Los reinos y poderes cristianos de la Hispania del siglo X: la pervivencia de la fragilidad

Al mismo tiempo que se apostaba por ambiciosas pretensiones fruto del espejismo neogótico, la realidad se imponía en forma de desestabilizadores movimientos de la nobleza y, sobre todo, de la descarnada ofensiva protagonizada por Almanzor. No pocas de sus más de 50 aceifas afectaron a centros neurálgicos de la monarquía, incluida la propia León y culminaron en el saqueo del santuario de Compostela en 997.


Carlos de Ayala Martínez
Universidad Autónoma de Madrid


Ilustración del Códice Vigilano (en latín: Codex Vigilanus) elaborado en las tierras riojanas del reino de Pamplona durante la segunda mitad del siglo X

El siglo X es una centuria de enormes contrastes en la península ibérica. La mayor parte de ella se halla bajo el control de un sofisticado emirato gobernado por los omeyas que se transforma en poderoso califato en 929. Es un auténtico Estado de voluntad centralizadora que mantiene un equilibrio no siempre pacífico con las grandes marcas periféricas que diseñan un complejo sistema de fronteras. Es, en cualquier caso, la gran potencia dominante en el escenario peninsular. El tercio noroeste y norte del territorio se encuentra desigualmente dividido entre un conjunto de precarias formaciones políticas cristianas que luchan por su supervivencia intentando afianzar identidades, siempre a la sombra del coloso islámico, no consiguiéndolo realmente hasta comienzos del siglo XI.

Esas formaciones -reinos y condados- son distintos y poseen características muy desiguales pero todas ellas presentan, al menos en un primer momento, niveles de indefinición política y difusa conciencia territorial que no ayudan a su consolidación. Hagamos una breve descripción de cada una de ellas.

LEÓN, UN REINO DÉBIL A LA SOMBRA DE UN PASADO IDEALIZADO

La más importante en términos políticos y que ocupa geográficamente todo el cuadrante noroeste de la Península es el reino de León, heredero directo y sin solución de continuidad de la vieja monarquía asturiana nacida en el siglo VIII. Solo el desplazamiento hacia el sur de la actividad bélica y colonizadora del reino hizo que a partir de la muerte de Alfonso III en 910 los nuevos monarcas hicieran de León su residencia habitual. Esta vieja ciudad romana no dejaba de ser una equidistante y estratégica posición entre el Sistema Cantábrico originario y la tensión expansiva hacia el Duero, un territorio, el de su valle, humana y económicamente desarticulado y a cuyo directo control habían renunciado las autoridades omeyas.

Desvertebración territorial y feudalismo

Pero no pensemos que ese reino de León era un todo coherente políticamente bien vertebrado. Por el contrario, nos encontramos con un espacio político fragmentado territorialmente en el que las redes conformadas por diversos núcleos de poder aristocrático condicionaban decisivamente la iniciativa de sus reyes. Estos, a su vez, lo eran en cuanto descendientes por vía masculina de Alfonso III sin que su gobierno “en León” determine siempre un efectivo control de todo el territorio. Su condición real se concibe como un atributo personal que no se hereda unívocamente de forma patrilineal, sino que, en cierto modo, comparten los miembros de la familia en cada generación. Era una suerte de concepción patrimonial de la dignidad real que tendrá durante décadas una traducción en términos territoriales. Los miembros de la familia real, hermanos del rey de León, actuarán y llevarán el título de rey en zonas más o menos periféricas donde, a través de alianzas matrimoniales, actúan como cabezas, aunque en muchas ocasiones como meros instrumentos, de los linajes aristocráticos asentados en esos territorios.

