El caso de la herencia de Ibn Antunyān

El visir Hāšim b. ʽAbd al-ʽAzīz recogió testimonios según los cuales Qūmis b. Antunyān no había muerto como musulmán, sino como cristiano, y presionó para que se iniciara una investigación. Estaba en juego una gran herencia


Maribel Fierro
ILC-CSIC (Madrid)


Detalle de una miniatura de Las Makamat de al-Hariri, BNF ms. Arabe 5847, f. 22r.

La narrativa

«Muḥammad [b. Ḥāriṯ al-Jušanī] dijo: Me mencionaron que Hāšim b. ʽAbd al-ʽAzīz trató de hacer caer en una trampa [al juez] Sulaymān b. Aswad e intentó embaucarlo en el asunto de la herencia dejada por Qūmis b. Antunyān, aunque ello no le salió como habría querido.

»Lo que sucedió fue que el rango de Hāšim b. ʽAbd al-ʽAzīz con el emir – ¡Dios tenga misericordia de él! – era elevado, pues era él quien llevaba las cargas del califato, administrando los asuntos más serios y estando al frente de la gestión del estado, sin que ninguna transacción tuviese lugar sin él y sin que el emir decidiese algo excepto mediante su intervención. Hāšim no encontraba oposición alguna ni se imaginaba que alguien se pudiese oponer a él. Entonces Qūmis b. Antunyān empezó a elevarse, los méritos de su adab [conocimiento propio de la gente cultivada] se hicieron manifiestos, se le nombró para la cancillería, tomó a su cargo pesadas tareas y se hizo indispensable, alcanzando fama, siendo muy competitivo y haciendo muchos esfuerzos para elevarse aún más (1). [A Hāšim] no le agradaba depender de nadie ni someterse a ningún semejante y empezó a preocuparse de que la posición de Qūmis pudiese oscurecer la suya, por lo que se puso a maquinar cómo dañar a Qūmis y hacerle caer.

»Cuando Qūmis se dio cuenta de esto, se llenó de precauciones y se volvió prudente. Su cautela y prudencia llegaron al punto de que [ocurrió lo siguiente]. Muḥammad b. Yūsuf b. Maṭrūḥ – quien era su amigo y tenía una estrecha relación con él– llamó una noche a su puerta. Qūmis fue a ver quién llamaba y habló con él desde detrás de la puerta. Muḥammad b. Yūsuf b. Maṭrūḥ le dijo: ‘Abre la puerta’. Él dijo: “Por Dios, no la abriré a menos de que me digas qué te ha traído hasta aquí”. Muḥammad b. Yūsuf b. Maṭrūḥ contestó: “Asuntos de los que no es apropiado hablar desde detrás de una puerta”. Qūmis le dijo: “Entonces trataremos de ellos mañana por la mañana”. Muḥammad b. Yūsuf b. Maṭrūḥ se marchó molesto de que le hubiese dejado allí [sin permitirle entrar]. Muḥammad b. Yūsuf no durmió en lo que quedaba de noche. Después de haber rezado la oración de la mañana fue a ver a Qūmis temprano. Qūmis le recibió con muy buen trato, mostrándole el debido respeto y honrándole. Muḥammad b. Yūsuf b. Maṭrūḥ le dijo: “Ahora me muestras respeto, pero cuando ayer por la noche vine a verte no me consideraste lo suficientemente respetable como para abrirme la puerta”. Qūmis replicó: “Perdóname, soy un hombre al que le están queriendo perjudicar y tú sabes quien está detrás de ello, por lo que no te extrañará que me haya vuelto tan precavido como tú mismo has podido constatar. He considerado que era apropiado mostrarme precavido incluso contigo, de manera que esta conducta mía justifique que actúe de la misma manera con otros. No me censures por ello”. A continuación Muḥammad b. Yūsuf b. Maṭrūḥ trató con él el asunto que se traía entre manos.

