El caso más enigmático de amor es aquel que nace durante el sueño y que persiste al despertar, amor por un ser que no existe y que se origina de la imaginación de quien sueña
Abdelfattah Kilito

Breve introducción
Abdelfattah Kilito (Rabat, 1945) es uno de los escritores norafricanos contemporáneos más reconocidos. Miembro permanente de la Real Academia de Marruecos y ganador de varios premios internacionales (más recientemente, el Premio Internacional Rey Faisal de Lengua y Literatura árabes y el Gran Premio de la Academia Francesa o Grand Prix de la Francophonie), Kilito escribe ensayos, cuentos y novelas en árabe y en francés. Es, además, un escritor/lector: escribe sobre sus lecturas y sobre otros autores que, como él, aman leer. En este ensayo, Kilito se acerca a la famosa obra sobre el amor cortés del teólogo, jurista y pensador cordobés Ibn Ḥazm (994–1064), El collar de la paloma, enfocándose en un capítulo sobre quien se enamora de una mujer soñada. De este modo, Kilito dialoga con la literatura árabe clásica y se adentra en el mundo literario, onírico y social de Ibn Ḥazm.
La mujer soñada[1]
Abdelfattah Kilito.
Traducción del francés: Manuela Ceballos
Así como Eva nació de una costilla de Adán, a veces, mientras yo dormía, brotaba una mujer, nacida de mi muslo mal posicionado. […] Mi cuerpo, que sentía su propio calor en el de ella, deseaba el encuentro, y yo me despertaba. Los demás seres humanos se me hacían lejanos comparados con esta mujer de la cual venía de separarme hacía solo unos momentos: mi mejilla conservaba todavía el calor de su beso y mi cuerpo quedaba adolorido por el peso del suyo. Si, como ocurría algunas veces, tenía ella los rasgos de una mujer que había conocido en el transcurso de mi vida, iba a entregarme por completo a ese fin: encontrarla […]. Poco a poco, su recuerdo se desvanecía, había olvidado a la joven de mis sueños.
Marcel Proust, Por el camino de Swann
El collar de la paloma de Ibn Ḥazm es un libro sobre «el amor, sus significados y conceptos, sus causas y atributos, y lo que en él y por él sucede».[2] Desde el principio, y hasta el fin de la obra, se percibe un tono íntimo. Ibn Ḥazm narra los eventos que ha «visto con…[sus]…propios ojos» y revela su propia forma de amar.[3] El lector también aprende que el autor desconfía del amor a primera vista, de la pasión que surge a partir de una mirada: «es síntoma de pocas entendederas, presagio de un pronto olvido y prueba certera de superficialidad y fácil hastío.».[4] El amor que prefiere es aquel que nace luego de un largo cortejo, de un conocimiento mutuo prolongado: «Es este casi siempre el amor que dura y se afirma, al que no afectan los sinsabores que traen los días, pues, como dice el proverbio, “lo que entra prieto, no sale fácil.” Ésta es mi doctrina.».[5]
Ibn Ḥazm ve con escepticismo el amor producto de la simple descripción de una persona admirada por su belleza y demás cualidades.[6] Según él, este es un amor que no tiene una base sólida: «quien gasta su mente en amar a quien no vio nunca fuerza será que, cuando se queda a solas con sus pensamientos, se represente del amado una imagen ilusoria e imaginaria, un ser erigido por los alarifes del pensamiento […]. Y si un buen día sucede que sus ojos acaban por posarse en el amado, lo más probable es que su pasión, bien se confirme, bien se esfume por completo.».[7]
El caso más enigmático es aquel del amor que nace durante el sueño y que persiste al despertar, amor por un ser que no existe y que se origina de la imaginación de quien sueña. Es este tipo de amor, al cual Ibn Ḥazm consagra un capítulo corto, el objeto de este ensayo.

El capítulo comienza con una anécdota extraña acerca de un enamoramiento que ocurre luego de un sueño confuso. El autor prosigue con la anécdota, cuyo héroe es un tal Abū al-Sarī, y cuenta cómo ayudó a consolar a este último. El capítulo termina con unos versos compuestos por Ibn Ḥazm sobre una bella desconocida, nacida del adormecimiento de la razón.
