La lógica de la Historia (I): falacias

Cuando no conocemos la lógica nuestra capacidad crítica disminuye y nos volvemos especialmente vulnerables a la irracionalidad, y con mayor facilidad somos presa de las mentiras de quienes la emplean de manera espuria para engañarnos


Fernando Bravo López
Universidad Autónoma de Madrid


Averroes, detalle de El triunfo de Santo Tomás de Aquino de Andrea di Bonaiuto, fresco de la Capilla de los Españoles en Santa María Novella, Florencia. Fuente: Meisterdrucke.

“El arte de la lógica, en resumen, da los cánones cuyo objeto es rectificar el entendimiento, guiar directamente al hombre en el camino del acierto y darle la seguridad de la verdad en todos los conocimientos racionales en que cabe que yerre; además, le da las reglas que le han de preservar y poner al abrigo del error y del sofisma en las materias racionales; además, le da las reglas necesarias para aquilatar la verdad de aquellos conocimientos en que cabe que el entendimiento caiga en el error.”

(Al-Farabi 1932; Ibn Tumlus 1916: 28)

Decía Averroes que quien quisiera estudiar la ley divina debía antes dedicarse al estudio de la lógica (Averroes 2015). Algo muy semejante podría recomendárseles a los historiadores; y, en realidad, a cualquiera que quiera pensar y argumentar racionalmente. Sin un manejo correcto de la lógica, no podemos saber cuándo un argumento tiene sentido o no, cuándo es racional deducir ciertas conclusiones de ciertas premisas, cuándo nuestras afirmaciones acerca del pasado están verdaderamente basadas en los hechos o cuándo, en realidad, no son más que elucubraciones absurdas.

Sin embargo, a pesar de la importancia vital que la lógica tiene en el desarrollo de una mente racional, una de las creencias más extendidas es que no necesita aprenderse; que, de alguna manera, pensamos lógicamente de manera natural; y, quizás por esa razón, ocupa un lugar tan ridículo en los sistemas educativos actuales, cuando, por el contrario, ocupaba un lugar central en la educación clásica.

Pero la verdad es que, aunque parece cierto que somos capaces de realizar inferencias básicas de manera innata, sólo de manera exagerada podría calificarse esa capacidad de “razonamiento lógico”. Cuando los razonamientos se complican, si la mente no está entrenada, fácilmente se ve atrapada en las trampas de la retórica. Cuando no conocemos la lógica, cuando no sabemos manejarla, nuestra capacidad crítica disminuye y nos volvemos especialmente vulnerables a la irracionalidad, y con mayor facilidad somos presa de las mentiras de quienes la emplean de manera espuria para engañarnos. En este sentido, existen una serie de errores lógicos muy comunes que se emplean en el debate público, y también en la argumentación histórica, acerca de los que uno debe estar muy prevenido. Son las falacias.

Las falacias son errores del razonamiento —o, a veces, estrategias retóricas usadas para manipular, engañar u ofuscar el pensamiento— que hacen que un argumento parezca sólido, cuando en realidad no lo es. En la vida cotidiana pueden ser meras confusiones, pero en política y en historia su impacto es mayor, ya que distorsionan la interpretación de la información, simplifican procesos sociales complejos y refuerzan narrativas identitarias o ideológicas.

El pasado es complejo y los testimonios que nos llegan de él son fragmentarios. Los historiadores trabajan con fuentes que pueden ser parciales, pueden tener que interpretar periodos o fenómenos acerca de los que no existen fuentes o son insuficientes. Pero incluso cuando las fuentes parecen fiables, completas y objetivas, hay que interpretarlas. La historia siempre es interpretación: inferimos relaciones a partir de los datos del pasado —relaciones de causalidad, intencionalidad, continuidad, cambio—, y ahí, en el terreno de la interpretación, las falacias encuentran un terreno fértil para desarrollarse y confundirnos. Gracias a las falacias una formulación atractiva puede llevarnos a conclusiones injustificadas.