»Cuando Qūmis b. Antunyān murió, Hāšim puso una demanda contra sus herederos y su herencia, consiguiendo testimonios por doquier y haciendo que un muḥtasib llevase el caso ante el juez Sulaymān b. Aswad, diciendo que Qūmis b. Antunyān había muerto como cristiano y que su fortuna por tanto pertenecía al Tesoro Público (bayt al-māl). Hāšim también elevó el caso al emir, diciéndole: “Tú tienes más derecho a su fortuna que sus herederos. Ordena al juez que lo investigue”. El emir Muḥammad ordenó a Sulaymān b. Aswad que investigase el asunto. El juez recibió numerosos y serios testimonios de personas importantes (wuŷūh al-nās) y de testigos notables (aʽlām al-ʽudūl) que aseguraban que Qūmis había muerto siendo cristiano. Pocos de entre los notables y los juristas (bayāḍ al-nās wa-fuqahāʼi-him) se abstuvieron de testificar en este caso. Muḥammad b. Yūsuf b. Maṭrūḥ fue uno de ellos. Cuando se sentaba en la mezquita aljama, no dejaba de decir a esos principales (ruʼūs al-nās) [que habían declarado en contra de Qūmis]: “¡Que de un hombre como Qūmis que siempre estaba rezando y haciendo devociones, la paloma de esta mezquita, digáis ahora que murió siendo cristiano!”. Y lo repetía varias veces. El pueblo (al-nās) estaba atónito ante los testimonios que se habían hecho contra Qūmis. Todo esto llegó a conocimiento del emir, quien encargó a sus visires que llamaran al juez Sulaymān b. Aswad y le preguntasen cuál era en su opinión lo que se había podido establecer contra Qūmis b. Antunyān. Sulaymān b. Aswad compareció y los visires le dijeron: “El emir —¡que Dios le de larga vida!— ha ordenado que te hiciésemos comparecer para que podamos saber por tí qué se ha establecido en tu tribunal en relación al caso de Qūmis”. Sulaymān sacó un rollo (ṭūmār) de su manga y dijo: “Aquí está lo que se ha testimoniado en mi tribunal sobre su caso. Hay que hacérselo llegar al emir de manera que pueda examinarlo y en función de las conclusiones que saque que actúe en consecuencia”.

»Hāšim quiso pararle y le dijo: “Oh, juez, el rollo es largo y los testimonios muchos, sin que el emir conozca a todos los que han declarado. Limítate a aquellos testigos que has considerado aceptables, dinos quiénes son y escoge sus testimonios”. Sulaymān se dio cuenta de lo que pretendía Hāšim y le dijo: “No haré tal cosa, es indispensable que el emir lea todos los testimonios por sí mismo”. El juez envió el rollo con la totalidad de lo que había sido registrado. Muy poco después, un paje salió del lugar donde estaba el emir y dijo al juez: “El emir te pide que extractes los testimonios dado su volumen y me informes de lo que en tu opinión ha quedado establecido gracias a ellos”. Sulaymān b. Aswad dijo al paje: “Informa al emir de que en mi opinión nada reprehensible ha podido ser establecido contra Qūmis, sobre todo teniendo en cuenta que es bien sabido que Dios no tomaría en cuenta nada de ninguno de los testimonios que han sido recogidos en este rollo”. Hāšim le dijo entonces: “¡Dios sea exaltado, oh, juez! Ibn Qulzum y otros tales como él se cuentan entre los que prestaron testimonio en tu tribunal”. El juez replicó: “He informado al emir de lo que creo es lo correcto”. Un edicto (tawqīʽ) [del emir] fue enviado al juez diciendo: “Divide la fortuna de Qūmis entre sus herederos”. Así lo hizo el juez. La fortuna era considerable.»

La fuente

La fuente es un diccionario biográfico dedicado a los jueces de Córdoba que estuvieron activos en un periodo comprendido entre la conquista islámica (iniciada en 92/711) y el reinado del primer califa omeya cordobés ʽAbd al-Raḥmān III (r. 300/912-350/961). El autor es Ibn Ḥāriṯ al-Jušanī (m. 361/971) (2). La obra de la que está tomada la historia es su Ta’rīj al-quḍāt bi-Qurṭuba o Historia de los jueces de Córdoba en la entrada dedicada al juez Sulaymān b. Aswad. La fuente de Ibn Ḥāriṯ al-Jušanī no se especifica.

El caso en la Historia de los jueces de Córdoba (pulse sobre las imágenes para agrandar)

