La lógica de la Historia (II): errores metodológicos

Se puede admirar la belleza de una narración histórica y, a la vez, examinar su estructura lógica y la base probatoria sobre la que se asienta. Prestar atención en esa dirección es la mejor garantía para que el relato histórico no se convierta en mito


Fernando Bravo López
Universidad Autónoma de Madrid


Aristóteles enseña a sus estudiantes en el Liber ethicorum de Henricus de Alemania. Staatliche Museen zu Berlin.

… Viene de la primera parte

Aparte de las falacias, existen también en el pensamiento histórico una serie de errores metodológicos que, sin ser propiamente falacias lógicas, contribuyen igualmente a distorsionar nuestra comprensión del pasado y pueden ser tan dañinos como las mismas falacias. Sin voluntad de ser exhaustivos, repasaremos algunos de ellos, mostraremos en qué consisten y cómo pueden evitarse.

El anacronismo

En general, el anacronismo consiste en situar un objeto, una persona, un concepto, un término o cualquier otra cosa en un contexto temporal que no le corresponde. En historia suele referirse principalmente a aplicar categorías modernas a realidades de tiempos pasados como si hubieran tenido sentido entonces. Por ejemplo, si decimos que:

“En 1449, los rebeldes de Toledo defendían la ‘soberanía popular’ frente al poder regio.”

Se trataría de un anacronismo porque conceptos como “soberanía popular” surgen en un contexto moderno y no son aplicables a la Edad Media.

Cómo evitarlo: hay que entender el significado de los conceptos en su contexto histórico adecuado y evitar usar categorías modernas sin aclaración. Sin embargo, también hay que tener cuidado con otra cosa: a veces los términos son modernos, pero los conceptos son más antiguos y se utilizaban otros términos para comunicarlos. Hay que tener cuidado con la historia de la lengua y las mentalidades para no caer en el anacronismo, pero tampoco hay que acusar de anacronismo indiscriminadamente sin analizar cuidadosamente el asunto: a veces creemos estar frente a un caso de anacronismo simplemente porque no conocemos la historia de ese término o ese concepto y nos parece moderno sin serlo realmente.

La lectura retrospectiva

Este tipo de error consiste en interpretar el pasado a partir de lo que luego ocurrió —“como terminó en X, entonces antes se buscaba X”—. Es decir: como se conoce el desenlace de un proceso histórico, se interpreta todo lo que pasó antes de forma que encaje perfectamente con el final que ya se conoce, de manera que se crea la sensación de que el final era inevitable. Por ejemplo, si decimos:

“Dado que Castilla terminó expandiendo su territorio, los pactos previos con poderes vecinos eran meros pasos calculados hacia la anexión.”

Si afirmamos eso estamos haciendo una lectura retrospectiva que, en lugar de probar la existencia real de esas intenciones, proyecta el desenlace sobre las motivaciones anteriores.

Cómo evitarlo: reconstruye la intención con fuentes contemporáneas; no proyectes el final hacia atrás.


La teleología

Consiste en explicar el pasado como si estuviera orientado a un fin necesario —por ejemplo, un destino nacional, un plan divino, una ley histórica de progreso hacia un objetivo concreto—. Por ello, implica también una lectura retrospectiva. Sin embargo, la teleología puede ir un paso más allá, ya que en muchas ocasiones el final al que se orienta todo lo que sucede y que, por tanto, explica todo, no tiene por qué haber sucedido todavía, o puede situarse en un futuro lejano. Además, en ocasiones se basa, implícita o explícitamente, en la idea de que existe una fuerza sobrehumana que controla realmente el proceso histórico. Esta afirmación sería un buen ejemplo:

“La Península estaba destinada a convertirse en un reino territorial unificado; los episodios medievales apuntan en esa dirección.”

Esa afirmación contiene dos problemas. El primero es que asume como premisa algo falso. En realidad, la Península nunca volvió a ser un reino territorial unificado después de la conquista islámica. Ni siquiera con la efímera unión con Portugal en 1580, ya que Castilla, Portugal y la Corona de Aragón —a su vez una confederación de reinos y un principado— siguieron siendo unidades políticas separadas hasta el siglo XVIII, y entonces ya sin Portugal. El segundo problema es propiamente la teleología, ya que el ejemplo elimina lo contingente y lo accidental de la historia; desaparece la posibilidad de que la historia siguiera diferentes caminos y convierte así lo que finalmente ocurrió en algo inevitable y orientado a un final necesario. Así, en el ejemplo, aquello que supuestamente habría sucedido a finales del siglo XVI —y sólo hasta 1640— explicaría lo que sucedió entre los siglos VIII y XV, y no al revés. Es una lectura retrospectiva, sí, pero además apela a una fuerza independiente del ser humano, el destino, que explicaría la necesidad insoslayable de ese proceso y ese final concreto.

