Segunda Guerra Civil permitió a los ejércitos de los musulmanes —como ahora podemos llamarlos correctamente— poner nuevas y vastas zonas bajo el control del Estado omeya. Desde Siria se reanudaron las incursiones anuales a través de los montes Tauro hacia las tierras altas de Anatolia; estas incursiones parecen haber tenido como objetivo el saqueo local o, tal vez, mantener a las fuerzas bizantinas desequilibradas y así impedir que atacaran Siria, pero no parece que su verdadera intención fuera conquistar y mantener nuevos territorios. Sin embargo, en 717-718, como se ha señalado anteriormente, el califa omeya Sulayman ordenó un segundo asalto contra la capital bizantina, Constantinopla. Esta campaña, que obviamente tenía por objeto conquistar nuevos territorios, no logró al final asaltar las formidables murallas defensivas de la ciudad, a pesar de que los musulmanes la sitiaron durante muchos meses antes de verse obligados a retirarse. Esta campaña en concreto, al igual que la primera, pudo haber estado inspirada en parte por tradiciones escatológicas que afirmaban que la caída de Constantinopla en manos de los musulmanes marcaría el comienzo del Fin de los Tiempos y la llegada del Juicio Final. No está claro si la tropa estaba motivada por tales sueños, pero probablemente podamos suponer que el califa y sus asesores más cercanos se vieron influidos por esas preocupaciones escatológicas a la hora de ordenar esta gigantesca empresa. Además de las incursiones anuales habituales en Anatolia, otras fuerzas conquistaron y mantuvieron el control de territorios en Armenia y el Cáucaso.

Desde Kufa y, sobre todo, desde Basra, las principales guarniciones de Irak, se lanzaron de nuevo campañas regulares (normalmente anuales) hacia zonas aún no sometidas de la meseta iraní, cuya parte occidental ya había quedado bajo el control del movimiento de los Creyentes antes de la Segunda Guerra Civil.  Algunas zonas de Irán, como las regiones densamente boscosas de la vertiente norte de la cordillera de Elburz, frente al mar Caspio (Gilan, Daylam, Mazandaran), se consideraron demasiado difíciles de someter y permanecieron durante muchas décadas en manos de señores de la guerra locales, que pagaban un tributo simbólico a cambio de que se les dejara en paz.  Sin embargo, las zonas más abiertas de Irán, hasta el oeste de Afganistán, incluidas la mayoría de las principales ciudades, fueron conquistadas progresivamente por las fuerzas omeyas y sometidas al pago de impuestos. La guarnición que los musulmanes habían establecido en Merv sirvió de base desde la que se lanzaron continuas campañas hacia Afganistán y, especialmente, al otro lado del río Oxus, hacia los confines de Asia Central, en los últimos años del siglo VII y los primeros del VIII. Sin embargo, el avance fue lento; la región albergaba a numerosos gobernantes autónomos turcos e iraníes (sogdianos) y era objeto de disputas por parte de grandes potencias más lejanas, como la dinastía Tang de China y los tibetanos. El califa omeya al-Walid (r. 705-715) nombró a un enérgico gobernador de Jurasán llamado Qutayba ibn Muslim, quien, poco a poco, logró conquistar las principales ciudades de la «Ruta de la Seda», como Bujará y Samarcanda, mediante una estrategia de «divide y vencerás». Sin embargo, el dominio omeya en el noreste de Irán y en Transoxania siguió viéndose amenazado por levantamientos locales durante muchos años. La situación era aún más precaria en el sureste de Irán y el oeste de Afganistán; aunque Sístán ya había sido conquistado en la década de 670, numerosas campañas en la década de 690 no lograron someter a Zabulistán, y el control omeya cesó más allá de ciudades como Zarang y Bost, en los límites occidentales de las tierras altas afganas. La conquista más lejana en Oriente fue la de Sind (el valle del río Indo, en el actual Pakistán). Allí, los gobernantes hindúes locales —que podrían haber obstaculizado el paso de los comerciantes musulmanes procedentes de Irak— fueron derrotados por un ejército enviado por el poderoso gobernador omeya de Irak, al mando de su sobrino adolescente, Muhamad ibn al-Qasim, entre los años 711 y 713. La información fiable sobre este temprano asentamiento musulmán en Sind es escasa, pero parece que sobrevivió durante mucho tiempo entre una población abrumadoramente hindú con una importante minoría budista. La conversión de la mayor parte de Sind al islam no se puso en marcha hasta mucho más tarde, en el siglo XI.

