¿Conquista o expansión? Análisis de la expansión del dominio político islámico temprano

A pesar de la nula tradición de ejércitos permanentes u otras instituciones y prácticas de gobierno en el oeste de Arabia, región en la que surgió el Islam, el temprano Estado islámico se expandió de forma rápida y repentina en los siglos VII y VIII. Explicar esta expansión ha supuesto un reto para los historiadores durante mucho tiempo por tres factores: la naturaleza multifacética de este complejo fenómeno, las graves deficiencias en la evidencia de las fuentes históricas al respecto, y la confusión y la insuficiencia terminológica actual


Fred M. Donner
Profesor emérito de Historia de Oriente Próximo Peter B. Ritzma, Universidad de Chicago


Mariano Barbasán (1864-1924), Batalla de Guadalete.

La rápida y repentina expansión del temprano Estado islámico en los siglos VII y VIII de la Era Común se considera generalmente un punto de inflexión en la historia mundial, pero explicarla ha supuesto un reto para los historiadores durante mucho tiempo. El movimiento iniciado por el profeta Mahoma en Arabia poco antes de su muerte en el año 632 EC., y que se aceleró tras ella, se expandió rápidamente bajo el gobierno de sus primeros sucesores —denominados amir al-mu’minin o «comendador de los creyentes» en los documentos más antiguos— hasta abarcar vastas zonas de la cuenca mediterránea y mucho más al este, llegando hasta la India. Este movimiento, sin embargo, se había originado en el oeste de Arabia, una región que carecía hasta entonces de una tradición de ejércitos permanentes u otras instituciones y prácticas de gobierno, que ofrecía escasos recursos económicos para sustentar la conquista y expansión, y que estaba, en fin, culturalmente poco desarrollada, con solo pequeñas ciudades y sin centros establecidos de actividad literaria. No obstante, el nuevo movimiento arrasó con el imperio iraní de los Sasánidas, se apoderó de provincias clave del Imperio Romano tardío (Bizantino) y continuó expandiéndose durante más de un siglo. ¿Cómo pudo suceder esto?

Los esfuerzos por comprender estos acontecimientos —que suelen englobarse bajo el término genérico de «el ascenso del islam» o, simplemente, «las conquistas»— se ven obstaculizados por tres factores: la naturaleza multifacética de este complejo fenómeno, las graves deficiencias en la evidencia de las fuentes históricas al respecto, y la confusión y la insuficiencia terminológica actual. En primer lugar, como fenómeno histórico complejo, el «ascenso del islam» incluye, al menos, la formación y rápida expansión de un nuevo Estado surgido en una parte de Arabia hasta entonces carente de él, y que se hizo con el control de vastas zonas más allá de este territorio; incluye asimismo el surgimiento de una nueva religión, el islam, y su difusión gradual por los territorios conquistados; también la cristalización de un amplio abanico de nuevas instituciones estatales (entre ellas, ejércitos, guarniciones y asentamientos militares, una jerarquía de gobierno estructurada, una administración tributaria y un poder judicial); igualmente, el fenómeno también incluye la migración, durante un período prolongado, de numerosos pueblos originarios de Arabia o de las vecinas Siria e Irak hacia otras zonas; el establecimiento y la evolución continua de las relaciones entre los nuevos gobernantes procedentes de Arabia y las enormes y diversas poblaciones que ahora gobernaban fuera de Arabia; y finalmente la difusión de una nueva lengua administrativa oficial, el árabe, que apenas se había escrito antes —al menos fuera de la propia Arabia— y su desarrollo como vehículo para una sofisticada expresión cultural. En segundo lugar, la comprensión de esta abrumadora lista de fenómenos se ve dificultada por el hecho de que las pruebas documentales contemporáneas de la época de las propias conquistas son limitadas en cantidad y extremadamente desiguales en cuanto a su cobertura (relativamente abundantes, aunque lejos de ser completas, en el caso de Egipto, y mucho más limitadas en los de Siria, Irak, Irán, Arabia y el norte de África). Las fuentes literarias, como las crónicas, aportan información importante, pero estas fuentes son en su mayoría producto de siglos posteriores y, en ocasiones, proyectan sobre el período temprano los valores o sesgos de esas épocas posteriores, por lo que no siempre estamos seguros de si lo que nos cuentan esas fuentes son datos fácticos sobre los acontecimientos tempranos o meras ilusiones de apologistas o críticos posteriores. Esta incertidumbre se refleja a veces incluso en los propios términos que utilizan estas fuentes para describir los acontecimientos —términos que en ocasiones son inexactos pero que, al encontrarse en fuentes escritas posteriores, son utilizados y popularizados por los escritores modernos—. Por ejemplo, parece ya claro que los primeros seguidores del nuevo movimiento iniciado por Mahoma no se autodenominaban al principio «Musulmanes» (muslimun) ni llamaban a su movimiento «islam». Más bien, se referían a sí mismos como «Creyentes» (mu’minun), y la evidencia del Corán deja claro que los dos términos, «Creyentes» y «Musulmanes», aunque relacionados, no tenían originalmente el mismo significado. Del mismo modo, no existen fuentes documentales tempranas que se refieran a los primeros conquistadores como árabes. Sin embargo —y aquí nos encontramos con el tercer problema—, los autores modernos suelen seguir analizando estos acontecimientos bajo las rúbricas de «conquistas islámicas» o «conquistas árabes». Sigue sin estar claro cómo deberíamos llamarlas, por lo que la dificultad terminológica persiste. Luego está la propia naturaleza de la expansión en sí misma: ¿fue en el fondo un movimiento religioso, fue un movimiento de consolidación étnica (¿árabe?), o estuvo impulsada por factores totalmente distintos? ¿Y en qué medida se puede describir mejor esta expansión como una «conquista» cuando muchos de los pueblos y comunidades «conquistados» parecen haber hecho rápidamente las paces con el nuevo régimen y haberse adaptado a él, independientemente de si se convirtieron o no en musulmanes?

