Españoles con carácter

Para una parte importante de la intelectualidad española de finales del XIX y principios del XX, España era católica por su propia esencia, y un español que no fuera católico era un puro despropósito. ¿Pero qué pasaba entonces con Averroes, Maimónides, Avempace o Ibn Arabi? ¿Podían considerarse españoles?


Fernando Bravo López
Universidad Autónoma de Madrid


Detalle de la portada de La Campana de Gracia, 10 de diciembre de 1898, el año del “Desastre”.

No oirán ustedes nunca a un líder nacionalista afirmar cosas como esta: “Nuestro pueblo es un pueblo normalillo, ni mejor ni peor que el resto; más bien es un pueblo tirando a mediocre, lo cual no está mal.” Como todos ustedes muy bien saben —porque lo escuchan muy a menudo—, lo que proclamarán a los cuatro vientos será, con total seguridad, que “nuestro pueblo es un gran pueblo, una gran nación”. De resultas de lo cual no hay pueblo en el mundo que no sea un gran pueblo a ojos de sus líderes nacionalistas.

Entre mediados del siglo XIX y mediados del XX estas proclamas se tomaban mucho más en serio que en la actualidad —sí, todavía más—, y sus defensores no se andaban con chiquitas. Para cada uno de ellos su pueblo respectivo no era sólo grande, era de los más grandes, de los mejores, o incluso el mejor, ¡superior a todos, en todo! Y con la difusión de las teorías raciales a partir de la segunda mitad del siglo XIX, esta tendencia a ensalzar lo propio por encima de toda medida adquirió los tintes que todos ustedes conocen. Por suerte, la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial vino a poner coto a esos desmanes del chovinismo nacionalista, al menos por un tiempo.

Pero cuando todavía los crematorios de Auschwitz no eran ni imaginables, cuando los intelectuales nacionalistas europeos podían crear —como si de un juego inocente se tratara— imágenes de sus respectivos pueblos como personificación de la única humanidad deseable, en aquél entonces, ese narcisismo, ese chovinismo nacionalista, dio como uno de sus muchos frutos un género de literatura que todavía hoy pervive y que podríamos llamar: “Aportes a la Civilización”.

Este género literario consistía en rescatar todo aquello que, de manera real o legendaria, había hecho una serie de personajes que, de una u otra manera, podía identificarse con el pueblo en cuestión. Todo aquello que, obviamente, podía considerarse algo grande, un aporte a la civilización, a la humanidad. No contaban muertes y destrucción, eso no. Lo que contaban eran otras cosas, las buenas. En la nómina de “aportes a la civilización” cada uno ponía lo más amable y que más reconocimiento internacional podía suscitar. Y cuantos más grandes personajes uno pudiera poner en la lista, con más razón se creía para poder proclamar que su nación era la mejor, y justificar así su lugar en el mundo. Quedaba implícita —y a veces no tan implícita— la idea de que la existencia de aquellas naciones que no pudieran aducir tantos aportes era menos… necesaria, por decirlo de manera suave.

Destacar los logros del pueblo, sus aportes a la civilización, fue —y sigue siendo— una preocupación común en los diferentes movimientos nacionalistas, pero parece que los más preocupados por destacar esas grandezas eran los pertenecientes a naciones que tenían una peor situación económica. Era quizás una forma de superar una especie de complejo de inferioridad, una forma de aumentar la autoestima nacional, diciendo: “Hoy no ocupamos un lugar entre las potencias mundiales, es cierto, pero eso no quiere decir que seamos inferiores (racialmente), porque en el pasado nuestro pueblo fue grande: fuimos los primeros en hacer esto o aquello, y hemos aportado esto y lo otro a la humanidad, luego…”. En la España posterior al “desastre” del 98 todo esto resultó de una importancia vital, generando un debate nacional en torno al “Ser de España” cuyos coletazos todavía pueden ser percibidos en la actualidad. En ese debate, una de las cuestiones principales a dirimir era si para superar la “decadencia” de España se debía seguir el modelo de las grandes potencias europeas, o si, por el contrario, había que evitar la “extranjerización” y volver a las esencias patrias.