MS Ahmed III 3206, f.90r. s. XIII. Museo Topkapi. Foto cortesía del Museo Topkapi.

Además, las falacias funcionan como atajos retóricos ilegítimos para sostener las preferencias ideológicas que todos tenemos. Seducen porque ahorran esfuerzo mental. Sustituyen la investigación exhaustiva y el análisis pausado por una retórica que nos proporciona una sensación de claridad y satisfacción. Pero esa claridad es a menudo engañosa, pues se consigue a costa de simplificar procesos complejos, de ocultar incertidumbres y de llenar el argumento de emociones que facilitan la adhesión. Lo que se obtiene de todo ello es una comprensión del pasado menos fiel a las fuentes y más fácilmente sometida a nuestras expectativas ideológicas e identitarias.

Las falacias son peligrosas precisamente porque funcionan. Lo hacen, en primer lugar, porque activan sesgos cognitivos: el “sesgo de confirmación” nos lleva a aceptar aquello que apoya nuestras creencias; el “sesgo de disponibilidad” nos lleva a evaluar la realidad en base a casos conocidos o llamativos, simplemente porque nos vienen a la mente con facilidad; el “efecto halo” transfiere el prestigio o el desprestigio que atribuimos a una persona a todo lo que dice, sin evaluar el contenido lógico o fáctico de sus argumentos. Las falacias explotan estos sesgos y nos engañan pareciendo razonables. En segundo lugar, las falacias funcionan porque el lenguaje evoca imágenes y emociones: una narrativa bien tejida puede reducir nuestro nivel de exigencia e imponerse a la razón.

En la vida pública, las falacias acaban con la capacidad de debatir racionalmente. Un debate razonado necesita que ambas partes acepten reglas comunes: que se distingan hechos de opiniones, que se definan los conceptos, que las inferencias se contrasten, etc. Pero cuando una parte del debate usa sistemáticamente falacias, el debate se pervierte, pues ya no se discuten las tesis defendidas, sino las emociones que las sostienen.

En la historiografía, el daño es profundo también. Las falacias pervierten la interpretación de las fuentes. Con las falacias se confunde la sucesión temporal de los acontecimientos con relaciones de causa-efecto; se extraen conclusiones que no tienen base real en el registro documental; se oscurecen los debates importantes al caricaturizar argumentos, etc. También degradan el método, ya que impiden evaluar la representatividad de las fuentes que manejamos; proyectan el presente sobre las intenciones del pasado; y convierten premisas implícitas en conclusiones, sin necesidad de prueba alguna.

Por eso la lógica importa. No se trata de simple pedantería; es la herramienta que nos protege de la irracionalidad. La lógica no garantiza que los debates historiográficos siempre terminen en acuerdo entre las partes, pero sí nos permite mantener un terreno común donde el desacuerdo pueda ser fructífero. Permite que podamos evaluar con rigor y honestidad los argumentos, tanto aquellos que nos hacen sentir bien como aquellos que nos disgustan, dejando de lado las emociones y centrándonos en las pruebas y la lógica de los argumentos.

La historiografía de la España medieval, desde luego, no es ajena a los riesgos del pensamiento falaz. Por esa razón, como una suerte de modesto antídoto contra el ofuscamiento del pensamiento histórico, repasaremos a continuación las falacias más frecuentes —aunque hay muchas más—, usando ejemplos hipotéticos —para evitar polémicas innecesarias— que ilustran cómo se cuelan en el discurso histórico estas insidiosas enemigas del pensamiento racional. Añadiremos, además, algunos consejos breves para tratar de evitar caer en ellas.

Aristóteles y Porfirio en el Liber de herbis et plantis de Manfredus de Monte Imperiali, BNF, ms. Latin 6823, f. 2r.

Falacia genética

Esta falacia consiste en descalificar —o aceptar— una idea por su origen, no por sus argumentos, como en el siguiente ejemplo:

“El concepto de ‘Reconquista’ es erróneo porque lo usaron los franquistas.”