Lo vemos claramente cuando a la muerte de Alfonso III en 910 su hijo primogénito García se hizo con el control de León, mientras su hermano Ordoño actuaba como rey en Galicia con cuya aristocracia se hallaba matrimonialmente emparentado, y su otro hermano, Fruela, permanecía en Asturias ostentando igualmente el título de rey. Pues bien, a la muerte de García, sus dos hermanos, Ordoño II y Fruela II, fueron los llamados a sucederle en el trono de León, pese a que el primero de ellos cuando murió en 924 tenía herederos varones. Era un sistema de solidaridad fraterna que incluía sucesión. Por ello, cuando Fruela II intentó romperlo haciendo heredero de su reino a su hijo, Alfonso Froilaz, los tíos del nuevo monarca, hijos de Ordoño II, lo desplazaron del poder y se apoderaron de él. Debió haber negociación porque los Froilaz permanecieron en Asturias, pero el trono de León lo ocupó no el primogénito sino el segundogénito de Ordoño, Alfonso IV, mientras que sus hermanos, Sancho y Ramiro, gestionaban las tierras occidentales del reino. Volvía a instaurarse un sistema de solidaria corresponsabilidad -no necesariamente por orden de primogenitura- que no dividía formalmente el reino, pero sí facilitaba autonomías con pretensión de independencia.

De algún modo la inquietud de las tierras orientales del reino, las de la futura Castilla, hay que entenderla en el contexto de esta dinámica que no favorecía la centralización. El territorio, con una fuerte influencia del reino de Pamplona, se vinculó a la suerte del rey Alfonso IV casado con una princesa navarra, y cuando el monarca por razones no muy claras decide retirarse de la vida política para ingresar en el monasterio de Sahagún y es sucedido por su hermano Ramiro II, Castilla empieza su particular y propia deriva bajo el poder de la casa condal de los Lara. Eran los años de la década de 930. Poco después una conjura de Fernán González que se titulaba “conde por la gracia de Dios” daba con sus huesos en las cárceles de Ramiro II, y este obrará en consecuencia intentando rectificar la política sucesoria de la que él se había beneficiado como hijo menor de un rey, imponiendo la sucesión hereditaria en el reino de León. A su muerte, en 951, le sucedió como único heredero su hijo Ordoño III. Ya no habría más reyes colaterales.

No los habría, pero las fuerzas centrífugas desatadas no pudieron ser neutralizadas, y un hermano de Ordoño III, que ha pasado a la historia como Sancho el Craso, se sublevó contra él con el apoyo de navarros y castellanos. La revuelta fue sofocada, pero Sancho I pudo suceder a su hermano rompiendo la fórmula patrilineal impuesta por Ramiro II. Tampoco le duró mucho el éxito. Apenas dos años después de subir al trono, en 958, una gran coalición de territorios periféricos, con Galicia y Castilla a la cabeza, lo depusieron para nombrar al rey más débil que ocupó el solio leonés, Ordoño IV, un primo del rey depuesto. Su elección reproduce esquemas propios de la vieja monarquía visigoda casi siempre respetuosa con la voluntad de las aristocracias laica y eclesiástica, y eso es exactamente lo que se pretendió con la nueva elección, la de un títere en manos de las grandes familias que controlaban el reino. A partir de ese momento, y durante algunos años, sería la corte califal el árbitro de los acontecimientos políticos del reino de León. Sancho el Craso partió a Córdoba para curarse de una obesidad que le impedía combatir y que había sido la excusa para apartarle del trono, y de paso, para buscar los refuerzos que le permitieran recuperarlo. Cuando lo hizo, fue Ordoño IV quien desfiló ante ‘Abd al-Raḥmān III en petición de ayuda.

Miniatura del rey Sancho I de León. Siglo XII, Catedral de Santiago de Compostela. Wikimedia Commons

El incentivo neogótico

La debilidad del reino casi tocó fondo entonces, pero algo cambió a la muerte de Sancho en 966. Por vez primera en la historia peninsular un niño de apenas cinco años, su hijo Ramiro III, pudo suceder a su padre bajo la regencia de una tía suya. La sucesión hereditaria era un hecho ya irreversible que, sin embargo, no pudo acabar con la desarticulación feudalizante de un reino territorialmente fragmentado en beneficio de aristocracias locales. De este modo, el gesto de centralización de poder que supuso el acceso al trono de Ramiro III, así como algunas de las pocas iniciativas que pudo implementar en su corto reinado, fueron contestadas por una sublevación de la aristocracia gallega que, tras una larga guerra civil, situó en 985 en el trono leonés a Vermudo II, un hijo de Ordoño III y primo del anterior monarca.