Este breve ensayo no puede abordar de forma exhaustiva ninguno de estos retos, y mucho menos todos ellos. A continuación, abordaremos algunos de ellos con un poco más de detalle, pero los lectores deben tener siempre presentes estas cuestiones cuando lean sobre el «ascenso del islam» y «las conquistas». Lo que sigue es un intento de ofrecer una breve visión panorámica de las líneas generales del tema, basada principalmente en los datos aportados por fuentes escritas posteriores, contrastados, cuando ha sido posible, con datos procedentes de documentos antiguos. Nuestro ensayo divide el tema en dos fases diferenciadas, seguidas de una sección sobre la llegada del islam a la Península Ibérica en el siglo VIII EC., y concluye con una breve reflexión sobre varias cuestiones generales que plantean las propias conquistas.

Fase I: 632-660

La fase más temprana de la expansión, que se produjo inmediatamente tras la muerte del profeta Mahoma en el año 632 EC., es la más difícil de comprender por las razones que de acaban de mencionar. El curso general de los acontecimientos suele esbozarse más o menos de la siguiente manera. En los dos últimos años de vida de Mahoma, él y sus seguidores, los Creyentes (mu’minun), habían puesto gran parte de Arabia occidental bajo su control desde su base en Yathrib (Medina), sometiendo a las numerosas tribus de la región y a otras ciudades clave (La Meca, la ciudad natal del profeta; al-Ta’if, Jaybar, Yanbu’, Tayma’ y otras). Tras la muerte de Mahoma, algunos grupos tribales repudiaron los acuerdos que habían alcanzado con él para pagar tributo, y algunos incluso planearon marchar contra la propia Medina. Los seguidores de Mahoma, tras negociar entre ellos, acordaron permanecer como una entidad política unificada y multitribal, y reconocer a su suegro, Abu Bakr, como su líder político, o amir al- mu’minin («comendador de los creyentes»; más tarde denominado califa, del árabe jalifa, «delegado» o «sucesor»). Abu Bakr (r. 632-634 EC.) organizó fuerzas militares que repelieron la amenaza inmediata que se cernía sobre Medina y, a continuación, procedió a enviar columnas de hombres armados a diversas partes de Arabia para imponer la lealtad de las tribus y comunidades locales a Medina, recaudar tributos y reclutar nuevos combatientes. Estas campañas en Arabia, que duraron aproximadamente dos años, se conocen colectivamente en las crónicas musulmanas posteriores como las «guerras de la ridda» (apartamiento, apostasía). En muchos casos, la mera llegada de las fuerzas de Medina bastó para persuadir a un grupo tribal que había estado vacilando a reafirmar su lealtad. En otros casos, especialmente en el Neyed y en el este de Arabia, se libraron batallas campales contra tribus recalcitrantes, algunas de las cuales nunca habían aceptado someterse a Mahoma; entre estas batallas se contaron el enfrentamiento con la tribu Asad del Neyed y, sobre todo, la batalla de ‘Aqraba contra la poderosa tribu Hanifa de al-Yamama, en el este de Arabia, liderada por un rival de Mahoma llamado Maslama o Musaylima, y difamado en las crónicas musulmanas posteriores como un «falso profeta».

Las campañas de las guerras de la ridda sometieron por primera vez a todas las regiones de la península arábiga, incluso a las lejanas Yemen y Omán, al control —al menos nominal— de los Creyentes de Medina.  Algunas de las fuerzas que participaron en las campañas del norte de Arabia comenzaron entonces a avanzar hacia el sur de Siria e Irak, zonas culturalmente muy similares a Arabia, pero que albergaban puestos fronterizos y ciudades situadas en territorios reclamados por el Imperio bizantino (romano tardío) en el sur de Siria y por el Imperio persa sasánida en el sur de Irak.  Los puestos fronterizos bizantinos y sasánidas fueron tomados por sorpresa y derrotados por la aparición de estas fuerzas, procedentes de un lugar inesperado donde antes no había existido ningún Estado que los amenazara. Los primeros éxitos de los Creyentes en lugares como Gaza y Bostra (en Siria) o al-Ubulla y al-Hira (en Irak) pueden considerarse el inicio de la «conquista islámica» del Oriente Próximo, que fue, por tanto, una consecuencia directa y una continuación de las campañas de la ridda en Arabia.  Estas primeras conquistas llamaron la atención de los grandes imperios, que comenzaron a organizar una resistencia más enérgica para repeler a los invasores.