Pero para comenzar a jugar a este nada inocente juego de las grandezas del pueblo, primero había que establecer una regla fundamental: había que dejar bien claro de qué pueblo estábamos hablando. ¿Qué características servían para identificar a “nuestro pueblo” a lo largo de la historia? Esto parecerá, a primera vista, sencillo, pero no lo era en absoluto; y en el caso español puedo asegurarles que produjo un quebradero de cabeza de tal magnitud que todavía hoy nos estamos doliendo.

Porque puestos a rescatar todo lo grande que habían hecho los que, de una forma u otra, podían ser identificados como españoles, ¿quién iba a privarse de mencionar a Trajano, a Adriano o a Séneca? Pero entonces, ¿cuál era el criterio para establecer quién era español en el pasado más remoto?, ¿haber nacido en la Península?

Sin embargo, aceptar ese planteamiento tenía una implicación que no muchos estaban dispuestos a aceptar: si se podía rescatar como españoles a esos personajes tan romanos, entonces, evidentemente, Abderramán III, Averroes, Maimónides, Avempace, Ibn Arabi, y tantos otros andalusíes de pro, eran españolísimos, y sus logros también se podían añadir al cómputo global que hacía grande a la nación española.

Sellos de la serie “personajes españoles” con retratos de Séneca, Averroes y Maimónides, 1965.

Pero, ¡ay!, la cosa no era tan sencilla, porque en esa época había un criterio muy caro a los nacionalistas que podía dificultar la inclusión de esos personajes en la nómina de “grandes españoles de todos los tiempos”: el “carácter nacional”. Según esta idea, cuyo origen es difícil de establecer pero que desde Montesquieu adquirió carta de naturaleza entre muchos intelectuales europeos, cada pueblo poseía una forma específica de ser, un carácter que lo diferenciaba del resto de pueblos. En un principio se pensó que ese carácter venía determinado por el medio ambiente en el que ese pueblo había vivido históricamente. Más tarde esto se compaginó en diferentes medidas con el racismo, que establecía que ese carácter se transmitía a través de la herencia biológica, por la sangre. Pero lo importante para lo que nos ocupa es que se pensaba que ese carácter determinaba de manera insoslayable toda la producción cultural de un pueblo. En cada obra de filosofía, en cada pintura, en cada edificio, en cada forma de gobierno, canción o cuento era posible vislumbrar los rasgos esenciales del carácter nacional. Y da la casualidad de que una buena parte de la intelectualidad conservadora española de esa época pensaba que un rasgo consustancial al carácter nacional español era el catolicismo. España era católica por su propia esencia, de modo que si España dejaba de ser católica, dejaba de ser España —seguro que les suena—. Y un español que no fuera católico era un puro despropósito.

Pero, si esto era así, ¿dónde quedaban los Sénecas, Trajanos y Avempaces de turno? ¿No se podían añadir a la nómina de grandes españoles de todos los tiempos? ¿Y qué pasaba con sus logros? ¿No podrían ser esgrimidos como aportes de la nación española a la civilización universal? ¿Nos íbamos a tener que conformar sólo con el Siglo de Oro? No, ni mucho menos. Porque si la nación era eterna, eterna debía ser su grandeza, puesto que, de otra forma, se podía argumentar que esa grandeza era sólo accidental y no consustancial a la nación. Y eso resultaba inconcebible. Lo que era accidental era, en todo caso, la decadencia.

Así que los pensadores más preocupados por esta cuestión no tardaron en buscar una triquiñuela para hacer españoles a todos esos grandes hombres del pasado. Esa triquiñuela tenía una larga tradición y sirvió a la Iglesia de los primeros siglos para hacer aceptables a la Cristiandad a los autores paganos de la Antigüedad. Bastaba para ello con utilizar el argumento de que esos autores eran paganos sólo por accidente, y en apariencia, pues en lo más profundo de su ser, en su esencia, eran cristianos, tenían un “alma de naturaleza cristiana” (Tertuliano). De la misma manera, esos paganos, musulmanes y judíos nacidos en la Península, a pesar de las apariencias, podían tener un alma de naturaleza española, lo cual habían demostrado por el carácter españolísimo que tenían sus producciones culturales. Y ese alma de naturaleza española les vinculaba de manera irremediable con el cristianismo, les hacía albergar en lo más profundo de su ser una forma de cristianismo en potencia, la cual, desgraciadamente, por el contexto en el que habían vivido, no había podido llegar a materializarse del todo; pero ahí había estado.

Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912)

Quizás el primer autor que dio forma a esta concepción fue Marcelino Menéndez Pelayo, ya antes del 98. A éste se le conoce normalmente por ser uno de los máximos exponentes del pensamiento nacionalcatólico, pero a veces se olvida que ya en La ciencia española (1887) no tuvo reparos en reconocer, y hasta reivindicar, la españolidad de esos romanos y andalusíes —tanto musulmanes como judíos— que para él habían dado forma a verdaderas escuelas de pensamiento universal. Y unos años después, comentando un discurso del arabista Francisco Fernández y González, tras hacer una encendida reivindicación de la importancia de la ciencia andalusí como española, justificaba su posición de la siguiente manera:

«Dios hace salir el sol de la ciencia y del arte sobre moros, judíos, gentiles o cristianos, creyentes o incrédulos, según place a sus inexcrutables designios; y no es indicio de piedad, sino de orgullo farisaico, pretender para los cristianos por el mero título de tales la posesión exclusiva de aquellos dones del orden natural que no son incompatibles con el error teológico, ni aun con la voluntaria ceguedad del espíritu degenerado que se empeña en arrancar de sí propio la noción de lo divino. Nunca he podido comprender a los extraños apologistas que, con negar toda clase de ciencia e ingenio a los adversarios de la fe, creen haber obtenido la más cumplida victoria.»

Menéndez Pelayo, “Revista Crítica”, en La España moderna (1894)

Se abría así una línea de pensamiento que fructificó pocos años después en la escuela de arabistas españoles, no sin la resistencia de una parte de la intelectualidad más conservadora de la época, que seguía fiel a los planteamientos de esos “extraños apologistas” que criticaba Menéndez Pelayo. Así, por ejemplo, en la correspondencia que mantuvieron hacia 1897 Ángel Ganivet y Miguel de Unamuno, éste reprochaba al primero su apego al legado andalusí, y señalaba que:

«De los árabes no quiero decir nada, les profeso una profunda antipatía, apenas creo en eso que llaman civilización arábiga y considero su paso por España como la mayor calamidad que hemos padecido.»

Unamuno, El porvenir de España y los españoles, Madrid, 1973, p. 21.

En cambio, Ganivet, de origen granadino, no podía dejar de identificarse con el legado andalusí y reivindicar su influencia en el “espíritu nacional”, llegando a afirmar que “la influencia mayor que sufrió España, después de la predicación del cristianismo, la que dio vida a nuestro espíritu quijotesco, fue la arábiga.” (ibid., p. 24). Unamuno, sin embargo, no se dejaba convencer, y veía todo eso con gran escepticismo. Para él había algo mucho más profundo que explicaba el modo de ser de los españoles, su esencia, algo que no había cambiado en milenios, desde tiempos prehistóricos, y sobre lo cual ni lo fenicio, ni lo romano, ni lo árabe, ni siquiera lo godo, había hecho mella. Y así, le decía a Ganivet:

«Celtas, fenicios, romanos, godos, los mismos árabes, de que parece usted tan prendado, fueron poco más que oleadas, tempestuosas si se quiere, pero oleadas al fin, que influyeron muy poco en la base subhistórica, en el pueblo que calla, ora, trabaja y muere.»

(Ibid., p. 38)

Ahora bien, había una forma de hacer compatibles esas diferentes actitudes y, a la vez, rescatar para España los aportes de los andalusíes a la civilización universal. Eso fue precisamente lo que hizo la escuela de arabistas españoles formada bajo el magisterio de Francisco Codera y Zaidín, y cuyos máximos exponentes fueron Julián Ribera y Miguel Asín Palacios.