Pese a que las dificultades internas (el permanente desafío territorial de la nobleza) y externas (la agobiante presión del califato cordobés en forma de devastadoras razias) no cesarían ni mucho menos a partir de entonces, lo cierto es que con Vermudo II sí asistimos a un intento de restaurar la autoridad monárquica que quiso inspirarse en el modelo de una vieja e idealizada monarquía visigoda.

No era la primera vez que la monarquía asturleonesa se fijaba en ese modelo. Fue resucitado ya en los días de Alfonso III cuando su ciclo historiográfico -las famosas Crónicas de Alfonso III y el compendio de la de Albelda- quiso dibujar un programa de recuperación territorial frente al islam que invocaba una supuesta unidad político-religiosa visigoda. Pero lo cierto es que esta ideología “neogótica” no acabó de fraguar en las décadas siguientes, entre otras cosas, porque tras la muerte de Alfonso III todo fueron derrotas y humillaciones ante Córdoba si exceptuamos la famosa batalla de Simancas de 939 en la que las tropas de Ramiro II con apoyo navarro pusieron en fuga al califa ‘Abd al-Raḥmān III. Un balance demasiado pobre como para poder justificar toda una ideología de reconquista que aún tardaría en reactualizarse.

Vermudo II no activó esa ideología, pero sí el neogoticismo que la inspiraba. Para empezar, los nobles gallegos le ungieron rey en Santiago en 982, rememorando un ritual visigótico que hasta entonces parece ser que sólo había utilizado Ordoño II, y que situaba al monarca en la esfera de influencia de una Iglesia que representaba los intereses de la aristocracia. Desde luego, varias iniciativas de Vermudo II parecen avalar esta apuesta restauradora, sobre todo lo relativo a la revigorización del Liber Iudicum, y a la utilización del concepto regnum-imperium, fórmula que por vez primera se documenta durante su reinado, y que se consolidará en el de su hijo y sucesor. Por supuesto no es realista pensar a fines del siglo X en un programa hegemónico de carácter imperial sobre el conjunto de la Península que pretendiera hacerse realidad, pero sí es razonable pensar que la utilización de esta fórmula quería conceder a la monarquía leonesa un plus derivado de la herencia unitaria de los godos de la que los reyes leoneses se sentían legítimos continuadores. Al final de su reinado, en 996, un documento auténtico del rey Vermudo concedido al monasterio de San Pelayo de Oviedo alude explícitamente a un pretendido control sobre el regnum Spanie.

Al mismo tiempo que se apostaba por ambiciosas pretensiones fruto del espejismo neogótico, la realidad se imponía en forma de desestabilizadores movimientos de la nobleza y, sobre todo, de la descarnada ofensiva protagonizada por Almanzor. No pocas de sus más de 50 aceifas afectaron a centros neurálgicos de la monarquía, incluida la propia León y culminaron en el saqueo del santuario de Compostela en 997.

La situación no podía ser más crítica, pero Vermudo II en sus más de 15 años de reinado no renunció al régimen que había modelado de común acuerdo con sus obispos, que, al fin y al cabo, constituían su único capital político. Y probablemente no se equivocó. Cuando murió en 999, su hijo Alfonso V pudo suceder a su padre siendo solo un niño. Una nueva minoría de un monarca que supo profundizar a conciencia en el modelo restaurador de su padre, hasta el punto de que un tardío cronista musulmán, Ibn ‘Iḏārī, basándose muy probablemente en un documento coetáneo, se refiere a él como malik al-qūṭ (rey de los godos).