El sucesor del Profeta, Abu Bakr, murió en el año 634, hacia el final de la ridda, y le sucedió al frente del nuevo Estado otro compañero cercano de Mahoma, ‘Umar ibn al-Jattab (r. 634-644). A su vez, a ‘Umar le sucedió tras su muerte otro compañero de Mahoma, ‘Uthman ibn ‘Affan (r. 644-656). Las crónicas posteriores describen a estos gobernantes —a ‘Umar en particular— organizando numerosos ejércitos bajo diferentes jefaturas para atacar Siria e Irak, y para hacer frente a las nuevas fuerzas que los bizantinos y los sasánidas estaban reuniendo.  Entre el año 634 y aproximadamente el 640, estas diversas campañas lograron tomar la mayor parte de las principales localidades y ciudades de Siria e Irak —muchas de las cuales se rindieron sin oponer resistencia— y derrotar en batallas campales a los principales ejércitos bizantinos y sasánidas. Aunque las fuerzas árabes sufrieron algunas derrotas, se impusieron en varias batallas decisivas —en particular, la batalla de Yarmuk, en el centro-sur de Siria, y la batalla de al-Qadisiyya, en el sur de Irak—, que destrozaron la resistencia bizantina y sasánida y entregaron estas zonas a los ejércitos de los Creyentes procedentes de Arabia.  La cronología que ofrecen las crónicas posteriores no es totalmente fiable, pero ambas batallas parecen haber tenido lugar alrededor del año 636 ó 637.

Expansión islámica dividida por califa. Wikimedia Commons.

Tras estas batallas decisivas, los conquistadores consolidaron su dominio en Siria e Irak, sometiendo a su control las ciudades restantes (por lo general mediante tratados) y dando inicio al proceso de recaudación de tributos e impuestos. Los recién llegados procedieron a establecer guarniciones en las zonas recién conquistadas. A estas guarniciones las denominaron amsar (árabe, sing. misr, probablemente derivado de una palabra del sur de Arabia que significa «fuerza expedicionaria»). La función inicial de estas guarniciones era mantener unidas a las fuerzas árabes, reforzando así su solidaridad mutua como soldados y como miembros del movimiento de los Creyentes, y evitando de este modo que se asimilaran a las poblaciones locales —mucho más numerosas— que habían conquistado, las cuales solían hablar arameo o persa y pertenecían a comunidades cristianas, judías o zoroástras establecidas desde hacía mucho tiempo. Estas guarniciones también servían como puntos fuertes para contener cualquier levantamiento local y para repeler los intentos de reconquista por parte de bizantinos o sasánidas. En Irak, se establecieron dos ciudades guarnición principales: Basra, en el sur de Irak (cerca de la antigua ciudad de al-Ubulla/Apologos, próxima a la cabecera del golfo Pérsico), y al-Kufa, en el centro de Irak (cerca de la antigua ciudad de al-Hira). En Egipto, los invasores, procedentes de Siria, se establecieron cerca de la antigua fortaleza romano-bizantina de Babilonia, en la cabecera del delta del Nilo, donde su campamento se convirtió en la ciudad de Fustat (hoy absorbida por el El Cairo moderno). A estas guarniciones se sumaron más reclutas árabes o voluntarios atraídos por el éxito de las campañas anteriores, así como las familias de los soldados que ya se encontraban allí. El resultado fue que estos amsar de Irak y Egipto se convirtieron rápidamente en nuevas y grandes ciudades, centros de la administración militar y civil de toda la provincia, centros de actividad económica y, con el paso de los años, importantes centros para el desarrollo de una nueva cultura islámica basada en el árabe.   En Siria, las tropas se acuartelaron en barrios desocupados de las ciudades existentes, especialmente en Hims (la antigua Emesa), en el centro de Siria. En Siria no se construyeron nuevas guarniciones de gran tamaño similares a Kufa y Basora en Irak, quizá porque fueron menos los miembros de tribus inmigrantes que acabaron en Siria; parece que el amīr al-mu’minin y sus consejeros en Medina, que siempre pertenecían a la tribu de los Quraysh, deseaban reservar Siria en la medida de lo posible para los miembros de su propia tribu y, por lo tanto, ordenaron que la mayoría de los reclutas de otras tribus se establecieran en Irak o Egipto.