La expansión del califato omeya hacia el oeste, en el norte de África, fue paralela en algunos aspectos a la que tuvo lugar en Irán y en Oriente. Como ya se ha señalado, ya en la primera fase de las conquistas se habían enviado campañas hacia el oeste desde Egipto, que tomaron el control de la costa libia y llegaron hasta Ifriqiya (la antigua provincia romana de África —la antigua Cartago—), aproximadamente la actual Túnez, con su nueva ciudad guarnición en Qayrawan. Qayrawan sirvió de trampolín desde donde los sucesivos gobernadores omeyas de Ifriqiya lanzaron nuevas campañas por el norte de África occidental (la actual Argelia y Marruecos, al norte del desierto del Sáhara) en los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Civil. Además, se convirtió en la ciudad más grande de todo el norte de África al oeste de Egipto, centro crucial no solo para el control que ejercían los omeyas sobre sus territorios más occidentales, sino también para el estudio y la difusión de la fe islámica (en particular en su vertiente malikí-suní) en esas regiones.

Mezquita de Qayrawan. Wikimedia commons.

Sin embargo, al igual que en el este, la expansión del control omeya hacia el norte de África se vio frenada; sufrió numerosos reveses debido a la resistencia de diversos grupos de la población bereber (amazigh) local. El jefe bereber Kusayla lideró un tenaz levantamiento en la década de 680 que provocó la derrota y la muerte del gobernador musulmán, ‘Uqba ibn Nafi, y que incluso llegó a tomar Qayrawan durante un tiempo. Una nueva fuerza árabe enviada desde el este logró recuperar Qayrawan y derrotar definitivamente a Kusayla. A continuación, los árabes emprendieron la difícil tarea de conquistar Cartago, que había seguido siendo un bastión bizantino en la costa y, por lo tanto, representaba el peligro de que una flota pudiera traer fuerzas para intentar una reconquista bizantina de la zona. Tras cambiar de manos varias veces, Cartago fue finalmente tomada de forma definitiva en el año 694. Sin embargo, otro problemático levantamiento de una fuerza bereber en las montañas de Aurès, liderado por una mujer llamada al-Kahina (evidentemente, una profetisa bereber), mantuvo a las fuerzas omeyas en vilo hasta su derrota y muerte en el año 702. 

Una vez sometida definitivamente la provincia de Ifriqiya, un nuevo gobernador, Musa ibn Nusayr, lanzó campañas hacia el Magreb occidental (las actuales Argelia y Marruecos), que parece haber quedado bajo su control con bastante rapidez. Fue desde bastiones del norte de África, como Tánger, desde donde se inició la conquista de la Península Ibérica en el año 711; esto se tratará con mayor detalle en la siguiente sección.

La segunda etapa de las conquistas islámicas, tanto en Oriente como en Occidente, se caracterizó, por tanto, por ciertas similitudes. Las campañas militares emprendidas tras el fin de la Segunda Guerra Civil (que comenzó hacia el año 692) constituían una empresa lucrativa que los califas omeyas cultivaban con ahínco, ya que permitían hacerse con un gran botín (incluidos esclavos) que se repartía entre los soldados y, en parte, se compartía con los gobernantes omeyas; pero también tenían el objetivo más amplio de someter firmemente nuevas zonas al control omeya y someterlas a un sistema tributario regular.

Al analizar estas conquistas, es importante distinguir entre dos procesos diferentes, que por lo general se desarrollaban en escalas temporales distintas. Uno era la expansión del control político o la soberanía estatal, que, a pesar de los reveses, solía producirse con bastante rapidez. El otro era la difusión del islam como religión entre la población general, que por lo general se producía de forma mucho más lenta. A las poblaciones recién conquistadas se les exigía someterse y pagar tributos o impuestos al Estado omeya, pero no se les obligaba a abrazar el islam (a menos que fueran politeístas, que por entonces eran muy pocos); más bien, a los pueblos conquistados se les permitía seguir practicando sus antiguas religiones (por lo general, el cristianismo, el zoroastrismo o el judaísmo) como dhimmis, o «pueblos o comunidades protegidas». Tanto en Oriente como en Occidente, estos esfuerzos de expansión tuvieron un éxito notable a largo plazo, pero al principio fueron vacilantes y, en ocasiones, se enfrentaron a una resistencia obstinada por parte de los gobernantes y las poblaciones locales. Los primeros jefes militares, como Qutayba ibn Muslim en Oriente y ‘Uqba ibn Nafi‘ en Occidente, se convirtieron también en gobernadores de las provincias recién conquistadas. Así pues, se les encomendó tanto la organización de las campañas militares destinadas a ampliar aún más las fronteras del califato como el establecimiento simultáneo de una administración civil firme sobre las zonas que habían conquistado.