Al contrario de lo que los planteamientos teleológicos defienden, en la historia las trayectorias suelen ser abiertas. En ellas el azar y lo contingente juegan un papel importante y desarrollos alternativos de los acontecimientos, que hoy nos parecen inverosímiles, en la época pudieron ser perfectamente posibles. Sin embargo, en el marco teleológico el final sólo puede ser uno, y todo el pasado se interpreta en función de ese único final posible, eliminando la posibilidad de que las cosas pudieran haber sido de otra forma.

En el fondo se trata de una concepción de la historia totalmente nefasta para la propia disciplina histórica, porque si todo lo que sucedió en el pasado sucedió así necesariamente, entonces no hay mucho que explicar, dado que no podía haber sido de otra manera. La disciplina se convierte así en una reafirmación continua de lo único que explica todo: que el ser humano está sometido a un poder que no controla: la voluntad divina, el destino o una ley histórica.

Cómo evitarlo: sustituye fines inevitables por escenarios alternativos hipotéticos y no confundas desenlace histórico con intención de los actores. Los historiadores deben explicitar que trabajan con hipótesis y plantear probabilidades secundarias, mostrar escenarios alternativos plausibles, y distinguir lo que fue el desenlace final de los acontecimientos de la intencionalidad de los actores implicados y la inevitabilidad de todo lo ocurrido, como si el final ya estuviera prefigurado en el principio.

Cherry picking (selección interesada de las evidencias)

Este tipo de error consiste en elegir sólo los datos que confirman una tesis e ignorar u ocultar los que la contradicen, como en este caso hipotético:

Usar únicamente crónicas favorables a la expansión de un reino y omitir deliberadamente testimonios de pactos duraderos con vecinos, que matizan la idea de avance continuo, con el objetivo de crear la imagen de un estado de guerra permanente.

Como se ve, se trata de una forma de proceder que impide evaluar la representatividad y la solidez de la conclusión. Da la impresión de que las pruebas la confirman, pero eso sólo es así porque han sido previamente seleccionadas con ese fin, evitando incluir en el análisis aquellas que no lo hacen.

Cómo evitarlo: pregúntate si el corpus de fuentes manejado sostiene realmente esa visión y si se justifica la selección de esas fuentes precisamente. Pregúntate por la existencia de fuentes alternativas o por la de ejemplos que podrían contradecir lo que se defiende.

Sinécdoque cultural

Este error tiene mucho en común con el anterior y con la falacia de la generalización apresurada. Consiste en tomar un fragmento —un corpus reducido de textos, un grupo reducido de personas o de prácticas— como representación del todo —de una sociedad, una cultura, una época—, generando una imagen homogénea y esencializada. Este procedimiento invisibiliza la diversidad interna y produce esencialismos históricos o culturales. Lo podemos ver en este ejemplo:

“La idea de unidad peninsular en época visigoda se confirma porque los textos de la época reflejan una concepción unitaria.”

La afirmación confunde porque presupone que esos pocos textos reflejan la mentalidad general. El argumento parece sólido porque cita fuentes, pero el error consiste en asumir que esas fuentes son representativas y que su concepto de unidad coincide con el nuestro. Si la premisa implícita coincide con nuestras expectativas —por ejemplo, “España siempre tendió a la unidad”—, el argumento nos parece natural. Cuando se acompaña de citas, el sesgo queda oculto bajo una capa de erudición.

Cómo evitarlo: de nuevo, pregúntate si el corpus de fuentes manejado sostiene realmente esa visión y si las fuentes pueden ser representativas de toda una sociedad o si, por el contrario, sólo reflejan la opinión de un puñado de personas de un estrato social determinado. Pregúntate si hay evidencias de que esas ideas pudieran estar muy difundidas o no.