Al presentar la historia, Ibn Ḥazm destaca que es tan extraordinaria que no la hubiera mencionado de no haber sido él mismo testigo de los eventos. Al justificar la inclusión de un hecho que se sale de lo común, Ibn Ḥazm parece anticipar una posible acusación de haber descrito algo inverosímil. Además, al acentuar lo extraño (ġarāba) en la narración, Ibn Ḥazm alimenta en el lector el deseo de saber más. Recordemos que, en las Mil y una noches, Schahrazad inscribe sus historias bajo el signo de lo maravilloso, de lo extraño. De este modo, la historia narrada por Ibn Ḥazm me parece digna de aparecer en las Noches, pues no difiere del todo de la del príncipe Luna del Tiempo y la princesa Plenilunios, a quienes dos genios reúnen durante el sueño y quienes, del mismo modo arbitrario, son separados al amanecer.
He aquí la historia:
«La cosa es que un día me presenté en casa de Abulsari […] y que me lo encontré pensativo y preocupado, y le pregunté qué le pasaba. Calló un rato y dijo: “Me sucede algo extraordinario, nunca oído.” Repliqué: “¿De qué se trata?” Dijo: “Esta noche pasada, he visto en sueños a una esclava y, al despertar, sentí que mi corazón había ido tras ella: mi mente ya no piensa en otra cosa. La verdad, por su amor me encuentro en una situación más que desesperada.
Quedó muchos días, más de un mes, como nublado y contrito, sin que encontrase gusto en nada que no fuera su éxtasis, hasta que lo censuré con estas palabras: “Error enorme es que ocupes tu alma en una cosa irreal, y que cuelgues tu fantasía de algo que no existe. ¿Sabes acaso quién es ella?” “No, por Dios”, replicó. Le dije: ¡Realmente, eres persona de poco juicio y menos vista si amas a quien no contemplaste jamás, que no es ente creado ni anda por este mundo terrenal! ¡Si te hubieses enamorado de una de las figuras de los baños públicos serías más excusable a mis ojos! Y no lo dejé hasta que se le pasó la cosa, mal que bien.».[8]
Abū al-Sarī es perfectamente consciente del carácter extraordinario de su amor y, por esa razón, se rehúsa inicialmente a hablar al respecto, a revelar el secreto de su inquietud. Cuando decide contar lo que le pasa, resalta desde el comienzo la singularidad de su experiencia: «“Algo extraordinario, nunca oído.”». Es una precaución oratoria análoga a la que utilizará Ibn Ḥazm. Abū al-Sarī no quiere pasar por loco. Trastornado, su pasión representa para él un exceso de sentido, y así se reconoce como un individuo único, como alguien a quien le ha ocurrido algo importante; es una suerte de elegido. Aunque sabe que su amor no será visto con buenos ojos, se siente valorado. Por eso, la palabra que Abū al-Sarī escoge para describir lo que le ha sucedido es uʿŷūba, que significa «algo asombroso, maravilloso». Esta palabra puede relacionarse con aquella que utiliza Ibn Ḥazm para describir esta historia, ġarāba, que quiere decir «cosa extraña, insólita, curiosa».

La confianza triunfa sobre la desconfianza y Abū al-Sarī finalmente accede a conversar con su amigo Ibn Ḥazm. Le cuenta que está prendado de una joven a quien ha visto solamente en un sueño y que está profundamente conmovido por ese amor. Abū al-Sarī no provee ninguna descripción de la joven, la cual carece de identidad, de un rostro. No da tampoco ninguna explicación precisa sobre las circunstancias de la visión, ni cuenta dónde tuvo lugar ni cuándo. Ibn Ḥazm se propone entonces a hacerle caer en razón, a sacar a Abū al-Sarī de su sueño, a despertarlo. Le reprocha (ʿadaltuhu), haciendo el papel de censor (ʿādil). Hay que notar que, en su obra, Ibn Ḥazm consagra un capítulo al censor y a quien se le opone. En este capítulo, Ibn Ḥazm menciona de nuevo a Abū al-Sarī a propósito de un asunto misterioso: «Yo mismo hube de pasar por algo parecido que, aunque no es exactamente igual, se asemeja a lo que digo en estas páginas. El caso es que nuestro amigo Abu-l-Sari […] multiplicó sus críticas contra mí sobre algo que yo tenía en mente hacer».[9] No obstante, en este caso, es Abū al-Sarī quien recibe el regaño de Ibn Ḥazm.