Se trata de una falacia porque el uso político de una idea no determina automáticamente su validez histórica. Quién da forma a una idea o quién la usa en un momento dado —o cómo la usa— no define lo que la idea es, ni cómo ha podido ser entendida en otros momentos.

Consejo: para evaluar la validez de una idea no la juzgues por su origen, por quién la puso en circulación o quién la usó o cómo lo hizo; presta atención a la idea en sí: si los argumentos que se aducen para defenderla son lógicos, si están apoyados en pruebas y qué clase de pruebas son ésas.

Argumento de autoridad

Esta falacia está íntimamente relacionada con la anterior. Consiste en sostener que una afirmación es verdadera sólo porque la respalda alguien con autoridad —académica, política, religiosa o cultural—; a veces, incluso cuando dicha autoridad no es competente en el asunto en cuestión. En definitiva, no se aporta ninguna evidencia para probar la afirmación, sólo se sostiene en la autoridad de una persona, una institución o un texto sagrado. Por ejemplo, si se afirma:

“Debe ser cierto que la unidad política peninsular existía en el siglo VII porque lo afirma un gran medievalista.”

El razonamiento es falaz porque se apoya en quién lo dice, no en prueba alguna.

Consejo: no juzgues una idea por el prestigio o la autoridad de quien la defiende; juzga a partir de las pruebas y argumentos que sostienen la idea.

Ad hominem

Esta falacia consiste en intentar refutar una tesis atacando a la persona que la sostiene —su carácter, sus motivaciones, ideología o circunstancias— en lugar de evaluar el contenido real del argumento que defiende o la evidencia sobre la que lo sostiene. En su versión más sofisticada, no insulta ni ridiculiza, sino que desvía la atención hacia supuestos sesgos o rasgos del autor para socavar su credibilidad.

Se trata también de una falacia peligrosa porque resulta muy persuasiva cuando se despliega de manera sutil. A veces, aparece disfrazada de análisis contextual y parece razonable al analizar “motivaciones”, cuando en realidad se evita discutir la lógica del argumento contrario o la evidencia que lo apoya. Así, activa respuestas emocionales que anulan nuestra evaluación crítica, y por eso degrada el debate al convertirlo en un ataque personal. En definitiva, la falacia ad hominem sustituye la evaluación racional por una reacción psicológica. Así, por ejemplo, si dijéramos:

“Esta interpretación sobre las fronteras medievales no puede ser fiable porque el historiador que la propone tiene simpatías regionalistas.”

O:

“La idea de que la convivencia entre comunidades era más compleja que un simple enfrentamiento es defendida por autores con una visión idealizada del pasado o ‘buenistas’.”

Estaríamos ante afirmaciones falaces, porque la validez de un argumento no depende de quién lo formula, de su ideología, de su moralidad, de sus intenciones ni de cómo haya sido su vida. Un argumento puede ser sólido aunque lo defienda alguien deshonesto, y puede ser erróneo aunque lo defienda alguien admirable.

Consejos: hay que estar alerta si quien critica una afirmación histórica habla de motivaciones, ideología, intereses, carácter o procedencia del autor de la afirmación, pero no de premisas y evidencias: cuando la discusión gira sobre “quién dice esto” en lugar de “qué pruebas aporta”. Para evitar caer en ella es necesario exigir que se refuten los argumentos o las pruebas aducidas. Todo lo que no tenga que ver con esto, puede servir para conocer al defensor de las tesis que se critican, pero no nos dice nada acerca de su veracidad histórica.

Imagen de Averroes en el Colliget, Venecia, 1530. Wikimedia commons.

El hombre de paja

Esta falacia consiste en caricaturizar la postura contraria para refutarla con más facilidad. Por ejemplo:

“Quienes cuestionan el término ‘Reconquista’ creen que nunca hubo conflictos entre cristianos y musulmanes.”

O:

“Quienes hablan de ‘convivencia’ en al-Andalus defienden que existía un paraíso de tolerancia y armonía.”