Escena de una batalla en Fleur des histoires de la terre d’Orient de Hayton, BNF, ms NAF 886, f. 22r.

El norte de África, sin embargo, respondió a la expansión omeya, en un aspecto, de forma bastante diferente a como lo hicieron los territorios recién conquistados en Irán y en el este. En Irán y las zonas adyacentes, la conversión al islam se produjo al principio con bastante lentitud; en el oeste, por el contrario, la mayoría de la población bereber, especialmente aquellos que no eran cristianos, parece haber abrazado el islam con bastante rapidez. Muchos bereberes se convirtieron en clientes de soldados y jefes militares musulmanes, y a finales del siglo VII muchos de ellos se alistaban como mercenarios en los ejércitos omeyas. Sin embargo, los bereberes conversos eran tratados habitualmente como inferiores por los jefes y soldados árabes que formaban el núcleo de los ejércitos omeyas. Quizás por esta razón, muchos bereberes conversos acabaron abrazando alguna de las diversas ramas del jariyismo, una forma de islam intensamente igualitaria y pietista, que se extendió rápidamente por las zonas rurales del norte de África. (Qayrawan, sin embargo, siguió siendo un bastión del islam sunní). Esto tuvo consecuencias trascendentales unas décadas más tarde, cuando en la década de 740 se produjeron lo que suelen denominarse las grandes «revueltas bereberes» contra el dominio omeya en el Occidente islámico, en las que la rivalidad étnica y la resistencia a la discriminación contra los bereberes se legitimaron gracias a la ideología igualitaria del jariyismo.

La conquista de Al-Ándalus

A principios del siglo VIII, el largo proceso de expansión del dominio omeya sobre el norte de África llevaba ya más de medio siglo en marcha, con numerosos altibajos provocados por la inmensa distancia de la región respecto al centro del califato en Siria, por la interrupción causada por la Segunda Guerra Civil en el este y por la encarnizada resistencia de muchos grupos bereberes locales al dominio de los ejércitos del califato y sus tropas, en su mayoría árabes. Sin embargo, como ya se ha señalado, una vez sometidos, muchos bereberes abrazaron el islam y se alistaron en los ejércitos como soldados. Así, a principios del siglo VIII, las fuerzas musulmanas de la provincia omeya de Ifriqiya llegaban a estar formadas por un núcleo de soldados y jefes militares de origen árabe procedentes de tierras más al este, a los que se unían numerosos contingentes bereberes más recientes. Sin embargo, con la relativa pacificación del norte de África surgió la necesidad de que los ejércitos de Ifriqiya encontraran nuevas vías para satisfacer el deseo de estas tropas de obtener botín.

