El caso del cristiano que quería ser ejecutado

Un extraño caso ilustra las dificultades en la interpretación histórica de las fuentes


Maribel Fierro
Centro de Ciencias Humanas y Sociales – CSIC


Detalle de una miniatura de Las Makamat de al-Hariri

La narrativa

«Ibn Ḥāriṯ dijo: Oí a alguien que contó que un cristiano fue (al juez) pidiéndole ser ejecutado. (El juez) Aslam le reprendió preguntándole: “¡Ay de tí! ¿Qué te ha inducido a pedir tu propia muerte si no has cometido ningún crimen?” La necedad y la ignorancia del cristiano le habían conducido en efecto a querer llevar a cabo un acto virtuoso (faḍīla) cuando nada parecido ha sido atribuido a Jesús, hijo de María – ¡Que Dios bendiga a Muḥammad y a Jesús! El cristiano preguntó al juez: “Tú supones que si me haces ejecutar yo seré al que se dará muerte”. El juez le preguntó: “¿Quién si no será al que se dará muerte?” El cristiano contestó: “Una semejanza a mí (šibhī) puesta sobre un cuerpo es lo que tú harás ejecutar, mientras que mi verdadero ser en ese mismo momento irá al cielo”. Aslam le dijo entonces: “No tenemos la suficiente información para tener una opinión en lo que dices [1], pero tú careces de lo que te permitiría darte cuenta de que te estás engañando. Hay, sin embargo, una manera de revelar lo que es correcto para nosotros y para ti”. El cristiano preguntó al juez: “¿Qué es?” El juez Aslam llamó a sus asistentes (aʽwān) y les dijo: “Coged el látigo” y luego les ordenó que desnudasen al cristiano. Cuando lo hubieron hecho, les ordenó que lo golpeasen. Cuando el cristiano notó los azotes, se agitó y gritó. Aslam le preguntó: “¿Sobre qué espalda caen los latigazos?” El cristiano respondió: “En la mía”. Aslam le dijo entones: “De la misma manera, la espada cortaría tu cuello, no te engañes pensando que sucedería algo diferente”.»

La fuente

Esta historia está recogida en un diccionario biográfico dedicado a los jueces de Córdoba que estuvieron activos en un periodo comprendido entre la conquista islámica (iniciada en 92/711) y el reinado del califa omeya cordobés ʽAbd al-Raḥmān III (r. 300/912-350/961).

El autor es Ibn Ḥāriṯ al-Jušanī (m. 361/971). Nacido en Qayrawan (actual Túnez), dejó el Norte de Africa en torno al año 311 o 312/923-5 durante el periodo del califato fatimí y se estableció en al-Andalus donde compuso muchas obras de carácter histórico y jurídico para el futuro califa al-Hakam II (r. 350/961-366/976) cuando éste era todavía un príncipe [2]. La obra de la que está tomada la historia es su Ta’rīj al-quḍāt bi-Qurṭuba o Historia de los jueces de Córdoba en la entrada dedicada al juez Aslam b. ʽAbd al-ʽAzīz. La fuente de Ibn Ḥāriṯ al-Jušanī no se especifica (“Oí a alguien que contó…”). Es imposible saber si el caso tuvo lugar o no, porque no hay evidencia externa al texto que lo corrobore. Pero sí se puede intentar analizar el caso situándolo en el contexto de la época para ver si tiene sentido en esas coordenadas.

El contexto

El caso del cristiano que quería ser ejecutado tuvo lugar cuando el juez de Córdoba era Aslam b. ʽAbd al-ʽAzīz (m. 319/931). Este juez ejerció el cargo en dos ocasiones: entre 300/912-309/921 y posteriormente entre 312/924-314/926. Pertenecía a una familia de clientes omeyas que habían ayudado al que sería el primer emir omeya, ʽAbd al-Raḥmān I (r. 138/756-172/788), a hacerse con el poder en  al-Andalus y desde entonces habían servido a los omeyas en distintos cargos de la administración. El hermano de Aslam, Hāsim b. ʽAbd al-ʽAzīz, fue un poderoso visir y comandante militar durante el reinado del emir Muḥammad (r. 238/852-273/886) que cayó en desgracia durante el breve reinado de al-Munḏir (r. 273/886-275/888) y acabo siendo ejecutado. Aslam era conocido por su severidad.  Su sucesor en el cargo, Aḥmad b. Baqī b. Majlad, fue famoso en cambio por su carácter indulgente: una mujer que tenía un litigio con su marido y cuya conducta en el tribunal molestó a Aḥmad b. Baqī llevó a este a reprenderla pero sólo verbalmente, mientras que en un caso similar Aslam b. ʽAbd al-ʽAzīz había hecho azotar a la mujer.