Los amsar también desempeñaron otra función importante: desde allí se lanzaron continuas campañas de conquista hacia territorios más lejanos, más allá de Siria e Irak.  Desde Kufa y, sobre todo, desde Basra, en Irak, se enviaron ejércitos cada año a las vecinas montañas del Zagros y a la meseta iraní. Esto condujo a la derrota definitiva de las fuerzas sasánidas restantes que intentaban reagruparse en el Zagros, en otra batalla decisiva que quizá tuvo lugar cerca de Nihavand, y al colapso definitivo del régimen sasánida (y a la muerte del último Gran Rey sasánida a manos de bandidos).  A finales de la década de 650, muchas zonas del oeste de Irán, incluidas las principales ciudades, así como la provincia de Jurasán, en el noreste de Irán, habían quedado bajo el control del amir al-mu‘minin en Medina gracias a estas campañas   Desde Siria también se lanzaron incursiones hacia el norte, hacia el norte de Mesopotamia y Armenia, que fueron ocupadas, y también hacia Anatolia central, el corazón del Imperio bizantino; allí, las incursiones anuales dieron lugar a décadas de conflictos fronterizos, pero no a una ocupación permanente al norte de Cilicia.  Desde la guarnición de Fustat, en Egipto, se lanzaron campañas río abajo por el Nilo y, sobre todo, hacia el oeste, hacia Libia y el norte de África.

El general bizantino Constantino Doukas escapa del cautiverio árabe hacia el año 908. BNE, VITR/26/2, f. 113v. Wikimedia Commons.

La muerte del califa ‘Uthman en el año 656 dio lugar a varios años de luchas internas en la comunidad de los Creyentes, ya que varios pretendientes rivales al cargo de amir al-mu’minin —en particular el pariente del Profeta, ‘Ali ibn Abi Talib, y el pariente de ‘Uthman, Mu‘awiya ibn Abi Sufyan, de la familia omeya— se disputaban el liderazgo del movimiento. Este episodio se conoce comúnmente como la Primera Guerra Civil; en crónicas islámicas posteriores, se denomina la primera «fitna», un término coránico que significa «tentación» (presumiblemente porque, durante ella, algunos líderes de la comunidad se vieron tentados por el atractivo del poder mundano). Durante este período cesaron las incursiones y las campañas de expansión hacia el exterior, ya que los rivales por el liderazgo movilizaron a las tropas —a menudo reacias— bajo su mando para que lucharan entre sí.

Llegados a este punto, debemos hacer una pausa en nuestro escueto relato del curso de las conquistas e intentar explicar estos acontecimientos de la primera fase: la expansión asombrosamente rápida hacia el Oriente Próximo del incipiente nuevo Estado de los Creyentes, con sede en la lejana Arabia occidental. Los Creyentes parecen haber sido casi imparables en sus campañas militares, a pesar de que se enfrentaban a los ejércitos bien establecidos de los dos Estados más poderosos de Eurasia occidental: los bizantinos y los sasánidas. Además, los Creyentes lograron en esos veinte años hacerse con el control y mantenerlo sobre vastos e importantes territorios en los que se veían superados en número por las poblaciones locales, que probablemente eran cien veces más numerosas, si no más. ¿Cómo fue esto posible?

Parece probable que las primeras partidas de incursión enviadas por Abu Bakr contra la ridda fueran similares a las que, de forma recurrente —aunque irregular—, habían formado parte de la vida tribal árabe durante siglos: es decir, se trataba de agrupaciones improvisadas, de tamaño reducido, formadas por miembros de las tribus que eran simplemente pastores o agricultores de los oasis, enviados por una tribu o una ciudad durante un breve periodo de tiempo para participar en la incursión contra un objetivo concreto, como otra tribu o ciudad.  En otras palabras, esos asaltantes no eran soldados a tiempo completo; y, en el pasado, esas partidas de asalto se disolvían una vez alcanzados sus objetivos inmediatos (o, a menudo, antes de haberlo hecho).  En este caso, la preocupación inmediata de Abu Bakr era defender Medina contra los ataques y, a continuación, reafirmar la alianza de Medina con los grupos tribales —o su control sobre ellos— que anteriormente habían acordado reconocer de alguna manera la autoridad del profeta Mahoma, especialmente mediante el pago de impuestos.  Sin embargo, la larga duración de las campañas de la ridda, que mantuvieron a los combatientes en el campo de batalla bajo el mando de sus comandantes durante dos años en pos de una serie de objetivos cada vez más lejanos, sugiere que estas fuerzas se fueron transformando gradualmente en algo más duradero. Ya fuera simplemente por la experiencia de las campañas continuas, o bien de acuerdo con algún plan preconcebido, se convirtieron en una fuerza permanente bajo un mando claro cuya única ocupación era la guerra; y sus objetivos también parecen haber evolucionado, lo que finalmente los llevó a atacar y vencer a grupos de Arabia que nunca habían tenido contacto alguno con el profeta Mahoma, ni habían llegado a ningún acuerdo con él.  En otras palabras, al final de la ridda, estas fuerzas —dirigidas a distancia desde Medina a través de los jefes militares designados por Abu Bakr— se habían convertido en un ejército permanente. Además, tras dos años de campañas en Arabia, estaban preparadas y listas para enfrentarse a las fuerzas de los imperios bizantino y sasánida, establecidos desde hacía mucho tiempo. A lo ahora que se enfrentaban esos imperios no era a meros asaltantes fronterizos tribales o nómadas irregulares, del tipo que habían repelido periódicamente durante siglos, sino más bien a una fuerza militar organizada y aparentemente disciplinada, enviada por orden de lo que estaba surgiendo como un nuevo Estado liderado por el amir al-mu’minin con sede en Medina.  Estas consideraciones pueden ayudar a explicar cómo, en términos puramente militares, pudo producirse esta asombrosa serie de victorias.    