Ramon Llull disputando con un musulmán. Breviculum ex artibus Raimundi Lulli electum – Cod. St. Peter perg. 92, Badische Landesbibliothek

El esencialismo

Consiste en atribuir a un pueblo, una cultura o una sociedad una esencia fija, atemporal y homogénea ignorando su diversidad interna y sus transformaciones históricas. El esencialismo convierte características contingentes en rasgos permanentes, lo cual tiende a reforzar narrativas identitarias. En muchas ocasiones, se construye o se justifica haciendo uso de la sinécdoque cultural. Esta afirmación serviría para ilustrarlo:

“Los castellanos eran un pueblo belicoso y expansionista.”

Como vemos, se atribuye una cualidad fija y atemporal a un grupo humano que históricamente fue diverso y cambiante. Así, ignora diferencias individuales, sociales y de género, así como cambios a lo largo del tiempo. Convierte comportamientos coyunturales en rasgos permanentes, como si fueran propiedades inherentes del “pueblo castellano” y no resultado de estructuras políticas, incentivos económicos, contextos fronterizos o decisiones concretas de las élites. De esa forma, el esencialismo elimina a los individuos, sumiéndolos en un pueblo —una cultura, una nación, raza o grupo religioso— homogéneo que no cambia a lo largo del tiempo.

Una estrategia retórica muy frecuente en las perspectivas esencialistas es el recurso al “nosotros”; por ejemplo:

“Cuando vencimos a los musulmanes en Clavijo”; o: “Los nuestros consiguieron conquistar Granada”; o: “Nosotros defendimos Europa del avance musulmán”.

Mediante este recurso retórico se crea la imagen de una comunidad que no cambia esencialmente ni en el espacio ni en el tiempo, en la que los individuos y sus diferencias no cuentan. Se trata de una imagen de algo que existe fuera de la historia, algo a lo que el devenir del tiempo no afecta, algo eterno: es esa esencia que hace que la comunidad sea lo que es, que la identifica como idéntica a sí misma a lo largo de milenios.

La estrategia es emocionalmente muy potente, porque logra crear una comunión entre presente y pasado haciendo que el receptor del mensaje se identifique automáticamente con el autor y con una determinada comunidad del pasado que, mediante ese vínculo creado por el “nosotros”, se convierte en una comunidad a la que él también pertenece: participa así de sus victorias y derrotas, de sus padecimientos, de sus desastres, y siente como propias las mismas traiciones sufridas por la comunidad atemporal. En definitiva, toda vivencia atribuida a esa comunidad se convierte en algo que es también suyo.

Por esa razón, cuando determinados episodios demasiado oscuros, como matanzas de inocentes, genocidios o destrucción de culturas enteras, se podrían también, en base a la misma lógica esencialista, identificar con la comunidad eterna, se produce una cierta disonancia cognitiva que sólo puede resolverse de varias maneras: mediante la negación del marco esencialista, pero sólo para esos casos concretos —sólo en esos casos “no nos identificamos con quienes hicieron eso”—, con el recurso al “y tú más” —“pero los ingleses hicieron cosas peores”— o con la negación de los hechos incómodos —“es todo pura leyenda negra”—.

Además, cuando se crea ese “nosotros”, se crea inmediatamente un “ellos”, y cualquier relato histórico que hace eso crea de manera automática una aproximación parcial, abiertamente carente de objetividad: favorable a “los nuestros” y hostil a “los otros”. Se establece así un campo propio, con el que el lector debe identificarse, al que debe apoyar y defender. Y se establece el campo de “los otros”, que, de acuerdo con el marco esencialista, adquiere también un carácter monolítico e inalterable en el tiempo. De este modo, cualquier conflicto en el presente se convierte en una extensión de las disputas del pasado; y así se crea la imagen de un conflicto eterno en el que la comunidad ha estado siempre enfrentada a los mismos enemigos. Todo conflicto concreto se convierte en un conflicto atemporal, esencial, inescapable, existencial y casi consustancial a la propia comunidad. Y cuando el “nosotros” encarna todo lo bueno y deseable y el “ellos” encarna todo lo malo e indeseable, el relato histórico desemboca fácilmente en una especie de conflicto cósmico maniqueo que enfrenta al Bien con el Mal.