Aslam fue cesado como juez en el año 314/926, el mismo año en el que se dio muerte a uno de los rebeldes más peligrosos contra los omeyas cordobeses, Sulaymān b. ʽUmar b. Ḥafṣūn, y se expuso públicamente su cuerpo en una de las puertas de Córdoba. Sulaymān era hijo de ʽUmar b. Ḥafṣūn (m. 306/918), descendiente de un indígena convertido al islam que se había rebelado durante el reinado del emir Muḥammad (r. 238/852-273/886). Desde su fortaleza en Bobastro, en las montañas cercanas a Málaga, había logrado resistir durante mucho tiempo a los intentos omeyas por derrotarle, llegando en varias ocasiones a constituir una seria amenaza al poder cordobés. ʽUmar b. Ḥafṣūn buscó legitimar su actividad política de varias maneras. Para demostrar su ruptura con los omeyas cordobeses, proclamó su obediencia a otros gobernantes rivales como los idrisíes, los abbasíes y los fatimíes. En este último caso, el califa fatimí envió a dos misioneros ismailíes a Bobastro. De Ibn Ḥafṣūn se dice también que abandonó el islam y se convirtió al cristianismo, haciendo construir iglesias en Bobastro y siendo enterrado como cristiano, si bien este último hecho se ha puesto en duda. Muchas de las comunidades cristianas que vivían en las áreas en las que se desarrolló la actividad de  ʽUmar b. Ḥafṣūn y de sus hijos apoyaron su rebelión contra Córdoba y fueron duramente castigadas por ello.

Ruinas de Bobastro

La figura de ʽUmar b. Ḥafṣūn ha sido interpretada a partir de los estudios de Manuel Acién Almansa como el más claro representante de los descendientes de la antigua nobleza visigoda que habían logrado mantener un cierto dominio sobre propiedades y gentes, actuando como ‘señores de renta’ [3]. En la segunda mitad del s. III/IX se opusieron a la política omeya de imponer un control cada vez más directo sobre todo al-Andalus, lo cual inevitablemente conducía a la desaparición de las estructuras feudales heredadas de la época visigoda y al triunfo de la sociedad tributaria islámica. La rebelión fue la respuesta en el caso de Ibn Ḥafṣūn. Su apostasía en un determinado momento debió de ser un medio para asegurarse el apoyo de los activistas cristianos – que procedían sobre todo de ciertos sectores de la Iglesia – que querían parar el proceso de arabización lingüística y de islamización social y cultural que estaba llevando a algunos creyentes a abandonar el cristianismo y convertirse al islam.

Esos activistas habían liderado en Córdoba el movimiento de los mártires voluntarios. Algunos hombres y mujeres cristianos insultaron públicamente al profeta Muḥammad y a la religión musulmana. Fueron por ello acusados del delito de blasfemia y fueron sentenciados a muerte por ello. Algunos de esos cristianos eran hijos de matrimonios mixtos (padre musulmán, madre cristiana) y por ello legalmente musulmanes: en su caso, además, se les consideró apóstatas. Después de que la invitación a retractarse no tuvo éxito fueron condenados a muerte. Este movimiento tuvo lugar sobre todo entre los años 235/850 y 245/859, con un caso tardío que se produjo entre 289/902-297/910. La información acerca de estos mártires procede de fuentes cristianas, mientras que las musulmanas los ignoran salvo alguna excepción. Las fuentes cristianas dejan claro que los jueces cristianos intentaron que los acusados se retractaran y que fue al negarse cuando se les condenó a muerte. Una parte de la comunidad cristiana se opuso a esos activistas señalando que no había persecución como había ocurrido con los mártires de época romana y que los actos de quienes buscaban el martirio podían tener repercusiones graves para el resto de los cristianos, aquellos para los que la situación en la que vivían no requería el acto del martirio.

El caso

Ibn Ḥāriṯ al-Jušanī transmite el caso como una historia anónima. En ella, un cristiano se dirige al juez Aslam b. ʽAbd al-ʽAzīz pidiendo que se le ejecute y se le reprende por ello porque no ha cometido ningún crimen. La conducta del cristiano se explica señalando que lo que le motivaba era el deseo de morir ejecutado porque pensaba que se trataba de un acto virtuoso y meritorio como si estuviese imitando a Jesús (se menciona a Jesús como lo hacen los musulmanes: Jesús hijo de María, dejando claro por tanto que no es hijo de Dios, sino sólo un profeta). Pero nada parecido ocurrió con Jesús, es decir, Jesús no buscó voluntariamente el martirio. Cuando el juez muestra su sorpresa porque el cristiano busque la muerte, el cristiano explica que de hecho él no morirá, sólo su semejanza (šibh), es decir, un cuerpo parecido al suyo, mientras que su verdadero ser ascenderá a los cielos en el momento de su ejecución. El juez le demuestra su equivocación ordenando a sus ayudantes que le azoten, de manera que el cristiano se da cuenta – de manera dolorosa –de la verdad y que si fuera ejecutado, la espada cortaría su cuello.