Estas afirmaciones son falaces porque con ellas se está combatiendo una versión deformada e incluso ridiculizada de la tesis rival para criticarla más fácilmente: nadie cree seriamente que nunca hubo conflictos entre cristianos y musulmanes, como tampoco hay quien piense que al-Andalus fuera un paraíso. Se trata de caricaturizaciones de dos posturas para desprestigiarlas sin necesidad de evaluarlas seriamente en sus propios términos.

Consejo: exige que se responda a la tesis real; infórmate bien acerca de la tesis que se critica, identifica las caricaturizaciones y desconfía de ellas.

Confundir correlación con causalidad

Esta falacia consiste en inferir una relación necesaria de causa-efecto a partir de la mera sucesión temporal o correlación de fenómenos. Así, si decimos:

“Después de que Castilla conquistara Jaén, aumentaron los mercados semanales; por tanto, la conquista causó directamente el auge del comercio.”

Se trataría de una falacia porque podría haber múltiples factores —rutas previas, cambios fiscales, paz regional, decisiones concejiles…—. La correlación no prueba la causalidad directa.

Consejo: exige que te muestren los mecanismos por los cuales se llegó a esa conclusión; la mera correlación no basta.

Pero, atención: En la historia rara vez es posible establecer relaciones de causalidad fuertes, salvo en el caso de relaciones relativamente estables a lo largo del tiempo y que también observamos en el presente. Por ejemplo, sabemos que en la Edad Media había una relación causal entre escasez y subida de precios porque se trata de un mecanismo económico general que se repite en distintas sociedades y épocas. En cambio, en otros ámbitos, como el político, establecer ese tipo de relaciones es, cuando menos, poco probable, ya que, evidentemente, no se pueden reproducir las circunstancias exactas en las que se produjeron unos hechos políticos determinados, con las mismas personas. En estos casos, la causalidad es más bien hipotética, y cabe hablar de probabilidad, plausibilidad o conclusión razonable, más que de “causas” en sentido estricto.

Pese a ello, algunos historiadores tienden a hablar con frecuencia de causas y efectos sin matizar, lo que puede conducir a una mala praxis —a veces fruto del entusiasmo interpretativo— que termina derivando, sin querer, en la formulación de un argumento falaz. Siendo así, ¿cómo distinguir, entonces, una explicación legítima de una falacia? Una pauta útil podría ser la siguiente: si se afirma una causalidad sin ofrecer un mecanismo claro o sin aportar evidencia independiente que la justifique, estaríamos ante una falacia. Si, en cambio, se presenta la relación causal como una hipótesis plausible, se reconocen otros factores coadyuvantes y se explican los mecanismos por los que una causa probable pudo contribuir a un efecto, estamos ante una práctica historiográfica legítima.

No se sigue (non sequitur)

Esta falacia es simple: se produce cuando la conclusión no se deriva realmente de las premisas, como cuando decimos:

“Los visigodos elaboraron códigos legales; por tanto, la España del siglo VII era ya una nación.”

Es un argumento falaz porque tener leyes no implica que exista una nación —cualquier forma de comunidad humana, a lo largo de la historia, ha necesitado leyes para regular la convivencia—; por tanto, la conclusión excede lo que las premisas permiten.

Consejo: revisa siempre la deducción lógica; que suene convincente no significa necesariamente que se puedan deducir ciertas conclusiones de ciertas premisas.

Apelar a las consecuencias

Esta falacia consiste en aceptar o rechazar un argumento porque sus consecuencias serían buenas o malas —deseables o indeseables—. Por ejemplo, si decimos:

“No puede ser cierto que hubiera una coexistencia prolongada entre las comunidades musulmana y cristiana porque eso complicaría nuestra narrativa de unidad nacional en torno al catolicismo.”

Si decimos eso estamos usando un argumento falaz, porque la verdad de una afirmación histórica no depende de si sus consecuencias son deseables para una identidad colectiva, depende de los hechos y de si son interpretados lógicamente.