Al otro lado del estrecho de Gibraltar, el reino visigodo de Hispania se sumió en el caos en el año 710 tras la muerte del rey visigodo Witiza. Su sucesor, Rodrigo, evidentemente no contaba con el apoyo de toda la aristocracia visigoda, lo que provocó meses de luchas internas entre los distintos aspirantes al trono visigodo. Los relatos sobre la primera invasión de la Península Ibérica por parte del subgobernador bereber de Tánger, Tariq ibn Ziyad, en el año 711, y por su superior, el gobernador del norte de África, Musa ibn Nusayr, son confusos. Tariq y Musa ya habían llevado a cabo breves incursiones en la costa española incluso antes de la muerte de Witiza. Posteriormente, algunas fuentes sugieren que Tariq fue invitado a intervenir en la guerra civil de la Península Ibérica por uno de los contendientes al liderazgo visigodo, pero que esto sea cierto o no realmente no importa, ya que la agitación política y el colapso del poder central en un estado situado a solo unas millas al otro lado del estrecho desde Ifriqiya habrían resultado, en cualquier caso, irresistiblemente atractivos para las fuerzas omeyas, que llevaban mucho tiempo decididas a ampliar su control sobre nuevos y lucrativos territorios. Es posible, por tanto, que el imperativo expansionista desempeñara un papel, de modo que Tariq lanzara su fatídico ataque contra el ejército de Rodrigo, en parte también para mantener ocupados a sus soldados aprovechando los disturbios cercanos. Parece poco probable que las motivaciones religiosas fueran el factor principal en la decisión de los omeyas. Sin embargo, la decisiva derrota del ejército de Rodrigo a manos de Tariq y el consiguiente colapso del poder central visigodo propiciaron la llegada de nuevas fuerzas bereberes y árabes al mando del gobernador de Ifriqiya, Musa ibn Nusayr. Estas fuerzas avanzaron rápidamente hacia el centro de la península, apoderándose de las principales ciudades, incluida la antigua capital visigoda, Toledo. No obstante, los conquistadores comenzaron rápidamente a establecerse en diversas partes de España —las tropas árabes principalmente en unas pocas ciudades importantes, mientras que los bereberes se instalaron en localidades más pequeñas y en el campo—, algo que fue posible gracias al gran número de soldados bereberes que formaban parte de las fuerzas invasoras. En pocos años, entre 711 y 715, las fuerzas dirigidas por Musa y su hijo y sucesor ‘Abd al-‘Aziz sometieron la mayor parte del sur y el centro de España. Llegaron incluso a establecer puestos avanzados de tropas árabes o bereberes hasta la costa del golfo de Vizcaya y Galicia, en el noroeste, que, sin embargo, resultaron efímeros y pronto fueron abandonados tras la formación de un pequeño reino cristiano en Asturias. En el transcurso de unos pocos años más, las fuerzas árabes ocuparon las partes restantes del antiguo reino visigodo, en torno a Zaragoza y Barcelona, en el noreste de España, y, hacia el año 719, la zona en torno a Narbona, en el sur de Francia. Solo el norte montañoso de España resistió con éxito el avance de las fuerzas musulmanas, quizá porque (al igual que en el norte de África) las comunidades montañesas locales de los Pirineos, Cantabria, Asturias y Galicia resultaban más difíciles de someter que las ciudades y pueblos de las llanuras abiertas, que cayeron rápidamente una vez que se había desarticulado el liderazgo político visigodo.

Escena de una batalla en Fleur des histoires de la terre d’Orient de Hayton, BNF, ms NAF 886, f. 32v.

Algunas localidades de Hispania opusieron resistencia y fueron conquistadas por la fuerza, lo que solía implicar la ejecución de los hombres adultos y la esclavitud de las mujeres y los niños, pero la mayoría de las ciudades y pueblos parecen haber llegado a un acuerdo con los conquistadores. La rapidez de la conquista en la mayoría de las zonas puede deberse, en parte, a que los reyes visigodos solo habían mantenido un ejército real relativamente pequeño y, para las campañas importantes, habían dependido en gran medida de contingentes regionales pertenecientes a miembros de la aristocracia visigoda. Una vez eliminado el ejército de Roderico, los miembros restantes de la nobleza consideraron más prudente llegar a un acuerdo con los ejércitos omeyas, de mayor envergadura, en lugar de oponer resistencia; posteriormente, algunos nobles visigodos sirvieron a los musulmanes como recaudadores de impuestos , sin duda en distritos que ellos mismos habían dominado durante mucho tiempo como señores feudales. Algunos textos que han sobrevivido muestran que los acuerdos de los tratados incluían, entre otras cosas, garantías de seguridad para la vida y los bienes de los habitantes a cambio de su obediencia y del pago de tributos. En el plazo de unos años, los conquistadores establecieron un régimen de tributación regular sobre estos territorios, que se convirtieron en una nueva y vasta subprovincia de la provincia omeya de Ifriqiya, que pasó a denominarse al-Ándalus (una palabra de origen controvertido).