Sin embargo, resultan más difíciles de explicar las motivaciones que impulsaron la expansión inicial. ¿Se inspiraron estos conquistadores de Arabia en el fervor religioso, en el alineamiento étnico o tribal, en la sed de saqueo y riqueza (incluidos cautivos y bienes), o en el deseo de hacer realidad un sueño de dominio político? Dado que para alcanzar un éxito generalizado cualquier movimiento social debe atraer a personas de muy diversos temperamentos, quizá lo mejor sea suponer que todos estos factores, en su conjunto, desempeñaron algún papel, cada uno con un peso más o menos decisivo en la mente de los distintos individuos.  La explicación tradicional ofrecida por fuentes musulmanas posteriores es que los conquistadores se vieron impulsados por la nueva fe del islam, que deseaban difundir por todas partes a costa de los infieles. Sin embargo, esta explicación es excesivamente simplista, entre otras cosas porque el islam, como fe, en aquella época aún consistía principalmente en unos pocos principios básicos, como la aceptación del monoteísmo estricto, la piedad y el temor al Día del Juicio Final, que muchas personas de otras religiones del Oriente Próximo ya aceptaban en aquel momento. Tampoco es realista suponer que todos estuvieran motivados principalmente por un profundo compromiso religioso, aunque algunos quizá sí lo estuvieran. El apocalipsismo —la creencia en la inminente llegada del Juicio Final— y otras ideas escatológicas estaban muy extendidas en el Oriente Próximo de la época, en todas las comunidades religiosas, y tales nociones pueden haber contribuido a crear un sentido de urgencia religiosa en las mentes de quienes se sentían inclinados a abrazarlas. Pero parece probable que muchos participantes respondieran principalmente a deseos seculares o que, sencillamente, se dejaran llevar por el ímpetu de lo que se convirtió en una aventura inspiradora y emocionante: un sentimiento colectivo de solidaridad y entusiasmo nacido de los primeros éxitos del movimiento que el antropólogo Victor Turner denominó «communitas». También es posible que entrara en juego lo que podríamos denominar un «imperativo expansionista»: es decir, que, ante la ausencia de un flujo regular de ingresos fiscales con los que pagar a los soldados, fuera necesario avanzar continuamente hacia nuevas fuentes de saqueo para mantener la lealtad de las tropas. Durante la ridda, a medida que las fuerzas enviadas desde Medina sometían a diversas tribus árabes, reclutaban nuevos soldados, de modo que los ejércitos iban creciendo gradualmente y dependían cada vez más de nuevas campañas exitosas para proporcionar a la tropa tanto botín como suministros básicos, y así evitar que se volvieran contra sus jefes o, simplemente, se desbandaran.


Dinar transicional del período de conquista (Emirato Dependiente del Califato Omeya de Damasco), acuñado siendo gobernador de al-Andalus Musa ibn Nusayr. Museo Arqueológico Nacional.

Sin embargo, es difícil dudar de que la expansión de los Creyentes tuviera algún tipo de componente religioso. Esto se aprecia en la primera prueba documental que tenemos del movimiento de los Creyentes, poco después de su llegada a Siria e Irak: sus primeras monedas.  Estas monedas se inspiraban en prototipos bizantinos y sasánidas (ya que los Creyentes se habían apoderado de las casas de la moneda bizantinas y sasánidas y reutilizaron sus troqueles), pero llevaban una nueva contramarca que rezaba, en árabe, «En el nombre de Dios» (bism Allah), un lema claramente religioso.  Quizá esta frase no fuera más que un eslogan, pero entonces, si el eslogan no expresaba algo significativo en la mente de los Creyentes, o al menos de sus líderes, ¿por qué se utilizó?  Por otra parte, no hay pruebas documentales de coacción religiosa por parte de los primeros conquistadores; en concreto, no hay hostilidad hacia los cristianos; el patriarca de la Iglesia de Oriente en al-Mada’in (Irak), Ishoyahb III, llegó incluso a escribir a sus obispos que los conquistadores «no oprimían al cristianismo, sino que alababan nuestra fe, honraban a los sacerdotes y santos de nuestro Señor, y ayudaban a las iglesias y monasterios». Además, en las décadas posteriores a la llegada de los Creyentes se siguieron construyendo nuevas iglesias cristianas en lo que hoy es Jordania, como demuestran sus suelos de mosaico datados. Lo que parecen haber exigido los Creyentes al tomar una zona, por tanto, no fue la «conversión» religiosa, ni una conformidad que fuera más allá del reconocimiento de la unidad indivisible de Dios, sino más bien tributos o impuestos como muestra de sumisión política. Quizás el objetivo, al menos de quienes lideraban el movimiento, era establecer en las tierras recién conquistadas lo que los Creyentes consideraban un orden político más justo y temeroso de Dios que los regímenes pecaminosos de los bizantinos (con lo que los Creyentes consideraban su escandalosa creencia de que Jesús era Dios y su odiosa doctrina trinitaria) o de los sasánidas (que no reconocían la larga línea de profetas venerados, entre ellos Abraham, Moisés y Jesús, que el Corán compartía con las escrituras judías y cristianas). O, tal vez, sobre todo para algunos de los jefes militares y nuevos gobernadores, lo que más importaba eran consideraciones de tipo puramente político: el deseo de establecer un nuevo Estado estable y lucrativo y beneficiarse de él.   