Consejo: no evalúes la verdad de un argumento en base a si conviene o molesta.

Averroes en El triunfo de Santo Tomás de Giorgio Vasari. Fuente: Koller.

Pendiente resbaladiza

Esta falacia consiste en sostener que una medida desencadenará una cadena de efectos que llevará inevitablemente a extremos, sin demostrar la cadena causal. Es, por tanto, una variante más elaborada de la falacia de apelar a las consecuencias. Normalmente, se utiliza para desprestigiar un argumento contrario, con el objetivo de generar alarma y, así, nublar la razón. Un ejemplo sería decir que:

“Si no se hubiera expulsado a los moriscos, España habría mantenido una minoría islámica en su interior, esta minoría habría seguido siendo inasimilable y se habría convertido en una quinta columna del Imperio otomano, tarde o temprano se habría levantado en armas en todo el país y habría obtenido la ayuda de los otomanos, con lo que, finalmente, España habría terminado convertida en un país musulmán”.

Como se ve, en esta afirmación no se justifica la inevitabilidad de ese desenlace, simplemente se formula como si necesariamente tuviera que darse, pero no se demuestra la necesidad. Para ser aceptable, debería mostrar cómo se encadenan los pasos y bajo qué condiciones se llegaría a esa conclusión, y demostrar que necesariamente cada uno de ellos se seguiría del anterior. De lo contrario, es un supuesto alarmista injustificado. En realidad, se trata claramente de un caso de historia “contrafactual” en la que cada una de las etapas en el proceso que llevaría al desenlace indeseado es una elucubración sostenida sobre elucubraciones anteriores —un método de razonamiento especialmente apreciado en las ciencias ocultas—.

Una variante de esta falacia sería un argumento como el siguiente:

“Gracias a la Reconquista hoy no hay discriminación de la mujer en España”.

Este argumento es más complejo e insidioso de lo que parece a simple vista. Si no se analiza detenidamente, puede parecer plausible; o puede resultarnos chocante, pero no saber por qué. Por un lado, hay una pendiente resbaladiza implícita: se sugiere al plantear al lector que imagine la cadena de consecuencias negativas que hubieran ocurrido si no hubiera habido Reconquista. También se dan por supuestos una serie de juicios de valor acerca de lo que constituye o no discriminación en la actualidad. Pero lo que hay explícitamente es una apelación a las consecuencias: una justificación de la guerra por las consecuencias positivas que se derivarían de ella, pero más de quinientos años después. Es decir, se justifica una acción —en este caso un conjunto inmenso de acciones dispares que implícitamente se consideran parte de lo mismo sin necesidad de demostración, y que se resumen en una palabra: “Reconquista”— no en base a las justificaciones que se usaron en su momento, ni en las consecuencias inmediatas que tuvieron esas acciones, sino a partir de las consecuencias, supuestamente necesarias, que tendría esa acción cientos de años después. Imaginemos la cantidad de tropelías que podríamos cometer en nuestra vida diaria pretendiendo que estarían justificadas por las consecuencias que supuestamente tendrían dentro de mil años. Esto, que sería un ejercicio de profetismo autojustificativo que nadie aceptaría seriamente, es lo que se hace en este argumento, pero a la inversa: a partir de un conocimiento del presente que se usa para justificar el pasado. Se trata, por tanto, de una lectura retrospectiva también. Pero no sólo hay juicios de valor implícitos, una apelación a las consecuencias, una pendiente resbaladiza sugerida y una lectura retrospectiva. También hay una visión teleológica de la historia, que mantiene implícitamente la idea de que la historia sólo puede tener una dirección y que existe una línea directa, inequívoca e inevitable, entre la España cristiana medieval y la España democrática actual. Sobre las cuestiones de la lectura retrospectiva y la teleología volveremos en la segunda parte de este artículo.

Consejo: reclama que te muestren la cadena causal y sus condiciones, si no, se trata de un supuesto injustificado.

