De la invisibilidad al reconocimiento: mujeres que hicieron (y siguen haciendo) Historia medieval

El mundo de la disciplina historiográfica ha cambiado notablemente desde sus inicios. No obstante, el camino recorrido por las mujeres en él nunca ha sido fácil. A pesar de ello, ha proliferado un gran número de investigadoras que tratan día a día de superar antiguos esquemas e interpretaciones sobre el pasado


Andrea Pagès Poyatos
Universidad Autónoma de Madrid


Alumnas de la asignatura Instituciones Medievales en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid.
Fotografía publicada en Estampa, 24 de junio de 1933.

Como mantiene el feminismo nominalista defendido por la filósofa Celia Amorós, “aquello que no se nombra no existe”. Tradicionalmente, las mujeres hemos sido apartadas de una gran multitud de ámbitos, entre los que se encuentra la Academia, ese gran y complejo ente, prácticamente indefinible, en el que se construye el conocimiento, y en el que hemos encontrado no pocas dificultades de acceso y reconocimiento. Por este motivo, el 8 de marzo, jornada emocionante y esperanzadora, es un día para reivindicar derechos, pero también un día para nombrar y reconocer a un gran número de mujeres, valientes y pioneras de las que, como historiadora medievalista, me siento enormemente deudora. Por ello, en este brevísimo texto — y recalco brevísimo por la incapacidad de aunar en estas pocas páginas todas las contribuciones que merecerían ser mencionadas — trataré de elaborar una panorámica general de la trayectoria de estas mujeres, desde aquellas primeras que consiguieron romper las barreras y comenzar a poblar el mundo de la Academia, hasta nuestros días, en los que las medievalistas que habitamos las sociedades formalmente igualitarias seguimos luchando por abrirnos camino en el sinuoso mundo de la investigación académica.

El mundo de la disciplina historiográfica ha cambiado notablemente desde sus inicios. La Real Academia de la Historia (RAH), fundada en 1738, y que sigue siendo objeto de críticas por su escasa apertura de miras, es hoy en día una institución dirigida por una mujer, María del Carmen Iglesias Cano, que desde 2014 puede presumir de ser la primera en alcanzar tal distinción. No obstante, el camino recorrido por mujeres como ella nunca ha sido fácil. Aunque en gran medida la disciplina ha perdido parte de ese anquilosamiento y cerrazón propios de etapas pasadas, el carácter androcentrista en el discurso de los estudios medievales sigue siendo, en mi opinión, el predominante, a pesar de la proliferación de un gran número de investigadoras que tratan día a día de superar antiguos esquemas e interpretaciones sobre el pasado. Comencemos, no obstante, por las que nos abrieron camino a todas las demás.

Curiosamente, dada la efeméride, las mujeres lograron ser aceptadas en la Universidad española el 8 de marzo de 1910, si bien su reconocimiento en el mundo académico fue prácticamente nulo. A comienzos de siglo, María Concepción Muedra, que formó parte Centro de Estudios Históricos en la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones (institución precursora del actual CSIC), logró ostentar los cargos de Ayudante, Auxiliar o Encargada de Cátedra de Historia Medieval, Paleografía y Diplomática, si bien en el 36 tuvo que exiliarse a México, donde ejercería la docencia en la Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archivistas — pasarían muchos años hasta que una mujer obtuviera la primera cátedra en Historia Medieval en el sentido actual del término, logro alcanzado por María del Carmen Pallares en 1997—. Reyna Pastor, de la que hablaremos más adelante, había conseguido una plaza de Profesora de Investigación en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), equivalente a catedrática.

María del Carmen Pescador del Hoyo.