La idea de que estas conquistas eran, en el fondo, una expresión de una identidad étnica emergente como árabes, en oposición al dominio de los no árabes, llegó a ser ampliamente aceptada durante el apogeo del pensamiento nacionalista (tanto en Europa como en el mundo árabe) en el siglo XIX y principios del XX; de ahí la denominación habitual de estos acontecimientos en parte de la literatura occidental como la «conquista árabe». Pero resulta llamativo que ni el Corán ni ninguna fuente documental de los primeros cien años del movimiento de los Creyentes aporten pruebas sólidas de que una identidad árabe general fuera una motivación clave del nuevo régimen. Lo que vemos, en cambio, durante al menos dos siglos, es una continuación del intenso chovinismo tribal y de la rivalidad entre tribus que durante mucho tiempo había enfrentado entre sí a las numerosas tribus de Arabia y las regiones adyacentes.  Y lo que es aún más importante, ninguna prueba de aquella época describe al nuevo Estado como un Estado árabe ni afirma que se estuviera estableciendo una hegemonía árabe; más bien, en algunos papiros árabes antiguos se hace referencia al Estado como la «jurisdicción de los creyentes» (qadā’ al-mu’minīn). Así pues, parece que en la primera fase de la expansión predominaron otras motivaciones —religiosas, materiales, políticas o psicosociales («communitas»)— en lugar de las étnicas.  La etnogénesis árabe, sin embargo, parece haber tenido lugar tras las conquistas, ya que los conquistadores, procedentes de diferentes tribus árabes, al darse cuenta de que compartían una lengua y una cultura distintas de las de los pueblos conquistados, comenzaron gradualmente a verse a sí mismos como una casta gobernante diferenciada, como «árabes». Pero esta identidad árabe incipiente parece haber permanecido durante muchos siglos (de hecho, hasta finales del siglo XIX) como un rasgo principalmente cultural y lingüístico, más que político.  

En otro nivel, está la cuestión de si deberíamos considerar siquiera que la expansión inicial de los creyentes fue un movimiento unitario.  En ocasiones se ha planteado que, por diversas razones, diferentes grupos de tribus árabes invadieron, más o menos simultáneamente —aunque de forma coincidente y sin coordinación ni dirección centralizadas—, distintas partes del Oriente Próximo, y que solo más tarde se unieron bajo un control centralizado del que inicialmente carecían. En otras palabras, se sostiene que lo que llamamos «conquista» es una especie de retroproyección desde épocas posteriores, destinada a dar una explicación a una coalición política que fue esencialmente accidental. La conquista inicial de Egipto por parte del general ‘Amr ibn al-‘As se esgrime a veces para sugerir que el amir al-mu’minin ‘Umar, en Medina, no tenía control sobre las diversas fuerzas sobre el terreno.  Sin embargo, los relatos de las crónicas según los cuales ‘Amr avanzó sobre Egipto en contra de los deseos de ‘Umar no parecen especialmente fiables; además, las crónicas también recogen numerosos casos de generales y gobernadores, incluso en provincias lejanas, que eran llamados a volver regularmente y sustituidos por el amir al-mu’minin, lo que sugiere un grado considerable de control centralizado a nivel estratégico, aunque los comandantes lejanos y los gobernadores disfrutaran de una considerable libertad de acción en su ámbito de competencia. El testimonio de las monedas contemporáneas mencionado anteriormente también implica un impulso común al movimiento en sus primeras etapas, expresado en lemas religiosos clave. Por estas razones, lo que podríamos denominar la «tesis accidental» no parece convincente como explicación de la expansión inicial del movimiento de los Creyentes.   Más bien, lo que parece claro es que incluso las primeras conquistas, y el nuevo Estado que iba tomando forma a medida que estas se desarrollaban, estaban dirigidas muy de cerca por un grupo muy reducido de personas pertenecientes a la tribu del profeta, los Quraysh de La Meca, una tribu que probablemente no superó los pocos miles de personas en ningún momento. El amīr al-mu’minīn siempre se elegía entre los Quraysh, al igual que la mayoría de los altos mandos militares. A su alrededor se encontraban colaboradores cercanos de otras tribus de Arabia Occidental, en particular los Ansar de Medina (Yathrib) y los Thaqīf de al-Ta’if.  Por debajo de todos ellos se encontraban las decenas de miles de miembros de otras tribus árabes (y, más tarde, clientes no árabes [mawālī] o simples mercenarios que se unieron a la causa aunque no se convirtieran) que fueron reclutados o atraídos al movimiento y constituían el grueso de los ejércitos de conquista.  Al parecer, fue este pequeño grupo central en torno al amīr al-mu’minīn el que estableció la política y se benefició materialmente de las conquistas, que les reportaron una riqueza y un poder más allá de sus más descabelladas expectativas —beneficios que muchos interpretaron sin duda como prueba del favor de Dios hacia su causa—.   