Recientemente, algunos han propuesto que no hubo una conquista musulmana de al-Ándalus, sino que un proceso de conversión silenciosa al islam entre la población de Hispania se «explicó» posteriormente mediante la retroproyección de una historia espuria de conquista por parte de los musulmanes. Sin embargo, esta visión pone la carreta delante del caballo: al igual que en otros lugares, fue la conquista la que, de hecho, dio lugar, con el tiempo, a una conversión generalizada al islam. Varios indicios dejan claro que la expansión hacia la Península Ibérica fue una conquista organizada e intencionada por parte del califato omeya, aunque inicialmente pudiera haber comenzado como incursiones oportunistas. En primer lugar, cabe señalar que la fuente más antigua que describe la conquista árabe de al-Ándalus, la Crónica de 754, escrita por un autor cristiano desconocido, describe claramente los acontecimientos como una conquista, no como un movimiento silencioso de conversión religiosa. También cabe destacar la rapidez con la que la victoria inicial de Tariq fue seguida de sucesivas campañas ordenadas y, en algunos casos, dirigidas por Musa, gobernador de Ifriqiya, y sus sucesores. Además, los varios años de campañas iniciales llevadas a cabo por diversos ejércitos omeyas no tuvieron como único objetivo saquear y capturar prisioneros para luego regresar con su botín a sus bases seguras en el norte de África, sino que apuntaban a establecer una nueva provincia omeya que sustituyera al régimen de los visigodos (que, al igual que los árabes, habían llegado a España unos 300 años antes como una élite conquistadora extranjera).  El hecho de que se tratara de una conquista planificada también queda reflejado en que los conquistadores comenzaron casi de inmediato a acuñar nuevas monedas en al-Ándalus y, en pocos años, organizaron un sistema tributario para explotar sus recursos agrarios. Los frecuentes cambios de comandantes y subgobernadores en al-Ándalus, ordenados por el gobernador omeya de Ifriqiya en Qayrawan o por el lejano califa omeya en Damasco, también sugieren que el asalto a Hispania era algo que los omeyas consideraban una prioridad y que estaban ansiosos por llevar a cabo con el fin de incorporar sus territorios a los dominios del califato. Como parte de su plan previsto de cambio de régimen, los conquistadores omeyas aparentemente se esforzaron por reducir la importancia de la antigua capital visigoda, Toledo, para frustrar cualquier intento de restauración visigoda. Lo hicieron estableciendo sus propios centros de gobierno en otros lugares, guarnecidos por contingentes de tropas bereberes o árabes —en particular en Córdoba y Sevilla, en el rico valle del Guadalquivir, y más tarde también en Zaragoza y Narbona, en el norte—

Una vez que los omeyas y sus fuerzas se afianzaron como los nuevos gobernantes de al-Ándalus, no es de extrañar que tanto su lengua oficial, el árabe, como su religión, el islam, comenzaran a extenderse entre la población sometida, ya que el árabe y el islam gozaban del prestigio asociado a la nueva élite gobernante; pero, al igual que en la mayoría de los demás territorios afectados por las primeras conquistas islámicas, estos procesos de arabización e islamización siguieron a las conquistas, no las precedieron.

Reflexiones finales

Como se ha señalado en las observaciones preliminares, las conquistas que tuvieron lugar con el auge del islam se han utilizado en ocasiones como una expresión simplificada para abarcar una amplia variedad de acontecimientos (políticos, sociales, lingüísticos, religiosos y étnicos) que, si bien estaban asociados a las campañas militares propiamente dichas, las trascendían con creces. Algunos de ellos se han abordado brevemente en las observaciones preliminares anteriores, como el debate sobre qué tipo de movimiento representaron las conquistas iniciales y cómo fue posible que se pusieran en marcha y tuvieran éxito a pesar de los escasos recursos materiales y las débiles estructuras institucionales de la Arabia de la época para respaldarlas.