Evidentemente, nuestro autor cree en el poder de la palabra, en la eficacia del diálogo, aun si entiende que el amante siente placer al contradecir a quien lo censura. Le dedica a Abū al-Sarī un discurso en el cual se esfuerza por demostrarle cuán absurdo es su amor. El discurso produce, aparentemente, el efecto deseado. Sin embargo, hay que recordar que Ibn Ḥazm le predica a quien ya se ha convertido. Desde el principio, Abū al-Sarī admite la validez de los argumentos en su contra. Sabe que persigue un espejismo y que la imagen que lo obsesiona es mentirosa. Simplemente no logra (o no quiere) salir de su locura.
En los argumentos de Ibn Ḥazm, hay un punto que merece atención especial. Luego de confirmar que Abū al-Sarī no ha visto jamás a la joven en la vida real, le dice a su amigo: «Si te hubieses enamorado de una de las figuras de los baños públicos serías más excusable a mis ojos.». De hecho, una estatua es una cosa concreta y, aunque sea rígida y no tenga vida, reproduce de manera general a un ser real que existe o que ha existido. Tras la imagen pintada o esculpida, está el modelo, aun si aquel está ausente (o es ficticio).
Además, existe toda una tradición literaria que describe el amor surgido al contemplar un retrato.[10] Es de este modo que en las Mil y una noches varios héroes se enamoran de una imagen pintada o bordada y emprenden la búsqueda del modelo original. Nadie se atreve a culparlos, pues nadie cuestiona la existencia del modelo. Desde ese punto de vista, la contemplación de la imagen anticipa el hallazgo, es un preludio al verdadero encuentro con el modelo original.[11]
Ibn Ḥazm no cita ninguna de estas historias, pero al mencionar las esculturas del ḥammām, no excluye que alguien pueda sentirse atraído por una de ellas, aun si no está de acuerdo con este tipo de amor y no busca alentarlo. Lo que le parece inaceptable es enamorarse de una imagen que no refleja a ninguna mujer de verdad, que no corresponde a ningún ser cuya existencia pueda verificarse. Tal pasión es, a sus ojos, una aberración, una herejía, un sacrilegio, un «grave error» (ḫaṭaʾ ʿadīm). La condena que emite nos recuerda otra, más antigua, dirigida a quienes adoraban a los ídolos, puros artificios de la imaginación. La equivocación de Abū al-Sarī es análoga a la de los politeístas quienes rendían culto a deidades tales como al-Lāt y al-ʿUzzā.
Después de haber contado la anécdota, Ibn Ḥazm ofrece la siguiente explicación: «Este es para mí un ejemplo de los parlamentos que se trae el alma y de las visiones enredadas que le son innatas, y entraría en el capítulo de los deseos y de las falsas imágenes que forja el caletre.».[12] En otros términos, hay en todo individuo una zona oscura, descontrolada, fuente de deseos que la razón reprueba. En el capítulo «Sobre la fealdad del pecado», Ibn Ḥazm discute esta cuestión de manera más extensa: «Ya sabemos que Dios –entronado y ensalzado sea– instaló en el humano dos naturalezas contrapuestas: una de ellas no señala sino al bien y no incita más que a lo que es bueno ni se representa cosas que no sean dignas de aprobación: es la razón que tiene por adalid la justicia. Y la segunda, contrariamente a esta primera, no tiende sino a las pasiones, y no lleva más que a la perdición: es el alma, que marcha del ronzal de la conscupiscencia.».[13] Ibn Ḥazm añade que entre estas naturalezas hay una guerra perpetua y que la victoria, de un campo o del otro, no está nunca asegurada ni es definitiva.

A la luz de esta dualidad, la situación de Abū al-Sarī se ve más claramente. Durante el sueño, mientras se adormece la razón, el instinto, pérfido por definición, le muestra a una mujer desconocida. Al despertar, permanece bajo el imperio de aquella visión nocturna. Afortunadamente, Ibn Ḥazm aparece para recordarle las sanas exigencias de la razón. La dualidad que habita en cada individuo se manifiesta en esta historia a través de la oposición entre Abū al-Sarī, quien representa el instinto y el deseo, e Ibn Ḥazm, quien representa la razón represiva.
A pesar de esto, las cosas no son tan simples. Si nadie puede escapar de los apetitos del instinto, Ibn Ḥazm también alberga amores oscuros. De hecho, el autor cierra el capítulo con unos versos en los que anuncia su amor por una mujer que nunca ha visto. Helos aquí:
«¡Si supiera quién era ella y cómo pasó!
¿La faz del sol era, quizás la luna?
¿Era un pensar por la mente traído
o una imagen del espíritu,
alumbrada en el intelecto?