Por último, debemos plantearnos cómo denominar la primera fase de expansión del dominio de los creyentes hacia tierras más allá de su patria árabe —hacia Siria, Irak, Egipto e Irán— en un momento en el que su propio Estado o gobierno apenas comenzaba a consolidarse. En los escritos occidentales, esta expansión suele denominarse «conquistas islámicas» o «conquistas árabes», pero ambos términos son problemáticos porque, como ya se ha señalado, ni el término «islámico» ni el de «árabe» parecen haberse utilizado en el sentido que les damos hoy en día hasta los siglos VIII o IX, un siglo o más después de las conquistas. En cierto sentido, sin duda debemos entender la expansión como una conquista, ya que los creyentes arrebataron vastos territorios a los bizantinos, los sasánidas y otros pueblos mediante la fuerza de las armas en numerosas batallas campales. La incursión de un ejército en una nueva zona siempre conlleva episodios de violencia aleatoria perpetrada por soldados indisciplinados, si no forma parte de una política, como se ha atestiguado en todos los períodos históricos; el famoso episodio de los «mártires de Gaza» durante la conquista inicial de Palestina parece ser un caso típico de ello. Por otra parte, al igual que ocurre con muchas conquistas en todos los tiempos y lugares, muchos pueblos y ciudades simplemente se rindieron a los invasores y pasaron a vivir bajo los nuevos gobernantes de acuerdo con los términos que habían negociado con ellos. Debemos recordar, pues, que para muchas comunidades la conquista no supuso una resistencia abierta, sino más bien una adaptación o cooperación con los conquistadores, lo que en la mayoría de los casos constituía una política más prudente.  El cambio de régimen fue una conquista, pero no se caracterizó en todos los casos por la violencia y la brutalidad que el término «conquista» a veces implica. Reconocer esto ayudaría a evitar perpetuar el estereotipo bien arraigado, pero engañoso, de que, como sugirió Gibbon en la década de 1770, Mahoma llegó «con el Corán en una mano y una espada en la otra». Pues, como ya se ha señalado, los creyentes no exigían a los pueblos que conquistaban que se convirtieran so pena de muerte, ni ejercían coacción religiosa, y sabemos que, al menos en sus inicios, la comunidad de creyentes de Medina incluía, al menos, a algunos de los judíos de la ciudad. Los nuevos gobernantes procedentes de Arabia también recurrieron al talento de muchos líderes locales (alcaldes, jefes tribales, obispos) y burócratas de los anteriores imperios bizantino o sasánida para dirigir su administración; por lo general, estas personas —administradores, pero también soldados de los ejércitos conquistadores— siguieron siendo cristianos o zoroastras (en cuanto a los judíos de este periodo, nuestras pruebas son demasiado escasas para afirmar nada en un sentido u otro). Para muchos habitantes de estas regiones, que ya eran monoteístas, el hecho de estar gobernados por los «Creyentes», al menos durante el siglo VII, pudo resultarles menos problemático en términos religiosos que el dominio bizantino o sasánida, que se había caracterizado por conflictos religiosos entre sectas y por la injerencia y la coacción del Estado en la vida de sus comunidades religiosas (por ejemplo, la de los Miafisitas de Siria por parte de las autoridades bizantinas).

Siga leyendo el resto del ensayo en el próximo artículo.


Biografía selecta:

Las obras que aquí se enumeran ofrecen una exposición clara de parte del material descrito en el ensayo anterior. La selección representa solo la punta del iceberg, ya que se han escrito miles de libros y artículos sobre todos los fenómenos englobados bajo el término «las conquistas», y constantemente aparecen nuevas obras.