También gracias al esencialismo las querellas presentes se pueden resarcir en el pasado —y viceversa—; el pasado nos puede consolar por un presente poco brillante y nuestras vidas anodinas individuales pueden llenarse de sentido: gracias al esencialismo creamos la ilusión de que no somos seres insignificantes de los que nadie se acordará en 100 años, sino que participamos de las grandes hazañas de los héroes del pasado; y, así, en cierta forma, somos tan eternos como ellos y podemos haber ganado batallas sin movernos del sillón, podemos haber compuesto sinfonías sin reconocer una nota sobre el pentagrama, podemos haber construido catedrales o pintado Las Meninas. Ésa es la fuerza y el atractivo del esencialismo: es capaz de sumergir nuestra existencia en la placentera alucinación del narcisismo.

En definitiva, en un sentido fuerte, el esencialismo es una estrategia retórica que, de manera muy eficaz, permite nublar la razón mediante la emoción.

Cómo evitarlo: pregúntate si se presenta un rasgo como inherente a una comunidad, sin matices ni cronología, y si se ignoran evidencias que ofrecerían una imagen diferente, más plural o diversa y cambiante en el tiempo. Recuerda que en la historia se da una compleja relación entre la continuidad y el cambio: algo que no cambia en siglos, en milenios, probablemente no pertenece al ámbito de lo histórico. Cuando leas un “nosotros” en un libro de historia, sospecha. Probablemente no describe el pasado, sino que toma partido.

Afirmaciones infalsables

Este error consiste en realizar afirmaciones que no se pueden someter a prueba empírica ni ser refutadas por la evidencia histórica. Son inmunes a la crítica porque se formulan de manera que cualquier dato las confirma, o se reinterpretan para evitar ser desmentidas. Dicho de otra manera: si las afirmaciones no son falsables, no están sujetas a la evidencia, y, por lo tanto, dejan de ser contrastables con la realidad. Por ello, este tipo de afirmaciones sustituyen las afirmaciones contrastables por las dogmáticas e impiden el debate racional. Por ejemplo:

“La Reconquista fue inevitable porque respondía a la esencia profunda del espíritu hispano.”

Se trata de una afirmación infalsable porque no hay forma de probar ni refutar la existencia de esa “esencia profunda”. Es una categoría metafísica, no histórica.

Cómo evitarlo: debes preguntarte si podría existir algún tipo de evidencia que demostrara lo contrario de lo que se afirma. Si la respuesta es negativa, entonces la afirmación es infalsable y debe rechazarse.


Blindaje de afirmaciones falsables

Se trata de una estrategia de inmunización o blindaje frente a la falsación de una afirmación; es decir: se produce cuando se realiza una afirmación que resulta falsable y, por tanto, sería posible encontrar hechos que la invalidaran. Pero cuando esos hechos efectivamente son encontrados, entonces se añaden afirmaciones auxiliares que permiten, en la práctica, convertir la afirmación original en infalsable; de manera que, de nuevo, nos encontramos ante una afirmación que ningún hecho de la realidad puede invalidar.

El uso de afirmaciones auxiliares (o modificaciones ad hoc) no es en sí mismo un problema. Todas las interpretaciones históricas complejas dependen de ellas. El problema aparece cuando las afirmaciones auxiliares no están respaldadas por evidencia independiente, se aplican de manera selectiva o tienen como único propósito evitar la refutación. Pongamos un ejemplo:

“La Península Ibérica no fue invadida militarmente por ejércitos arabo-bereberes a principios del siglo VIII”.

Esa tesis es totalmente falsable, porque se podrían —y, de hecho, se pueden— encontrar crónicas o restos arqueológicos que la invalidarían. Sin embargo, cuando se presentan las fuentes escritas que la falsarían, se añaden modificaciones auxiliares ad hoc para blindar la afirmación original contra la falsación; por ejemplo:

“Esas fuentes son muy posteriores”; o: “Esas fuentes son cristianas y no son fidedignas”; o: “Esas fuentes reproducen motivos orientales y no hechos reales”.

Y cuando se encuentran monedas islámicas de la época, se añaden otras modificaciones:

“Esas monedas no son realmente islámicas, pues sólo imitan motivos orientales”; o: “Esas monedas llegaron a la Península mediante el comercio”.

Y cuando se encuentran enterramientos islámicos de esa época, se mantiene que:

“Esos enterramientos son mucho más tardíos”; o: “Evidencian la conversión al islam, no la invasión”.