Igualmente importantes son los numerosos cambios que se produjeron a raíz de las conquistas, a los que centramos nuestra atención aquí. Estos diversos cambios podían ser muy diferentes según la región que se considere, y algunos ya se han mencionado de pasada anteriormente. Uno de ellos es el grado en que las conquistas estuvieron relacionadas con las migraciones de población y los cambios demográficos. Las teorías más antiguas partían de la base de que las conquistas eran resultado, o formaban parte de una afluencia masiva de árabes desde la península hacia las tierras circundantes; sin embargo, ahora está claro que las primeras conquistas no comenzaron como migraciones tribales o populares, sino como campañas de las fuerzas militares de un nuevo Estado en fase embrionaria; de hecho, tras la oleada inicial de conquistas, los primeros jefes militares se dieron cuenta de que muchas zonas de Arabia estaban bastante despobladas y no podían proporcionar nuevos reclutas al ejército. Es cierto que, en las zonas adyacentes a Arabia, una vez que los primeros ejércitos habían conquistado un nuevo territorio, dicha conquista iba seguida a veces de una migración considerable hacia ese territorio por parte de gentes procedentes de Arabia. Por ejemplo, Irak y Egipto acogieron a un gran número de migrantes árabes en el siglo VII, que al principio se establecieron principalmente en las ciudades guarnición de Kufa, Basra y Fustat. A medida que estas guarniciones se convirtieron en grandes ciudades con la llegada de las familias de los soldados y otras personas procedentes de Arabia, se transformaron en importantes centros de una nueva cultura islámica en árabe literario. En la Gran Siria, donde una parte considerable de la población ya hablaba árabe antes de las conquistas, los nuevos migrantes procedentes de Arabia parecen haber sido menos numerosos y se establecieron principalmente en zonas abandonadas de las ciudades existentes; algunos indicios sugieren que los primeros califas y sus colaboradores de la tribu de los Quraysh del profeta, que dominaban el Estado primitivo, deseaban reservar el asentamiento en Siria para sus propios parientes y dirigían a los migrantes de otras tribus árabes hacia Irak o Siria. Probablemente, la mayoría de las ciudades de Siria recibieron relativamente pocos inmigrantes en el siglo posterior a las conquistas (quienes, sin embargo, ocupaban puestos dominantes como élite conquistadora), siendo la principal excepción la ciudad de Hims, que sirvió como principal base militar de los omeyas en la región. En el este, tras la derrota de los ejércitos sasánidas y el colapso del Estado sasánida, Irán y las zonas más al este se vieron sometidas en el siglo VII a campañas militares árabes regulares (a menudo anuales) lanzadas desde las guarniciones iraquíes, especialmente desde Basra. Sin embargo, estas fuerzas solían regresar a su base en Irak tras meses de campaña, y el asentamiento árabe en Irán fue muy limitado; la principal excepción fue la nueva ciudad-guarnición del oasis de Merv, en el noreste de Irán (en el actual Turkmenistán), adonde se enviaron decenas de miles de soldados árabes y sus familias a finales del siglo VII, con el fin de consolidar el dominio omeya en la zona y facilitar las incursiones y campañas más allá de Irán, hacia las fronteras de Asia Central. Hispania, por su parte, experimentó un patrón completamente diferente. La rápida conquista del reino visigodo por parte de los ejércitos de la provincia omeya de Ifriqiya, que comenzó en el año 711, dio lugar al asentamiento inmediato en muchas partes de la península ibérica de un gran número de bereberes y de algunos soldados árabes y sus familiares. Esto afectó profundamente a la historia política y cultural posterior de la península, especialmente porque, al igual que en el norte de África, los árabes trataban a los bereberes, a pesar de su conversión al islam, como personas de menor estatus. Esta fue una de las causas principales de los levantamientos bereberes masivos de la década de 740 en Hispania y el norte de África, que, al parecer, no tenían por objeto derrocar el dominio omeya, sino más bien lograr que este fuera más equitativo para los musulmanes de origen no árabe, en consonancia con el mensaje igualitario del Corán. Fue en respuesta a estos levantamientos bereberes que los califas enviaron a España, en la década de 740, un mayor contingente de tropas árabes (en su mayoría sirias) para sofocar estas rebeliones; estos nuevos árabes asentados en el territorio se convirtieron en la columna vertebral del posterior emirato y califato omeya independiente a partir del año 756.