  • Bulliet, Richard W., Conversion to Islam in the Medieval Period: an essay in quantitative history (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1979).  Un ingenioso esfuerzo, en gran medida convincente, por abordar el difícil problema de rastrear el ritmo de la conversión al islam.
  • Collins, Roger, The Arab Conquest of Spain, 710-797 (Oxford: Basil Blackwell, 1989). Un relato ameno de la conquista, empañado por su negativa a integrar fuentes árabes en su análisis.
  • Clarke, Nicola, The Muslim Conquest of Iberia. Medieval Arabic narratives (London and New York: Routledge, 2012). Estudio detallado de las diversas fuentes árabes sobre la conquista de al-Ándalus.
  • Donner, Fred M., The Early Islamic Conquests (Princeton: Princeton University Press, 1981). Considera las conquistas como parte de un proceso de formación incipiente del Estado, con un enfoque religioso.
  • _____, “Centralized Authority and Military Autonomy in the Early Islamic Conquests,» en Averil Cameron (ed.), Studies in Late Antiquity and Early Islam, 3: States, Resources, and Armies. (Princeton: Darwin Press, 1995), 337-60. Describe la jerarquía del mando conceptual, estratégico y táctico durante las conquistas.
  • _____, “Dīn, islām, und muslim im Koran,” en Georges Tamer (ed.), Die Koranhermeneutik Günter Lülings (Berlin: De Gruyter, 2018), 129-40. Explora cómo el uso coránico de algunos términos clave difiere del significado que se les atribuyó en la tradición islámica posterior.
  • _____, “From Believers to Muslims: Patterns of Communal Identity in the Early Islamic Community, “ Al-Abhath 50-51 ( 2002-2003), 9-53. Defiende que el islam comenzó como un movimiento abierto a muchos creyentes monoteístas, incluidos cristianos y judíos.
  • _____, Muhammad and the Believers: at the Origins of Islam (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2010). Visión general de cómo surgió el islam.
  • _____, Narratives of Islamic Origins: the Beginnings of Islamic Historical Writing (Princeton:  
  • Darwin Press, 1998). Considera las narrativas de las conquistas musulmanas como parte de un proceso más amplio de legitimación en la comunidad islámica.
  • _____, “The Qur’anicization of Religio-Political Discourse in the Umayyad Period,” Révue des Mondes Musulmans et de la Mediterranée 129 (2011), 79-92. Cómo los eruditos musulmanes de siglos posteriores utilizaron el vocabulario del Corán (siglo VII) para legitimar ciertos fenómenos posteriores al Corán.
  • _____, “Talking about Islam’s Origins,” BSOAS (Jan. 2018), 1-23. Analiza los problemas relacionados con las fuentes y la terminología sobre los inicios del islam.
  • _____, “Visions of the Early Islamic Expansion: Between the Heroic and the Horrific,” en Nadia Maria El Cheikh and Shaun O’Sullivan (eds.), Byzantium in Early Islamic Syria (Beirut and El-Koura: American University of Beirut and University of Balamand, 2011), 9-29. Cómo las fuentes musulmanas y cristianas, por diferentes razones, hacen hincapié en el aspecto militar de la conquista más que en la adaptación, la cooperación o la concesión.
  • García-Sanjuan, Alejandro, «Negar la conquista islámica de la Península Ibérica: un fraude historiográfico», en Fancy y García-Sanjuan (eds.), «¿Qué fue la conquista islámica de la Península Ibérica?». Número especial de Journal of Medieval Studies 11/3 (2019), pp. 306-22. El título lo dice todo.
  • Hoyland, Robert G., In God’s Path: the Arab conquests and the creation of an Islamic empire (Oxford and New York: Oxford University Press, 2015).Una visión general clara del largo recorrido de las conquistas, en la que se sostiene que formaban parte de un proceso de etnogénesis árabe y (a pesar del título) se resta importancia al papel de la religión.
  • Kaegi, Walter Emil Jr., Muslim Expansion and Byzantine Collapse in North Africa (Cambridge and New York: Cambridge University Press, 2010). Un estudio exhaustivo de los acontecimientos en el norte de África, basado en un minucioso análisis de fuentes griegas y árabes.
  • Kennedy, Hugh, Las grandes conquistas árabes: cómo la expansión del islam cambió el mundo en el que vivimos (Filadelfia: Da Capo, 2007). Una excelente visión general de este vasto fenómeno.
  • _____, Muslim Spain and Portugal. A political history of al-Andalus (London: Longman, 1996). Lúcido, sensato y basado tanto en fuentes árabes como occidentales.
  • Manzano Moreno, Eduardo, «Conquista y asentamiento: lo que al-Ándalus nos puede decir sobre la expansión árabe en la época del califato omeya», en Andrew Marsham (ed.), The Umayyad World (Londres y Nueva York: Routledge, 2021), pp. 314-31. Un resumen claro y conciso de las conclusiones clave de la siguiente obra.
  • _____, Conquistadores, Emires y Califas. Los Omeyas y la Formación de al-Ándalus (Barcelona: Crítica, 2006). El mejor estudio general sobre los omeyas en España, que destaca por su claridad y por el uso de datos numismáticos y arqueológicos para complementar las fuentes literarias.
  • Shaddel, Mehdy, “Periodisation and the futūḥ; Making Sense of Muḥammad’s Leadership of the Conquests in Non-Muslim Sources,” Arabica 69 (2022), 96-145. Analiza la relación entre las primeras conquistas y otros aspectos del auge del islam.