Así, a cada nueva evidencia, se le encuentra una “explicación” para invalidar la evidencia y mantener la afirmación original blindada frente a las críticas. Se trataría, por tanto, de modificaciones cuyo único objetivo es el de blindar la afirmación original frente a la refutación. Da igual cuántas fuentes o cuántos restos arqueológicos se encuentren, la afirmación original nunca se invalida. Ante cada nueva evidencia, se desvía la atención hacia las afirmaciones auxiliares, que son, a su vez, infalsables o no están sostenidas por evidencia alguna.

Cómo evitarlo: cada vez que aparezca una explicación nueva para salvar una afirmación falsable, pregúntate lo siguiente: esta explicación ¿me ayuda a entender mejor los hechos o sólo sirve para que la tesis nunca pueda ser refutada? Si la respuesta es lo segundo, entonces estás ante una mala praxis. Debes sospechar siempre que te encuentres con estas situaciones: si, pase lo que pase, la evidencia contraria siempre se descarta, se minimiza o se reinterpreta; si las explicaciones nuevas no aportan datos independientes; si cada nueva afirmación es infalsable o no está apoyada en pruebas externas; si se introducen únicamente para proteger la afirmación original; si el criterio para aceptar los datos como válidos cambia según conviene; y si el defensor de la afirmación usa un tipo de razonamiento para aceptar lo que le favorece, y otro tipo distinto para rechazar lo que no le favorece.

Como conclusión

Las falacias y los errores metodológicos que hemos estado repasando no son fallos sin importancia, Tienen consecuencias: degradan el debate público y empobrecen la investigación histórica. Por eso, quienes leen —y escriben— sobre historia deberían mantenerse siempre alerta y críticos con lo que se nos dice y con cómo se nos dice.

Entender la España medieval —como sucede con el estudio de cualquier pasado— exige rigor y honestidad intelectual, y falacias y errores como los señalados impiden que esos requisitos se puedan dar. Resultan atractivos y tienen la capacidad de embaucarnos porque nos llevan hacia conclusiones que nos pueden seducir, que reafirman nuestras ideas, nuestros sentimientos y nuestras identidades. Y también nos pueden ofuscar e impedirnos comprender claramente lo que se nos dice.

Por esa razón, como decimos, conviene estar alerta y analizar lo que se nos dice —separando hechos de juicios, distinguiendo descripciones de interpretaciones—, cómo se nos dice —detectando las trampas de la retórica—, y qué pruebas se nos ofrecen —exigiendo una relación explícita de las fuentes utilizadas y los métodos de análisis que se han seguido, y preguntando si existen otras fuentes que podrían contradecir o matizar lo que se afirma—. Disfrutar del relato histórico no debe estar reñido con mantener una estricta vigilancia crítica. Se puede admirar su belleza y, a la vez, examinar su estructura lógica y la base probatoria sobre la que se asienta. Prestar atención en esa dirección es la mejor garantía para que la narración histórica no se convierta en mito.

Por su parte, los historiadores no deberían olvidar nunca ser transparentes a la hora de señalar incertidumbres, debates y zonas grises. Esto no debilita la historia, la fortalece. Deberían también mostrar que el pasado se reconstruye a partir de una pluralidad de voces, y que la verdad histórica no es dogmática, sino que siempre está en proceso de revisión y perfeccionamiento. Además, si conseguimos que los lectores de historia distingan entre argumentos sólidos y falaces, habremos conseguido fortalecer la cultura cívica en nuestras sociedades, una cultura capaz de distinguir lo que es mito, propaganda o engaño retórico de lo que está bien fundamentado en hechos y argumentos lógicos y honestos.


Para ampliar:

  • Chalmers, Alan F. ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? 4ª ed., Madrid: Siglo XXI, 2010.
  • Fischer, David H. Historians’ fallacies: toward a logic of historical thought. Nueva York y Londres: Harper Perennial, 1970.
  • ———. «Las falacias del historiador». Cuadernos de Información y Comunicación, no. 7 (2002): 293-293, https://revistas.ucm.es/index.php/CIYC/article/view/CIYC0202110293A/7347.
  • Marraud, Huberto. ¿Es lógic@? Análisis y evaluación de argumentos. Madrid: Cátedra, 2013.
  • Sagan, Carl. “Equipo de detección de camelos”, en El mundo y sus demonios: la ciencia como luz en la oscuridad. Barcelona: Crítica, 2016.
  • Toulmin, Stephen E. Los usos de la argumentación. Barcelona: Península, 2007.
  • Weston, Anthony. Las claves de la argumentación. 10ª ed., Barcelona: Ariel, 2005.