Otra serie importante de consecuencias derivadas de las conquistas, a las que se ha aludido de pasada anteriormente, se refería a los dos procesos sociales de arabización (la adopción del árabe como lengua hablada o escrita) e islamización (la adopción de la religión islámica), que son lógicamente distintos pero que a menudo se entremezclan de forma confusa, tanto en el debate académico como en la realidad social. A veces resulta difícil hacerse una idea clara del curso de estos procesos a partir de las fuentes disponibles, pero podemos estar seguros de que, una vez más, variaron significativamente de una región a otra. En Siria e Irak, por ejemplo, países que contaban con importantes poblaciones de habla árabe antes del auge del islam, las lenguas vernáculas anteriores (generalmente variantes del arameo) parecen haber sido desplazadas casi por completo por el árabe hablado en todas partes en el plazo de cinco o seis siglos; así lo sugiere la primera aparición de diccionarios arameo-árabes hacia el siglo X. En cuanto a la conversión religiosa, se ha estimado de forma plausible que la mitad de la población de Siria e Irak, hasta entonces abrumadoramente cristiana, había abrazado el islam en el plazo de tres siglos tras la conquista. En Irán, por el contrario, aunque la conversión se produjo a un ritmo similar, o quizá incluso más rápido, la arabización nunca llegó a producirse realmente. Salvo en algunos focos aislados donde se hablaba árabe, las poblaciones locales se aferraron a sus variantes lingüísticas iraníes y, con el tiempo, surgió una forma modificada de estas denominada «nuevo persa». El nuevo persa (que hoy en día se suele denominar simplemente «persa») era una nueva lengua literaria que conservaba la estructura y la gramática de las lenguas iraníes, pero incorporaba un gran número de préstamos del árabe, y se escribía con la escritura árabe, lo que reflejaba el estatus del árabe como lengua de prestigio de la administración y de la mayor parte de la alta cultura tras las conquistas, hasta aproximadamente el siglo XI, cuando el nuevo persa comenzó a consolidarse como lengua literaria. En el norte de África, las poblaciones bereberes parecen haber adoptado el islam muy rápidamente, pero continuaron hablando diferentes lenguas bereberes. Durante varios siglos, el árabe parece haberse limitado a las principales guarniciones del norte de África, especialmente a Qayrawan, que, como se ha señalado, se convirtió en un importante centro de la cultura árabe-islámica. El árabe hablado parece haberse extendido más en el norte de África tras las migraciones de las tribus Hilal y Sulaym desde Arabia occidental y Egipto en el siglo XI; pero la arabización nunca se completó del todo en el norte de África, y diferentes variantes del bereber siguen siendo lenguas vivas hoy en día en muchas zonas. En al-Andalus, el estatus del árabe como lengua de la administración estatal y de la alta cultura musulmana tras la conquista parece haber llevado a un número considerable de personas a adoptarlo como lengua hablada y escrita entre los siglos VIII y X, especialmente en las ciudades y entre quienes poseían conocimientos culturales. Es posible que algunos de estos hablantes de árabe fueran hispanos convertidos al islam, pero la existencia de salterios mozárabes y otras obras cristianas en lengua árabe demuestra que algunos cristianos de al-Andalus bajo dominio musulmán utilizaban el árabe incluso en contextos religiosos y, presumiblemente, lo hablaban en la vida cotidiana. Sin embargo, a medida que la suerte política de los regímenes islámicos en España decayó durante y después del siglo XI, el árabe fue perdiendo terreno frente a los dialectos romances, que, no obstante (al igual que el neopersa), se extendieron después de siglos de dominio musulmán cargados de numerosos préstamos del árabe. Dado que el bereber no era, en general, una lengua escrita (o, al menos, no contaba con una tradición literaria desarrollada), resulta difícil saber hasta qué punto las poblaciones indígenas de al-Andalus llegaron a hablar bereber, o si los colonos bereberes acabaron hablando árabe o algún dialecto romance ibérico.

Los numerosos y diversos fenómenos que se han mencionado brevemente anteriormente deberían dejar claro por qué «las conquistas», independientemente de cómo queramos caracterizarlas, pueden considerarse uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia de la Humanidad, con repercusiones que aún hoy, catorce siglos después de que tuvieran lugar, siguen afectándonos.


Para ampliar:

Las obras que aquí se enumeran ofrecen una exposición clara de parte del material descrito en el ensayo anterior. La selección representa solo la punta del iceberg, ya que se han escrito miles de libros y artículos sobre todos los fenómenos englobados bajo el término «las conquistas», y constantemente aparecen nuevas obras.