Argumento circular

Esta falacia se produce cuando la conclusión de un argumento está contenida en la premisa y, por tanto, el razonamiento es circular, no aporta nada, ninguna prueba independiente que permita verificar su validez.

Se trata de una de las falacias más insidiosas precisamente porque, cuando la premisa está implícita, el argumento puede parecer sofisticado y convincente. No siempre es el típico caso sencillo de “X es cierto porque X es cierto”, sino algo mucho más sutil: la conclusión se presupone en el marco conceptual o en una premisa no declarada, y el lector no lo percibe fácilmente. Es decir, muchas veces el autor no formula la premisa que contiene la conclusión, sino que la introduce como supuesto compartido, como “sentido común” o como prejuicio cultural implícito. Este tipo de falacia también puede rodearse de datos, citas y razonamientos secundarios que dan apariencia de rigor, pero todo descansa sobre una base circular. Por eso es tan difícil de detectar a veces y el lector necesita reconstruir la estructura lógica completa para descubrir que la conclusión estaba ya asumida. Reconstruir esta lógica oculta es complicado en ocasiones y el lector puede dejarse llevar por la plausibilidad narrativa. Un ejemplo simple de este tipo de falacia podría ser decir algo así:

“La Reconquista fue un proceso de recuperación porque los reinos cristianos actuaban como herederos legítimos de la Hispania visigoda.”

Se trata de un argumento falaz porque la conclusión “fue recuperación” depende de la premisa “eran herederos legítimos”. Pero esa premisa no se demuestra: se asume como hecho histórico, cuando, en realidad, es lo que habría que probar.

Consejo: examina el argumento para descubrir si la conclusión no estaba ya implícita en las premisas de las que se partía. Cuando el argumento es sofisticado o muy elaborado —a veces se trata de artículos o libros completos—, trata de simplificarlo hasta reducirlo a sus enunciados elementales y comprueba si la conclusión no estaba ya implícita en la premisa de la que se partía.

Falsa dicotomía

Esta falacia consiste en presentar solo dos opciones como únicas, cuando en realidad habría más. Es decir, si decimos que:

“O las comunidades moriscas se asimilaban totalmente, o eran expulsadas de España.”

Estamos usando una falacia, porque en la realidad histórica podía haber zonas grises; por ejemplo, una tolerancia parcial de la diferencia.

Consejo: busca otras opciones; la historia rara vez es “o blanco o negro”.

Generalización apresurada

Esta falacia consiste en inferir una regla general a partir de una muestra insuficiente. Por ejemplo:

“En tal lugar hubo frecuentes alianzas entre notables cristianos y élites musulmanas; por tanto, la norma peninsular fue la cooperación armoniosa.”

Se trata de una falacia porque un caso puntual no representa automáticamente lo general. Hace falta una base empírica mucho más amplia, comparación regional y también diacrónica.
Consejo: pregunta por el tamaño y la variedad de la muestra de evidencias, y si soportan las conclusiones defendidas.

Continúa próximamente en la segunda parte…


Para ampliar:

  • Chalmers, Alan F. ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? 4a ed. Madrid: Siglo XXI, 2010.
  • Fischer, David H. Historians’ fallacies: toward a logic of historical thought. Nueva York y Londres: Harper Perennial, 1970.
  • ———. «Las falacias del historiador». Cuadernos de Información y Comunicación, n.o 7 (2002): 293-293, https://revistas.ucm.es/index.php/CIYC/article/view/CIYC0202110293A/7347.
  • Marraud, Huberto. ¿Es lógic@? Análisis y evaluación de argumentos. Madrid: Cátedra, 2013.
  • Sagan, Carl. “Equipo de detección de camelos”, en El mundo y sus demonios: la ciencia como luz en la oscuridad. Barcelona: Crítica, 2016.
  • Toulmin, Stephen E. Los usos de la argumentación. Barcelona: Península, 2007.
  • Weston, Anthony. Las claves de la argumentación. 10a ed. Barcelona: Ariel, 2005.