La gestión de libros y documentos de archivo también parece ser uno de los principales campos en los que estas primeras medievalistas destacaron a principios del siglo XX. Desde que Ángeles García Rives se convirtiera en la primera mujer en aprobar las oposiciones para los Cuerpos Facultativos de Archivos y Bibliotecas en 1913, encontramos una gran cantidad de mujeres ejerciendo este tipo de cargos. En este sentido, puede destacarse la figura de María del Carmen Pescador del Hoyo (1911-1990). Formada en el Instituto de Estudios Medievales de Sánchez Albornoz, tras la defensa de su tesis doctoral Aportación al estudio de la caballería villana de los reinos de León y Castilla durante la Edad Media (1935), María del Carmen Pescador optó por la archivística, formando parte de este Cuerpo Facultativo desde el año 1931. Trabajó en una gran cantidad de archivos y bibliotecas, destacando el Archivo Histórico Nacional o el Archivo General de la Administración Civil de Alcalá de Henares, donde ejerció la dirección desde 1972 hasta su jubilación en 1981. No obstante, su amplia producción científica abarca desde las publicaciones centradas en los nuevos avances tecnológicos aplicados al tratamiento de documentos, con trabajos como Aplicación de la informática a los fondos de archivos españoles, publicado en 1976, a la edición de gran cantidad de fondos documentales y la historiografía medieval, con ejemplos como Los gremios artesanos en Zamora (1973). Sin embargo, su gran trayectoria se vio parcialmente nublada en los años de la Guerra Civil y la instauración de la dictadura de Franco: en 1937, se le abrió un expediente de depuración, en el que se la acusaba de adquirir libros “poco adecuados” para una biblioteca pública, entre los que se encontraban algunos de temática marxista o relacionados con la salud y sexualidad femeninas  y, según su expediente , “capaces de corromper el espíritu y el cerebro de la juventud con pornografía y obscenidades disfrazadas con el aparato científico”. Por este motivo, así como por su tendencia política, será sancionada de empleo y sueldo, y posteriormente será inhabilitada durante un año y se le impedirá solicitar cargos vacantes por dos más. Procesos similares sufrirán archiveras como Áurea Javierre, experta en Órdenes Militares y jefa de dicha Sección en el Archivo Histórico Nacional, si bien comenzó su andadura en el Archivo de la Corona de Aragón, siendo la primera mujer archivera de dicha institución en el año 1922; o Consuelo Gutiérrez del Arroyo, que además de dirigir el Centro de Estudios Históricos junto con Sánchez Albornoz publicará diversos catálogos y ediciones documentales.

A pesar de las evidentes dificultades de estas mujeres para acceder al mundo académico en estas primeras décadas del siglo XX, puede destacarse una mujer que logró ser aceptada por primera vez en una institución intrínsecamente académica caracterizada por su rigidez y totalmente regida por hombres, la mencionada Real Academia de la Historia, el 24 de febrero de 1934.

Mercedes Gaibrois Riaño.

Mercedes Gaibrois Riaño (1891-1960) nace en el seno de una familia de la clase alta colombiana de finales del siglo XIX. Su buena posición social y académica le permitirá, a la muerte de su padre, realizar junto con su madre diversos viajes por Europa. Precisamente, en una estancia de estudios en la Universidad de Sevilla conocerá a su futuro marido, Antonio Ballesteros Beretta, junto con el que se especializará en el estudio de la historia de España en los siglos XIII y XIV. Centrada en el reinado de Sancho IV, sus trabajos estuvieron enfocados en la plaza de Tarifa — cuya biblioteca pública lleva su nombre en conmemoración — y en la figura y revalorización de Guzmán el Bueno. No obstante, en su amplia producción científica también encontramos a las mujeres, con publicaciones como María de Molina, Isabel la Católica, La reina doña Mencía, Las cuatro esposas de Felipe el prudente o Presencia de la mujer en la conquista de América. Podría pensarse que, además de la línea principal de investigación, la “oficial”, Mercedes Gaibrois quiso desarrollar estudios relacionados con la mujer de forma paralela, una estrategia que por desgracia han llevado a cabo muchas historiadoras hasta prácticamente nuestros días.

Su monumental obra Historia del reinado de Sancho IV de Castilla (1922-1928), referente de los estudios medievales de dicho periodo, fue galardonada con el Premio Duque de Alba, el primer paso de su posterior candidatura — apoyada, entre otros, por Ramón Menéndez Pidal — y entrada en la Real Academia de la Historia en plena Segunda República. Además, recibió diversos reconocimientos, como ser correspondiente de la Academia de Buenas Letras de Barcelona y de la Sociedad de Americanistas de París. Una vez fallecido su marido, fue nombrada además bibliotecaria perpetua de la Real Academia.

La sensibilidad hacia el papel de la mujer del pasado, que puede apreciarse muy tímidamente en algunas de estas primeras medievalistas — y quizás se trate solo de meras suposiciones o de anhelos personales —, se tornó en preocupación en los años 70 en nuestro país. El movimiento feminista, aunque en la clandestinidad, se conformará en torno a asociaciones que, una vez finalizada la dictadura franquista, podrán establecerse de forma ya pública y oficial en las universidades. Resulta complejo realizar un recorrido de tipo cronológico de las investigaciones realizadas por estas mujeres: los principales focos e instituciones de estudio, muchos de los cuales aún siguen activos, han ido mutando con el paso del tiempo, debido a la inclusión de nuevas categorías analíticas, por ejemplo; pero también a los cambios operados en la teoría feminista, y que impiden en gran medida un relato lineal de estos estudios. A grandes rasgos, puede decirse que, en los momentos iniciales, el asociacionismo y la cooperación existente entre todas esas mujeres feministas cristalizó en una gran variedad de estudios, provenientes de todas las disciplinas, generándose una base de conocimiento, un punto de partida, que puede definirse en el caso de nuestra disciplina como historia contributiva. Será entonces cuando la lucha por la visibilización de las mujeres del pasado tomará fuerza y dará paso al primer objetivo definido de estas investigadoras pioneras: convertir a la mujer en sujeto histórico, en agente constructor del discurso del pasado. Así, las medievalistas comenzaron a elaborar diversas biografías de grandes mujeres — principalmente reinas o nobles —, pero no centradas en las características míticas o infundadas de estas mujeres, sino en los hechos concretos que habían modelados sus vidas y sus destinos.