Para entender lo que hicieron hay que empezar recordando una cuestión: en la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX, como saben, ser semita no estaba muy bien visto. Mucha de la producción historiográfica, filológica y artística europea partía del dogma de que existía un antagonismo secular, casi eterno, entre arios y semitas, en el cual lo ario era identificado con todo lo bueno y deseable y lo semita con todo lo malo e indeseable. Por esa razón, aceptar una influencia árabe en el carácter nacional, una herencia semita, no era muy del gusto de algunos intelectuales españoles. Aceptarlo significaba colocar a lo español en diametral oposición, y en inferioridad, con respecto a lo europeo, identificado con lo ario. Pero es que también lo colocaba en una situación difícil con respecto al cristianismo, una religión que, aun siendo de origen semita, se pensaba, al menos desde Ernest Renan, que había sido arianizada —con lo que se explicaba su antagonismo eterno con el judaísmo—.

Así que ser depositarios de un legado árabe no era algo muy bueno que digamos —y menos si era sanguíneo—. Pero, ¿y si pudiéramos demostrar que los musulmanes andalusíes no eran árabes? ¿Y si pudiéramos probar que, como sostenía Unamuno, la conquista árabe no había cambiado nada el sustrato racial español? ¿Y si pudiéramos decir que los musulmanes de al-Ándalus —era más complicado sostener esto con respecto a los judíos— eran españoles “de raza”? Si fuera así, todo cuadraría: marginando el componente árabe se evitaría el semitismo y, a la vez, se reivindicarían los logros de al-Ándalus como 100% españoles. Y eso es lo que hicieron nuestros arabistas de la época.

Julián Ribera y Tarragó (1858-1934)

Julián Ribera fue el más ardiente defensor de esta visión. Para él “el semitismo de raza en los musulmanes españoles” era un “elemento que entró en dosis casi infinitesimal, y no nos autoriza para calificarlos de semitas ni orientales desde la tercera o cuarta generación, posterior a los tiempos de la conquista” (Discurso ante la RAE, 1912, p. 6). De hecho, se dedicó a calcular el porcentaje de sangre semita que corría por las venas de los emires y califas andalusíes, demostrando, a su juicio, su escaso o nulo semitismo. Lo semítico en al-Ándalus, decía, era como un colorante, como “una pequeña cantidad de anilina roja”, la cual “es suficiente para enrojecer las aguas de un tanque, sin que la composición química de las mismas se llegue a alterar sensiblemente” (ibid., pp. 10-11 y 18). La “composición química” de los españoles no había cambiado con la conquista islámica de la Península. Seguían siendo tan españoles como siempre lo habían sido. De modo que era posible proclamar “que españoles fueron los musulmanes de la península: españoles de raza, españoles de lengua, españoles por su carácter, gusto, tendencias e ingenio” (Discurso ante la RAE, 1919, p. 395).

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de los arabistas españoles, para una parte importante de la intelectualidad más conservadora seguía siendo muy difícil aceptar una influencia islámica en la historia de España. Para ella, si había existido esa influencia, había sido a la contra. España y lo español, el “carácter nacional”, se había formado precisamente en la lucha contra el islam —y el judaísmo—. Quizás fue Ramiro de Maeztu el que mejor resumió esa idea cuando, ya durante la Segunda República, afirmó que: “El carácter español se ha formado en lucha multisecular contra los moros y contra los judíos” (Defensa de la Hispanidad, 1934, p. 205). Él pensaba que quizás podía haber alguna excepción, algún árabe aceptable, pero, en general, eran pura basura. Como buenos semitas, eran un pueblo que únicamente se había dedicado a depredar al resto de los pueblos que había dominado: “Los árabes, a pesar de sus grandes poetas y místicos, fueron unos salvajes que nunca tuvieron más civilización que la de los pueblos dominados por ellos: sirios, egipcios, persas y españoles” (ibíd. p. 192). A esas alturas, Maeztu todavía parecía no haber comprendido ese gran descubrimiento de los arabistas: no había en los andalusíes ni una gota de sangre semita. Los españoles podían estar tranquilos.

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