  • Bulliet, Richard W., Conversion to Islam in the Medieval Period: an essay in quantitative history (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1979). Un ingenioso esfuerzo, en gran medida convincente, por abordar el difícil problema de rastrear el ritmo de la conversión al islam.
  • Collins, Roger, La conquista árabe, 710-797 (Barcelona: Crítica, 1991). Un relato ameno de la conquista, empañado por su negativa a integrar fuentes árabes en su análisis.
  • Clarke, Nicola, The Muslim Conquest of Iberia. Medieval Arabic narratives (London and New York: Routledge, 2012). Estudio detallado de las diversas fuentes árabes sobre la conquista de al-Ándalus.
  • Donner, Fred M., The Early Islamic Conquests (Princeton: Princeton University Press, 1981). Considera las conquistas como parte de un proceso de formación incipiente del Estado, con un enfoque religioso.
  • _____, “Centralized Authority and Military Autonomy in the Early Islamic Conquests,» en Averil Cameron (ed.), Studies in Late Antiquity and Early Islam, 3: States, Resources, and Armies. (Princeton: Darwin Press, 1995), 337-60. Describe la jerarquía del mando conceptual, estratégico y táctico durante las conquistas.
  • _____, “Dīn, islām, und muslim im Koran,” en Georges Tamer (ed.), Die Koranhermeneutik Günter Lülings (Berlin: De Gruyter, 2018), 129-40. Explora cómo el uso coránico de algunos términos clave difiere del significado que se les atribuyó en la tradición islámica posterior.
  • _____, “From Believers to Muslims: Patterns of Communal Identity in the Early Islamic Community, “ Al-Abhath 50-51 ( 2002-2003), 9-53. Defiende que el islam comenzó como un movimiento abierto a muchos creyentes monoteístas, incluidos cristianos y judíos.
  • _____, Muhammad and the Believers: at the Origins of Islam (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2010). Visión general de cómo surgió el islam.
  • _____, Narratives of Islamic Origins: the Beginnings of Islamic Historical Writing (Princeton: Darwin Press, 1998). Considera las narrativas de las conquistas musulmanas como parte de un proceso más amplio de legitimación en la comunidad islámica.
  • _____, “The Qur’anicization of Religio-Political Discourse in the Umayyad Period,”Révue des Mondes Musulmans et de la Mediterranée 129 (2011), 79-92. Cómo los eruditos musulmanes de siglos posteriores utilizaron el vocabulario del Corán (siglo VII) para legitimar ciertos fenómenos posteriores al Corán.
  • _____, “Talking about Islam’s Origins,” BSOAS (Jan. 2018), 1-23. Analiza los problemas relacionados con las fuentes y la terminología sobre los inicios del islam.
  • _____, “Visions of the Early Islamic Expansion: Between the Heroic and the Horrific,” en Nadia Maria El Cheikh and Shaun O’Sullivan (eds.), Byzantium in Early Islamic Syria (Beirut and El-Koura: American University of Beirut and University of Balamand, 2011), 9-29. Cómo las fuentes musulmanas y cristianas, por diferentes razones, hacen hincapié en el aspecto militar de la conquista más que en la adaptación, la cooperación o la concesión.
  • García-Sanjuán, Alejandro, «Negar la conquista islámica de la Península Ibérica: un fraude historiográfico», en Fancy y García-Sanjuán (eds.), «¿Qué fue la conquista islámica de la Península Ibérica?». Número especial de Journal of Medieval Studies 11/3 (2019), pp. 306-22. El título lo dice todo.
  • Hoyland, Robert G., In God’s Path: the Arab conquests and the creation of an Islamic empire (Oxford and New York: Oxford University Press, 2015). Una visión general clara del largo recorrido de las conquistas, en la que se sostiene que formaban parte de un proceso de etnogénesis árabe y (a pesar del título) se resta importancia al papel de la religión.
  • Kaegi, Walter Emil Jr., Muslim Expansion and Byzantine Collapse in North Africa (Cambridge and New York: Cambridge University Press, 2010). Un estudio exhaustivo de los acontecimientos en el norte de África, basado en un minucioso análisis de fuentes griegas y árabes.
  • Kennedy, Hugh, Las grandes conquistas árabes: cómo la expansión del islam cambió el mundo en el que vivimos (Barcelona: Crítica, 2007). Una excelente visión general de este vasto fenómeno.
  • _____, Muslim Spain and Portugal. A political history of al-Andalus (London: Longman, 1996). Lúcido, sensato y basado tanto en fuentes árabes como occidentales.
  • Manzano Moreno, Eduardo, «Conquista y asentamiento: lo que al-Ándalus nos puede decir sobre la expansión árabe en la época del califato omeya», en Andrew Marsham (ed.), The Umayyad World (Londres y Nueva York: Routledge, 2021), pp. 314-31. Un resumen claro y conciso de las conclusiones clave de la siguiente obra.
  • _____, Conquistadores, Emires y Califas. Los Omeyas y la Formación de al-Ándalus (Barcelona: Crítica, 2006). El mejor estudio general sobre los omeyas en España, que destaca por su claridad y por el uso de datos numismáticos y arqueológicos para complementar las fuentes literarias.
  • Shaddel, Mehdy, “Periodisation and the futūḥ; Making Sense of Muḥammad’s Leadership of the Conquests in Non-Muslim Sources,” Arabica 69 (2022), 96-145. Analiza la relación entre las primeras conquistas y otros aspectos del auge del islam.