No obstante, estas investigadoras tenían claro que la Historia de las Mujeres no podía circunscribirse únicamente a esos personajes notables: era necesario visibilizar también a aquellas no privilegiadas. Además, este tipo de estudios quedaban al margen del discurso histórico global. ¿Bastaría con visibilizar a las mujeres del pasado? ¿Cómo podrían añadirse estos estudios a un relato universal de marcado carácter androcéntrico? Ante este reto, la metodología historiográfica tradicional, centrada en los acontecimientos políticos y en los poderes oficiales o formales, quedaba totalmente obsoleta y hacía imposible centrar el foco en un colectivo que había quedado marginado de dichos espacios. En este sentido, la interdisciplinariedad de estos estudios fue fundamental, y las historiadoras se apoyaron en materias como la historia social, la antropología histórica o la historia de las mentalidades, y en fenómenos históricos propios de las relaciones familiares, tales como fertilidad, sexualidad, patriarcado, diferencia sexual o vida privada. Así, estas nuevas estructuras analíticas desafiaron en gran medida la tendencia narrativa predominante en la historiografía, consiguiendo legitimar la aparición de los estudios de grupos habitualmente marginados, dando asimismo un salto exponencial con la acuñación, a finales de los ochenta, de la categoría género, desarrollada teóricamente desde el feminismo de la igualdad.

Concepto elaborado por Joan Scott y Gisela Bock, el análisis de género permitía incorporar un elemento, en opinión de éstas, constitutivo de las relaciones sociales — y por tanto una forma primaria de las relaciones de poder — al análisis histórico, por lo que muchas historiadoras feministas se acogieron a él. Resulta interesante que la utilización de esta categoría en momentos iniciales fue “sustituto de la palabra mujeres”, en palabras de la profesora Pilar Pérez Cantó, haciendo más aceptables estos estudios en el mundo académico, debido a su procedencia anglosajona y, probablemente, a la falta de explicitación del foco de estudio de los títulos de las numerosas publicaciones que comenzaron a aparecer al respecto. El éxito del término ha seguido creciendo de forma imparable, apareciendo cada día nuevas investigaciones historiográficas centradas en el análisis de los discursos de género — tanto femeninos como masculinos —, si bien en la actualidad convive con otras categorías muy relacionadas con la aparición de nuevas líneas de pensamiento en el seno de movimiento feminista, siempre ligado a la marcha de las investigaciones en este campo, como por ejemplo diferencia sexual (que se gesta en el seno del denominado feminismo de la diferencia) o queer (de carácter posmoderno y relacionado con las tendencias teóricas propias de la comunidad LGTBIQ+).

Una vez realizado este breve y a todas luces incompleto panorama, merece la pena detenerse en algunos de estos principales grupos y focos de estudio de Historia de las Mujeres, de larga trayectoria, y que han sido y siguen siendo el lugar de acogida de las principales investigaciones históricas de género del panorama medievalista hispánico. En este sentido, en el año 1979 se había creado el pionero Seminario (y más tarde Instituto Universitario) de Estudios de la Mujer (Universidad Autónoma de Madrid), el cual organizó en 1981 las Primeras Jornadas de Investigación Interdisciplinaria, y en cuyas actas la profesora Cristina Segura Graíño, de la Universidad Complutense de Madrid y referente en la Historia de las Mujeres, publicó Participación de la mujer en la repoblación de Andalucía (siglos XIII y XV), un estudio novedoso debido a su óptica metodológica, que releía la documentación ya trabajada, pero con el objetivo de la búsqueda y cómputo de las mujeres participantes en dicho proceso. De esta forma, Cristina Segura trataba de “señalar un camino metodológico para el estudio de la historia de la mujer, su verdadera y real participación en el acontecer histórico” al margen de las grandes personalidades, visibilizando a la gran mayoría de las mujeres del pasado medieval que no participaban de los hechos excepcionales. Cristina Segura ha reflexionado sobre estos temas en una gran cantidad de publicaciones, y fue la creadora de la Asociación Cultural Almudayna, un foco fundamental de estudios de Historia de las Mujeres del Madrid medieval.