Esta historia se puede vincular a otras que sirven a Ibn Ḥāriṯ al-Jušanī para demostrar la agudeza de Aslam y su carácter bromista. La historia se cuenta de una manera muy viva, sirviendo la conversación entre el juez y el cristiano para revelar la necedad e ignorancia del segundo, subrayándose la racionalidad de los argumentos del juez así como su actitud condescendiente hacia el cristiano. Todos estos elementos deben haber provocado la risa de los que estaban presentes en el tribunal, si es que este caso realmente tuvo lugar, o de los que escuchaban cuando la historia era relatada. En efecto, esta historia puede no ser más que una anécdota inventada. Basada, eso sí, en lo que se sabía de la conducta de algunos cristianos, a saber, que de manera absurda – desde la perspectiva islámica – buscaban voluntariamente el martirio, siendo así que no eran perseguidos pues el pacto de la imma les permitía mantener sus creencias religiosas. Ese pacto entre los musulmanes y los no musulmanes que habían recibido una revelación (las gentes del Libro o ahl al-kitāb) aseguraba la libertad de creencia, pero imponía restricciones de tipo económico, social y político a los no musulmanes: no implicaba persecución pero sí discriminación.

Pero en este caso no está presente un ingrediente esencial del movimiento de los mártires voluntarios, el insulto contra el islam. La motivación del cristiano anónimo es su creencia en que sólo una semejanza suya morirá. Esto evoca la concepción coránica de la muerte de Jesús en Corán 4:157 (“y por haber dicho: “Sí, hemos dado muerte al Ungido, Jesús, hijo de María, el enviado de Dios”, siendo así que no le mataron ni le crucificaron, sino que les pareció así. Los que discrepan acerca de él, dudan de él. No tienen conocimiento de él, no siguen más que conjeturas. Pero, ciertamente, no le mataron”), es decir, para los musulmanes, Jesús no murió realmente en la cruz, lo hizo alguien que se le parecía. También sugiere la creencia en la existencia de dobles. Según algunas interpretaciones ismailíes – para los que, como shiíes, era importante entender por qué sus líderes, los imames, habían muerto de muerte violenta – Jesús sí que murió en la cruz, pero lo hizo sólo una de sus naturalezas o nombres. Esto ayudaba a quienes creían en los imames shiíes que sus muertes violentas no afectaban a su elemento divino, sino sólo a su envoltura humana (šibh). J. Coope ha interpretado este caso en el sentido de que el cristiano hacía una distinción entre su cuerpo y su espíritu o alma, algo que tiene sentido dentro de la doctrina cristiana. Pero tal vez no se debe descartar una posible influencia de esos misioneros ismailíes que vinieron a al-Andalus y de las doctrinas que trajeron consigo, como los que sabemos que actuaron en el entorno de ʽUmar b. Ḥafṣūn.

En cualquier caso, y teniendo en cuenta el tipo de obra en la que se recoge la historia, esta sirve para poner el énfasis en la necesidad de que los jueces tengan sentido común en el ejercicio de su cargo, ya que en más de una ocasión van a verse expuestos a las creencias irracionales de las gentes. El uso de la violencia física puede ser necesario en esos casos para evitar un mal mayor. Si la historia es una invención, es de subrayar que se aplique a un juez famoso por su severidad en la aplicación de castigos.

Este texto es una traducción al español de https://beta.shariasource.com/documents/3341.


Notas:

[1] Otra posible traducción es “La persona que debería ser llevada a juicio si creyésemos tus palabras no está presente”. Agradezco a Luis Molina sus sugerencias.

[2] Su biografía puede leerse en Biblioteca de al-Andalus, vol. 3: De Ibn al-Dabbāg a Ibn Kurz, ed. Jorge Lirola Delgado and José Miguel Puerta Vílchez, Almería: Fundación Ibn Tufayl de Estudios Árabes, 2004, pp. 290-6, nº 548 [A. Zomeño]. Puede verse también Historia de los Autores y Transmisores de al-Andalus (= HATA): http://kohepocu.cchs.csic.es/ y Prosopografía de los Ulemas de al-Andalus (= PUA), ID 8774 http://www.eea.csic.es/pua/.

[3] Hay debate al respecto que dejamos para otra ocasión, recogiendo aquí la interpretación que parece ser la más extendida.


Fuente:

  • Ibn Ḥāriṯ al-Jušanī, Ta’rīj al-quḍāt bi-Qurṭuba: edición y traducción al español por Julián Ribera, Historia de los jueces de Córdoba, Madrid, 1914, pp. 186-7 (texto árabe) y pp. 231-2 (traducción española). La traducción aquí recogida es mía.

Bibliografía:

  • Coope, Jessica A., The Martyrs of Córdoba. Community and Family Conflict in an Age of Massive Conversion, NebraskaUniversity Press, 1995.
  • Fierro, Maribel, “Los cadíes de Córdoba de ʽAbd al-Raḥmān III (r. 300/912-350/961),” en R. El Hour (ed.), Cadíes y cadiazgo en el Occidente islámico medieval, Estudios Onomástico-Biográficos de al-Andalus. XVIII, CSIC, 2012, pp. 69-98.
  • Martínez Enamorado, Virgilio, “Fatimid ambassadors in Bobastro: Changing religious and political allegiances in the Islamic West”, Journal of the Economic and Social History of the Orient 52/2 (2009), pp. 267-300.