Muy cerca ya del final de su andadura política el reino de León hallaba finalmente un modelo institucional con voluntad de permanencia y estabilidad políticas.Su manifestación más evidente fue la promulgación del famoso Fuero de León de 1017, un texto del que se ha destacado su dimensión territorial, es decir, ser expresión de una voluntad política centralizadora que nos hace pensar en un horizonte de cierta estabilidad política. Un texto, además, que había sido elaborado en sede conciliar –aula regia- por “todos los obispos y nobles del palacio” presididos por el rey. Obviamente una ley así promulgada se entendía como expresión de autoridad consensuada entre los sectores aristocráticos y moderada por la acción del episcopado. La feudalización del reino y el levantisco protagonismo de sus aristocracias territoriales parecía canalizarse apenas 20 años antes de que la vieja monarquía asturleonesa desapareciese para siempre en 1037. Aquel año en Tamarón, su último representante, Vermudo III, hijo de Alfonso V, fue vencido y muerto por su cuñado el conde Fernando de Castilla, pieza clave en el entramado reorganizador de la Península ideado por Sancho III el Mayor de Pamplona, padre del conde castellano.

LA MONARQUÍA PAMPLONESA: ¿UN MODELO ALTERNATIVO A LEÓN?

Pamplona y su territorio constituyen precisamente la segunda de las formaciones políticas que de forma precaria comparte con León durante el siglo X el espacio septentrional peninsular no absorbido por el régimen omeya. Los orígenes de este relativamente pequeño núcleo vascón dependiente de Pamplona difieren notablemente del modelo asturleonés, ajeno por completo a la presencia islámica. Por el contrario, el territorio pamplonés a lo largo del siglo IX, bajo el gobierno de caudillos pertenecientes a la familia de los Arista, los Banu Enneco, se habían movido entre la inestable sumisión pactada con Córdoba, su estrecha relación con sus parientes los muladíes de la Marca Superior andalusí y la ocasional alianza compensatoria con las autoridades carolingias.

Cuando en 905 un probable golpe de fuerza llevó al poder en condiciones mal conocidas a una nueva familia, la de los Jimeno, su primer representante, Sancho Garcés I, quiso recomponer el cuadro de alianzas e iniciar un camino propio en forma de monarquía con voluntad expansiva e institucionalizadora, una monarquía que contaría a su favor con la inexistencia de grandes linajes alternativos y la presencia de un campesinado homogéneo y poco estructurado. Lo consiguió a medias, pero su activa colaboración con la monarquía leonesa de Ordoño II, con quien emparentó, fue una realidad, y lo fue también la carrera expansiva que situó un polo decisivo del joven reino en las tierras riojanas de Nájera y su entorno. Otra cosa distinta es que ello supusiera independizarse de la poderosa sombra del califato cordobés. La campaña de castigo que acabó en la derrota de Muez de 920 donde ‘Abd al-Raḥmān III dejó fuera de juego a las tropas pamplonesas y leonesas coaligadas, fue la antesala de una dura y larga etapa de insumiso sometimiento a Córdoba.

Refleja bien este largo período el gobierno en Pamplona de una extraordinaria mujer, la reina Toda, viuda de Sancho Garcés I, descendiente de los Arista y urdidora de todo tipo de alianzas matrimoniales que permitieron, sobre todo, estrechar mucho sus relaciones con León y la naciente Castilla. Toda había estado detrás de la política de su marido y ejercería el poder, y no precisamente como regente, a lo largo de buena parte de los muchos años que, desde niño, ocupó el trono de Pamplona su hijo, García Sánchez I, un rey, por otra parte, poco apto para el gobierno. Toda consiguió interrumpir su inevitable sumisión a Córdoba aprovechando las circunstancias que le permitían zafarse de ella. En este sentido, la única gran victoria leonesa sobre el califato, la de Simancas de 939, fue tan apoyada por la reina pamplonesa que poco después los Anales del lejano monasterio suizo de Saint-Gall se hicieron eco de aquella victoria atribuyéndola a ella.