El contexto

Cuando empezó a gobernar, el emir omeya cordobés Muḥammad (r. 238/852-273/886) confirmó a los visires que habían servido a su padre. Su secretario, ʽAbd Allāh b. Umayya b. Yazīd, era un miembro de una de las familias de mawālī (clientes) omeyas a las que habitualmente se recurría para ocupar puestos en la administración omeya. ʽAbd Allāh b. Umayya b. Yazīd cayó enfermo al cabo de dos años. El emir nombró entonces al cristiano (al-naṣrānī) Qūmis b. Antunyān b. Yulyāna (así se llamaba su abuela) para que ayudase al secretario durante su enfermedad. Cuando ʽAbd Allāh b. Umayya b. Yazīd falleció, el emir dio a entender que si Qūmis b. Antunyān se convirtiese al islam, lo nombraría para ocupar el puesto. Qūmis se convirtió entonces al islam y fue nombrado secretario. Se destaca su excelente conocimiento de la lengua árabe y sus habilidades para desempeñar el cargo. Sin embargo, el poderoso visir y comandante militar Hāšim b. ʽAbd al-ʽAzīz, miembro de uno de los linajes de mawālī omeyas más poderosos e influyentes, estaba en contra de Qūmis. También lo estaban los miembros de otras influyentes familias de árabes y  clientes de la corte omeya, resentidos porque un converso reciente hubiese sido nombrado para una posición tan elevada en la administración (jidma). Ese resentimiento llevó a Hāšim a intrigar contra Qūmis, aunque no tuvo éxito mientras el secretario vivió. Tras la muerte de Qūmis, Hāšim sugirió que el secretario había muerto como cristiano (es decir, le acusó de haber apostatado del islam) y por ello afirmó que sus herederos no estaban legitimados para recibir la herencia de Qūmis de acuerdo con la normativa legal de que la herencia de quienes abandonan el islam revierte al Tesoro Público.

El caso

Cuando murió el secretario Qūmis b. Antunyān, dejó una gran herencia. El visir Hāšim b. ʽAbd al-ʽAzīz recogió testimonios según los cuales Qūmis no había muerto como musulmán, sino como cristiano e incitó a un muḥtasib a que llevase el caso ante el juez de Córdoba Sulaymān b. Aswad al-Gāfiqī. El término muḥtasib significa la persona que lleva a cabo el precepto islámico de ordenar el bien y prohibir el mal (ḥisba), es decir, que reprueba a quien se aparta de la normativa islámica, reprobación que puede limitarse a ser interna (‘en el corazón’), de palabra (‘con la boca’) o conllevar una acción coercitiva (‘con la mano’). El muḥtasib puede ser un individuo que actúa por su cuenta bien de palabra o bien de obra, pero también se refiere a un cargo urbano encargado de vigilar que en el ámbito público y en especial en el mercado se sigue una conducta moral adecuada. El muḥtasib que actúa por encargo de Hāšim b. ʽAbd al-ʽAzīz parece ser un individuo sin posición oficial alguna que lleva un caso ante el juez escudándose en el cumplimiento del precepto de la ḥisba para que el juez inicie un proceso contra aquél a quien acusa de haber hecho algo reprobable. En este caso, ese muḥtasib declaró que Qūmis b. Antunyān había fallecido como cristiano y que su fortuna – al ser la de un apóstata – pertenecía no a sus herederos sino al Tesoro Público (bayt al-māl).

Al mismo tiempo, Hāšim b. ʽAbd al-ʽAzīz llevó el caso ante el emir, informándole de que si Qūmis b. Antunyān había muerto siendo cristiano, entonces el emir podía reclamar su herencia y por tanto debía ordenar el juez que iniciase el proceso correspondiente. Las palabras puestas en boca de Hāšim b. ʽAbd al-ʽAzīz sugieren que para él el Tesoro Público y la fortuna del emir eran lo mismo, lo cual refleja el concepto patrimonial del estado que se tenía entonces. El emir Muḥammad siguió el consejo de Hāšim b. ʽAbd al-ʽAzīz y ordenó a Sulaymān b. Aswad que se ocupase del asunto.

Hāšim b. ʽAbd al-ʽAzīz, por tanto, actuó a través de dos canales para que se iniciase un proceso judicial: un canal fue incitar a un individuo a que se erigiese en muḥtasib y llevase ante el juez su acusación de que Qūmis b. Antunyān había muerto siendo cristiano; el otro canal fue sugerir al emir que ordenase al juez investigar el asunto.

Lo que el juez hizo fue reunir los testimonios versados contra Qūmis. Muchos notables cordobeses (es decir, aquellos que trabajaban en la administración omeya y en el mundo del conocimiento legal y religioso) declararon que Qūmis había muerto como cristiano, siendo pocos los que se abstuvieron de declarar en ese sentido. Entre ellos estaba Muḥammad b. Yūsuf b. Maṭrūḥ, conocido por su amistad con Qūmis b. Antunyān, quien publicamente se quejó de las acusaciones lanzadas contra el fallecido y proclamó que Qūmis había sido un musulmán convencido, señalando su piedad y su frecuente presencia en la mezquita cordobesa para rezar. Muḥammad b. Yūsuf b. Maṭrūḥ estaba así subrayando la importancia de las acciones externas a la hora de decidir sobre la fe interna de las personas.