¿O quizás una forma, esculpida
de mis anhelos, que la vista
creyó falsamente haber divisado?
O tal vez no fuera nada de eso,
sino un accidente que la suerte
trajo consigo, causa de mi muerte.»[14]
Con frecuencia, al finalizar los capítulos de su obra, Ibn Ḥazm incorpora versos compuestos por él mismo que ilustran su propósito. Es para él la ocasión de mostrar su habilidad y tratar poéticamente los diversos temas que ha abordado. En los versos que vengo de citar, la mujer evocada es más formidable que aquella a quien hace alusión Abū al-Sarī en su delirio. Ibn Ḥazm la describe como una femme fatale, o según sus palabras «un accidente que la suerte trajo consigo, causa de mi muerte.». ¿Se trata, para nuestro autor, de un ejercicio retórico, de una identificación con Abū al-Sarī, de un fantasma? Parecería entonces que la experiencia de Abū al-Sarī no es única pues, en sus versos, Ibn Ḥazm cuenta una historia muy similar a la de su amigo.
Notas:
[1] Abdelfattah Kilito, «La femme rêvée», La langue d’Adam et autres essais, Casablanca, Toubkal, 1999, pp. 81–85.
[2] Ibn Ḥazm al-Andalusī, El collar de la paloma (El collar de la tórtola y la sombra de la nube), traducido por Jaime Sánchez Ratia. Madrid, Hiperión, 2009, p. 11. Ver también El collar de la paloma: Tratado sobre el amor y los amantes de Ibn Hazm de Córdoba, traducido por Emilio García Gómez, Madrid, Alianza Editorial, 1995. [N. de la T.: Todas las referencias aparecen en el original, a menos de que se indique lo contrario. Sin embargo, en ciertos casos, la traductora ha reemplazado las referencias dadas por el autor por las traducciones al castellano de los mismos textos.]
[3] El collar de la paloma, p. 11.
[4] Ibíd., p. 77.
[5] Ibíd., p. 81.
[6] Las mil y una noches provee varios ejemplos de este tipo de amor. Badr se enamora de Ŷawhara al escuchar a su tío hacer alarde de sus encantos («Historia de Ŷulnār»), Qamar se apasiona por Ḥalīma después de una descripción entusiasta que hace de ella un derviche y, a su vez, Ḥalīma se apasiona por Qamar porque su marido le habla de él elogiosamente («Historia de Qamar al-Zamān y su amante». [N. de la T.: Salvador Peña Martín traduce la «Historia de Ŷulnār» como «Flor de Granado y Plenilunio Risueño» o «Plenilunio Risueño hijo del rey Shahrimán y la hija del rey Tritón», mientras que la «Historia de Qamar al-Zamān y su amante» aparece como «El joven Luna del Tiempo y la esposa del joyero». Véase Mil y una noches, traducido por Salvador Peña Martín, Madrid, Verbum, 2018].
[7] El collar de la paloma, p. 67.
[8] Ibíd., p. 63. [N. de la T.: Escribe Jaime Sánchez Raita: «En Al Ándalus los baños o ḥammām disponían, como en las termas romanas, de una sala en la que la clientela se desvestía y se reponía de las sevicias sufridas a manos de los bañeros […] . Dicha sala […] estaba a menudo adornada con alguna estatua—a menudo del dueño de los baños—y mosaicos […]. Al estar prohibida la representación de figuras en el Islam, la pervivencia de estas representaciones debía de constituir una pequeña conmoción para quienes se adentraban en la sala.». Ibíd., p. 63, n6. Escribe García Gómez sobre las «imágenes del baño»: «Indicación interesante, para reunirla con otras muchas, sobre la existencia en los baños de imágenes antropomorfas, a pesar de la prohibición de los libros de derecho.». El collar de la paloma, p. 316.]
[9] Ibíd., p. 149.
[10] Véase Ernst Kris y Otto Kurz, L’image de l’artiste, París, Ed. Rivages, 1987, pp. 107–109.
[11] Fuera de la literatura árabe, podemos citar La flauta mágica, además de «El fiel Juan» de los hermanos Grimm y, por supuesto, la Gradiva de Jensen. Sobre este tema, véase Jean Rousset, Leurs yeux se rencontrèrent, París, Ed. José Corti, 1984, p. 149 sv.
[12] Ibn Ḥazm, El collar de la paloma, p. 65.
[13] Ibíd., p. 361.
[14] Ibíd., p. 65.