Pero aquello fue un espejismo de libertad que acabó eclipsando la violenta irrupción de las aceifas de Almanzor. Estas destructoras iniciativas, desde 982, devastaron las tierras navarras y obligaron al nuevo rey, Sancho Garcés II Abarca, a entregar a una de sus hijas al caudillo andalusí, la madre del conocido ‘Abd al-Raḥmān Sanchuelo, y obligando también al propio monarca a arrodillarse y besar el pie y la mano del poderoso ḥāŷib cordobés en 992. Y, sin embargo, será él mismo, como airada reacción a la sumisión impuesta, quien promueva en los escritorios monásticos del territorio riojano del reino (Albelda y San Millán) todo un programa ideológico de base neogótica en el que trataba de demostrar el liderazgo de la irreductible Pamplona frente a la acometida islámica. La inmediata crisis califal, si no daría propiamente la razón al optimista monarca navarro, sí propiciaría tras su muerte en 1004 el advenimiento del programa hegemónico de reorganización peninsular protagonizado por su hijo Sancho Garcés III el Mayor, el rex ibericus como lo calificó hacia 1030 el catalán Oliba, obispo de Vic y abad de Ripoll.

Estatua de Almanzor en Algeciras. Wikimedia Commons

LAS RAÍCES DE UNA CATALUÑA INDEPENDIENTE

Va a ser precisamente la más primitiva Cataluña el tercero de los espacios políticos al que vamos a referirnos y que, como los dos anteriores, compartía con ellos en el siglo X el no estar sujeto al control efectivo del régimen omeya. Pero realmente ahí acaban las coincidencias. El solar de la primitiva Cataluña -las tierras situadas entre Pallars y El Rosselló con el límite meridional del Llobregat- había dependido del Imperio carolingio y en el siglo X consumaba su proceso de emancipación de la monarquía franca gobernada entonces por los Capeto. Wifredo el Belloso fue el último conde de nombramiento real. Había concentrado en sus manos los condados de Urgel, Cerdaña, Barcelona, Girona y Osona, y a su muerte en 897, sus tres herederos no necesitaron ya de confirmación real para recibir, debidamente repartida, la herencia paterna.

A partir de entonces se van asentando de modo hereditario las respectivas casas condales cuyos titulares desde pronto y a lo largo del siglo X van asumiendo el gobierno “por la gracia de Dios”. Cuentan con un relativamente importante patrimonio fiscal heredado de la monarquía franca y reproducen mecanismos feudalizantes que tienen mucho que ver con su pasado carolingio, y aunque los condes no prescinden de la ley visigótica a la hora de ejercer su poder judicial, lo cierto es que sus sentencias no hacen sino favorecer los intereses de los grandes patrimonios de los que depende su precario poder. Los teóricos representantes de ese poder de los condes, vizcondes y vicarios, no harán sino reproducir pautas de patrimonialización de sus respectivas dignidades constituyendo auténticas dinastías.

La fragmentación feudal y política es el gran argumento de una primitiva Cataluña cuyos principales condes, los de Barcelona y Urgel, procurarán, mucho antes que leoneses o pamploneses, protagonizar una apertura al exterior manteniendo contactos con Roma que les posibilitaron, además, relacionarse con las propias autoridades del Imperio romano-germánico: en 970 Borrell II de Barcelona se entrevistaba con Otón I y en 998 Armengol de Urgel lo hacía con Otón III.

Nada de ello impidió que, al igual que el resto de los cristianos peninsulares, los condes catalanes sufrieran la presión del califato al que se sometieron enviando embajadas a Córdoba antes de que las devastadoras acciones de Almanzor se tradujeran en el saqueo y sistemática destrucción de Barcelona en 985, la más grave de las aceifas, pero desde luego no la única. Fue la ulterior descomposición del califato, como también hemos visto en los ejemplos anteriores, lo que anunció un cambio de signo y lo que permitió ya en 1010 a los hermanos Ramón Borrell de Barcelona y Armengol de Urgel llegar con sus huestes a Córdoba en una operación que puso punto final al intervencionismo andalusí en tierras catalanas.


Para ampliar:

  • ISLA FREZ, Amancio (1999): Realezas hispánicas del año mil, A Coruña: Publicacións do Seminario de Estudos Galegos.
  • MARTÍN DUQUE, Ángel (1999): “El reino de Pamplona [718-1035]”, Historia de España Menéndez Pidal, 7-2, Madrid: Espasa-Calpe.
  • SABATÉ I CURULL, Flocel (2006): Catalunya Medieval (Història de Catalunya, II), Barcelona: L’esfera dels libres.