Cristina Segura Graíño.

La incorporación posterior de la categoría género enriqueció estos iniciales trabajos, alcanzando su máximo desarrollo en la escuela francesa. La publicación de Historia de las mujeres en Occidente en 1990 (coordinado por Georges Duby y Michelle Perrot) evidenció la relevancia de los estudios centrados en las representaciones, el imaginario, el simbolismo y las características asociadas a las mujeres del pasado histórico. La utilización añadida de una gran variedad de fuentes documentales, artísticas o literarias resultó atractiva para una gran cantidad de medievalistas, dadas las dificultades de hallar a estas mujeres del pasado en la documentación. En este sentido, destacan en el ámbito hispano estudiosas como Reyna Pastor, formada en la escuela bonaerense de Sánchez Albornoz y exiliada en España tras el golpe de estado de Videla en 1976. El auge de las tendencias historiográficas marxistas, en conjunción con las de inspiración francesa dio como lugar a importantes trabajos como la obra colectiva La condición de la mujer en la Edad Media (1986), donde Pastor publicó un interesante estudio basado en las fuentes jurídicas medievales. Posteriormente, fue encargada de coordinar el segundo volumen de la ya mencionada obra Historia de las mujeres en Occidente, dedicado exclusivamente a la Edad Media. Además de Reyna Pastor, en el dicho entorno académico de Sánchez Albornoz se formaron otras muchas medievalistas, tales como María del Carmen Carlé, que además de estudiar la sociedad bajomedieval ha publicado algunos trabajos acerca de las mujeres de los siglos XIV-XV; Hilda Grassotti, que exploró muy diversos campos entre los que también se encontró el poder de las infantas y damas de la nobleza; o Nilda Guglielmi, que centró algunos de sus más exitosos estudios en los grupos menos privilegiados e incluso marginales del medievo.

Por otra parte, en el ámbito peninsular destaca la gran producción científica de María Isabel del Val Valdivieso, la gran especialista en la figura de Isabel I, monarca sobre la que ha publicado innumerables libros y artículos. Si bien en un primer momento esta profesora de la Universidad de Valladolid se centró en aspectos más bien biográficos, poco a poco fue incorporando diversos aspectos de la vida de la reina, utilizando, además de las fuentes documentales, diversos discursos propios de la cronística de la época, así como otras fuentes de carácter interdisciplinar que abrieron la perspectiva de estudio a otras facetas de su vida, tales como la personalidad, la red de relaciones en torno a su persona o sus actuaciones en la esfera pública y privada del reino. La profesora Del Val es, además, presidenta de la Sociedad Española de Estudios Medievales.

María Isabel del Val Valdivieso.

Como mencionábamos anteriormente, la riqueza de estos estudios ha residido en el desarrollo paralelo, especialmente desde la teoría feminista, de nuevas categorías de análisis y esquemas interpretativos. El denominado feminismo de la diferencia, conceptualizado por autoras como Luce Irigaray en los ochenta, proponía la reivindicación de la riqueza experiencial que suponía la diferencia sexual entre hombres y mujeres. De esta forma, ya en el campo del medievalismo, investigadoras como María Milagros Rivera Garretas, de la Universidad de Barcelona, propone la reescritura de una Historia “a dos voces”, en la que mujeres y hombres construyen de forma paralela y complementaria el pasado histórico, debido a las posibilidades de actuación que la diferencia sexual imprimía en éstos. En el marco de esta tendencia, puede destacarse como pionero el Centre d’Investigació de Històrica de la Dona DUODA, impulsado por la profesora Rivera en 1982.  Dicho centro comenzó a ofertar desde el año 1988 un máster específico en Estudios de la libertad femenina, y, en 1991, creó la revista DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual, de carácter eminentemente interdisciplinar.

María Milagros Rivera Garretas.

Como ha podido verse, muchos han sido los logros alcanzados por todas estas grandes mujeres y muchas otras que, por desgracia, no hemos podido mencionar en este breve y general panorama. Sin embargo, nos encontramos en un momento crucial, en el que los planes de estudio universitarios comienzan a recoger y requerir la perspectiva de género, y en el que las reivindicaciones feministas parecen haber alcanzado una nueva cota. La transferencia de todo este conocimiento que se está generando a la sociedad debería ser, en mi opinión, el siguiente objetivo que las historiadoras de las mujeres deberíamos perseguir en estos momentos, en aras de lograr (algún día) la construcción de una historia verdaderamente global, en la que hombres y mujeres, juntos y de la mano, avanzan con convicción hacia un futuro más igualitario.

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