El asunto de Qūmis no se limitó a los círculos de la corte y de los notables, también se convirtió en objeto de atención por parte del pueblo llano, sorprendido por las declaraciones hechas contra Qūmis. Esto preocupó al emir quien ordenó a sus visires que le informasen sobre qué tipo de evidencia había recogido el juez Sulaymān b. Aswad en relación a este caso. El juez entonces mostró a los visires un rollo que llevaba en la manga de su vestimenta (la anchura de las mangas permitía que estas fuesen usadas como bolsillos) y les dijo que se lo llevasen al emir, pues en él había registrado los testimonios. Leyéndolos, el emir podría sacar sus propias conclusiones y tomar una decisión. Dado que la acusación contra Qūmis era de apostasía, Sulaymān b. Aswad remitía la decisión al emir de quién él en tanto que juez era solo un delegado.

Hāšim b. ʽAbd al-ʽAzīz sugirió que el juez debía seleccionar previamente aquellas declaraciones que considerase aceptables por estar hechas por testigos fiables. Lo que parece haber querido Hāšim b. ʽAbd al-ʽAzīz con esta sugerencia es que el juez sólo diese a leer al emir aquellos testimonios que no eran favorables a Qūmis hechos por gentes de peso a quién él había previamente indicado lo que tenían que decir.

El juez Sulaymān b. al-Aswad rechazó la sugerencia, insistiendo en que el emir debía leer todos los testimonios. Un paje del emir le informó que Muḥammad I deseaba saber cuál era la conclusión que el cadí había sacado de aquellas declaraciones. El juez Sulaymān b. Aswad informó entonces al emir a través del paje que no se había probado la acusación hecha contra Qūmis y que quienes habían dado testimonio no eran fiables como testigos. Hāšim b. ʽAbd al-ʽAzīz replicó que entre ellos había gente importante y dio el nombre de algunos. Pero el juez insistió en que había informado al emir de lo que él consideraba era lo correcto. El emir entonces promulgó un edicto (tawqīʽ) que ordenaba al juez que dividiese la fortuna de Qūmis entre sus herederos como así se hizo.

Durante todo este proceso, el juez nunca tuvo un encuentro directo con el emir. Ibn Ḥāriṯ al-Jušanī retrata al cadí como alguien que no ‘visita’ al sultán, que es lo que los encargados del ‘poder legislativo’ (los ulemas) no deben hacer, es decir, deben mantener las distancias con el gobernante.

Dada la forma en que nos ha llegado el asunto de Qūmis (una fuente literaria), aunque no hay motivo para suponer que no tuvo lugar, los detalles han estado sujetos a un proceso de redacción cuya posible intencionalidad ha de ser tenida en cuenta.

Notas:

  1. La traducción es provisional. Ya Reinhart Dozy señaló los problemas que presenta el texto en su Supplément aux dictionnaires arabes. La frase puede entenderse como una velada crítica a Qumis, sugiriendo que  se esforzaba en hacer sólo su trabajo, pero que en realidad lo que pretendía era medrar (agradezco a Luis Molina su ayuda con este texto).
  2. Sobre él puede verse “El caso del cristiano que quería ser ejecutado”.

Fuentes:

  • Ibn Ḥāriṯ al-Jušanī, Kitab al-qudat bi-Qurtuba, ed. y trad. J. Ribera, Historia de los jueces de Córdoba, Madrid, 1914, pp. 130-133 (texto árabe) y pp.  159-164 (traducción).
  • Ibn al-Qūṭiyya al-Qurṭubī (m. 367/977), Taʼrīj iftitāḥ al-Andalus, ed. P. de Gayangos (con la colaboración de E. Saavedra y F. Codera); trad. J. Ribera, Historia de la conquista de España de Aben al-Cotia el cordobés, seguida de fragmentos históricos de Abencotaiba (y la noble carta dirigida a las comarcas españolas  del wazīr al-Gassānī), Madrid, 1926, pp. 83-84/68-69. Trad. inglesa David James, Early Islamic Spain: the History of Ibn al-Qūṭīya, Routledge, 2009, pp. 115-116.

Para ampliar:

  • Borrut, Antoine y Fred M. Donner, Christians and others in the Umayyad state, Chicago, 2016 (se incluyen estudios sobre el empleo de no musulmanes en la administración omeya de Damasco).
  • Chalmeta, Pedro, El señor del zoco en España: edades media y moderna, Madrid, 1973.
  • Fierro, Maribel, La heterodoxia en al-Andalus durante el periodo omeya, Madrid, 1987, pp. 77-80.
  • Fierro, Maribel, “The judge, the vizier and the ruler”, Sharia Source at Harvard Law School, en https://beta.shariasource.com/documents/3365.